Viernes Santo - 10 de abril de 2020

April 10, 2020

En el segundo día del Triduo Pascual, meditamos como comunidad de creyentes sobre el misterio de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo. Pidamos al Padre la luz de su Espíritu para adentrarnos convenientemente en el misterio de la pasión de su Hijo y para que obtengamos la gracia de amar sin medida como Jesús, donándonos a quienes nos necesitan en el diario vivir y sirviendo sin límites, como él mismo nos enseñó. Dejémonos iluminar por la Palabra y vivamos este Viernes Santo de una forma diferente para que, sintiéndonos hermanos, nos esforcemos más en la construcción del Reino por el cual Jesús entregó su vida.

El texto de Isaías describe los sufrimientos que padece el siervo de Dios quien es maltratado y perseguido como un malhechor sin justificación alguna; se trata de alguien completamente comprometido con la causa del Señor. Y, aunque no ha sido posible establecer con exactitud a quién encarna este siervo rechazado por los hombres y exaltado por Dios, sí es posible afirmar que muy rápidamente los primeros cristianos vieron en él a Jesús de Nazaret quien, aunque pasó haciendo el bien, atrajo sobre sí el odio y el rechazo que lo llevaron a una muerte injusta.

Esta idea es complementada por el salmo 22, que según la tradición evangélica es proclamado por el mismo Jesús en la cruz. Este salmo comienza con un desgarrador lamento: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Lamentación que describe la situación de total ausencia de Dios que vive el salmista al punto de consumirse, poco a poco, física y emocionalmente, ante la aparente indiferencia de Dios; esto da pie a los impíos para mofarse y burlarse de él, haciendo caer por tierra prácticamente la fe y la confianza en un Dios que supuestamente premia a los justos y castiga a los malvados.

La tradición de las comunidades primitivas, vieron también en el Crucificado a aquel salmista acorralado y abandonado de Dios y escucha de sus labios este impresionante lamento. Sin embargo, el salmo va más allá de la sola lamentación. Después de la exteriorización de su sentimiento de abandono y muerte, el salmista empieza a entrever la luz de la presencia divina, jamás ausente. Entonces el tono cambia completamente, como si una intervención súbita de Dios le hubiera devuelto la vida; empieza a dar gracias y a bendecir al Señor para terminar finalmente con un himno de exaltación a Dios, Rey universal.

No cabe duda de que si Jesús entonó este salmo en la cruz momentos antes de su muerte, no se quedó en la sola lamentación; con toda seguridad, lo hizo reconociendo que, a pesar del aparente abandono e indiferencia de Dios, él estaba ahí, y muy seguramente también concluyó, como el salmo, con ese reconocimiento, agradecido porque en cada instante de su vida, y más especialmente en su pasión, su Padre no lo había abandonado, aunque quienes lo veían pensaran lo contrario y se mofaran de él.

Desafortunadamente la tradición cristiana se quedó sólo con la primera frase del salmo y por siglos ha creído que eso fue lo único que de él exclamó Jesús en la cruz. No tenemos pruebas para afirmar lo contrario, pero por sentido común, sabemos la calidad de fe y convicción de Jesús quien además era un judío devoto, y como tal, era lógico que entonara las plegarias completas. Por eso podemos afirmar, con toda tranquilidad, que aún en la cruz Jesús tenía motivos suficientes para pasar del lamento al gozo, del sentimiento natural de miedo a la alabanza agradecida al Padre quien jamás lo había abandonado.

También hoy nosotros somos testigos de la injusticia y dolor que padecen miles y miles de hermanos; quizá nosotros mismos hemos sufrido o estamos sufriendo alguna clase de injusticia; quizá quienes causan dolor y muerte no crean en el Dios que acompaña a los más débiles; quizás hayamos experimentado esa ausencia de Dios y, como el salmista, nos sintamos abandonados. No tengamos miedo de gritar como el salmista y Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Sin embargo, no nos quedemos ahí; abramos los ojos y descubramos que realmente Dios está a nuestro lado, qué él jamás nos ha dejado solos, que ciertamente nos ha dado todo lo que necesitamos para enfrentar las duras situaciones de la vida, que nos ama y quiere que luchemos juntos contra todo lo que se opone a su plan de justicia y paz.

Finalmente, el relato de la pasión nos muestra dos facetas de una misma realidad: el triunfo de los poderosos que se aliaron para matar a Jesús y el plan del Padre personificado en su Hijo quien tiene que “beber este cáliz” como paso indispensable para alcanzar la glorificación.

En efecto, el juicio y condena a muerte de Jesús es el gran logro de la unión de varias fuerzas malévolas que se confabularon para acabar con el justo: los sumos sacerdotes del templo vieron en Jesús un grave peligro; el pueblo estaba a punto de descubrir que la maquinaria del templo era una de las causas del empobrecimiento, la ignorancia y el abandono en que vivían; los fariseos querían mantener vigente la tiranía de la ley poniéndola por encima del mismo ser humano; los poderosos guardaban resentimiento contra Jesús porque éste no perdía ocasión para cuestionar y condenar la opresión; los saduceos, ricos terratenientes y dueños del comercio, tampoco se hallaban muy cómodos con Jesús y su mensaje pues atentaba directamente contra sus intereses y creencias; los zelotas, deseosos de zafarse del dominio extranjero, tal vez esperaban que Jesús interviniera más activamente a su favor; el poder político imperial, encarnado en Poncio Pilato, termina aceptando la idea de Caifás: era mejor que un solo hombre muriera por el pueblo y no que todo el pueblo muriera a causa de un solo hombre. La cruz que hoy tenemos al frente, con Jesús clavado en ella, es la síntesis de fuerzas unidas por primera vez para sumar juntos el odio, la envida, el rencor, la intolerancia; todo representado en el arresto, el juicio, la condena y la muerte en cruz.

Pero también la cruz representa otra gran fuerza: la fuerza de la fidelidad al proyecto de justicia estipulado por Dios desde los inicios mismos de la creación; la fuerza de la entrega generosa, decidida y libre a la instauración del reinado único y exclusivo de Dios; la fuerza de la convicción más profunda de que no le habían arrebatado la vida sino que él la entregaba libremente; la fuerza de un sueño: ver a todos unidos como él y el Padre en un solo ideal, en una sola causa: la fraternidad y la igualdad.

Jesús en la cruz es el gran desafío a nuestra vocación humana. Que ninguna dificultad u obstáculo nos amedrente ni nos haga renunciar a nuestro compromiso como seguidores suyos de luchar y entregar todas nuestras energías por lograr instaurar el reinado de Dios, reino de paz, de justicia, de amor. En ese sentido, nuestra celebración de este Viernes Santo no puede tener el menor asomo de tristeza o de funeral. Dejémonos invadir por el gozo de saber que Jesús ha vencido en la cruz a todos los enemigos del plan de Dios, que en la cruz quedó al descubierto hasta dónde es capaz de llegar el odio y el egoísmo, pero también que es la fuente de donde brota la fortaleza y la esperanza para los que queremos y soñamos con un mundo cada vez mejor.