Navidad (I) - 25 de diciembre de 2019

December 25, 2019

Este día celebramos uno de los acontecimientos más importantes en la vida de todo cristiano, que llena nuestro corazón de una inmensa alegría; se trata precismante del nacimiento de Jesucristo, en quien se realiza el encuentro pleno entre la divinidad y la humanidad. En efecto, la Navidad es el inicio de la máxima expresión del amor de Dios por todo el género humano porque nos ha enviado a su propio Hijo para salvarnos y dar su vida por nosotros. Es una realidad que nos colma de alegría. La mayoría de comunidades cristianas, esparcidas por todo el mundo, se viste de fiesta con diversas tradiciones, decoraciones, luces y regalos. Es la alegría de Jesús de Nazaret, Dios humanado. Ésta es la gran noticia que encontramos en la Palabra de hoy.

En la primera lectura, el profeta Isaías pronostica el gran acontecimiento de Jesús, por el cual la oscuridad desaparece y la muerte es vencida; le llama: “Príncipe de la paz”. Esta paz no es solo la del mundo exterior, sino la paz total que llena nuestro corazones y da sentido a nuestra vida. Seguidamente, en el salmo 96, encontramos un cántico al Señor, a su inmensa obra creadora y a todo su poder; una alabanza en la cual se condensa el gozo y la alegría de su presencia y de su justicia. Después, la Epístola de San Pablo a Tito, nos señala cómo Dios ofrece la salvación a toda la humanidad, enseñándonos a renunciar a la maldad; y, que gracias a nuestro rescate por la muerte de Jesucristo, hemos llegado a ser su pueblo para hacer siempre el bien.

En consonancia con lo anterior, el Evangelio nos narra el nacimiento de Jesús, y con él, el cumplimiento de todas las promesas y esperanzas que la humanidad albergaba desde antiguo: «No tengan miedo, porque les traigo una buena noticia, que será motivo de gran alegría para todos. Hoy les ha nacido […] un salvador, el Mesías, el Señor». Esta frase del ángel del Señor comienza con una afirmación a los pastores que refleja también una situación propia de todo ser humano: el miedo. Este miedo tiene muchas facetas: temores internos, luchas existenciales, anhelos y deseos y, principalmente, nuestra inherente búsqueda de la felicidad y del sentido de la vida. Una alegría tan grande, como la que proviene de Dios hecho humano, no debería dejar cabida para albergar miedos; sin embargo, en este nacimiento, no faltaron las situaciones propicias para vivirlos.

En efecto, eran muchas las situaciones de estrés, preocupación, angustia y perturbación por las que estaban atravesando María y José. Tuvieron que salir de Nazaret a Belén, para recorrer más de cien kilometros cuando ella estaba en un estado avanzado de embarazo y justo cuando llegó el momento del alumbramiento, no encontraron alojamiento. Pensemos un momento cómo esta situación concreta la padecen millones de personas a lo largo de todo el mundo por las migraciones; tantas familias se ven obligadas a ir a otro lugar huyendo de situaciones concretas o para mejorar sus condiciones de vida, pero luego se encuentran con una dura realidad: el rechazo y el desprecio. Es muy significativo que precisamente el Hijo de Dios, nuestro Señor, haya experimentado, desde antes de su nacimiento, una situación de vulnerabilidad tan palpable y angustiosa como no tener un lugar para nacer. El sitio donde Jesús nació fue improvisado, como le sucede a muchos migrantes, justo ahora, que no saben dónde dormirán, ni que será de su mañana; sólo la fe en Dios y sus constantes luchas los mantienen con la esperanza de algún día encontrar alegría en la adversidad.

Esta vulnerabilidad de Jesús desde su nacimiento en un establo, lugar destinado para los animales del campo, es una lección de humildad y una enseñanza sobre lo que realmente importa. El camino que Jesús traza en nosotros con su persona, su estilo de vida y sus actos, es motivo de alegría para todos los cristianos que celebramos su nacimiento. Nadie, sin importar la condición de vida que esté llevando, queda excluido de la mirada amorosa de Dios.

Y es que, en aquella época, en el nombre de Dios, se discriminaba a muchas personas que terminaban sufriendo la exclusión; ellas, a su vez, también se sentían abandonadas y rechazadas por el mismo Creador. Es así como Jesús viene a reafirmar que su mensaje es totalmente otro, pues trata del amor de Dios ante quien todos somos valiosos, todos sus hijos e hijas a quienes ama infinitamente. Sí, así es, podemos contar con la total seguridad que cada uno de nosotros, cada ser humano, es precioso y amado ante la presencia de Dios. Cuando nos hacemos conscientes de esta realidad, la luz brilla en nuestro corazón.

Jesús vino a revelar este amor en su propia persona y no con teorías. Él vivió en su carne cada situación de fragilidad, humillación, pobreza, exclusión y maltrato, y con ello nos enseñó que estas tenebrosas situaciones de pecado no pueden doblegarnos pues, él las venció para siempre, abriéndonos a una vida más allá de todo dolor y sufrimiento. Jesús expresó su solaridad y predilección por los pobres, abandonados y olvidados de su época y de todos los tiempos, y junto con ellos, por todo ser humano que busca incesantemente la profundidad de existir.

Dejémonos guiar por la alegría del misterio de Dios hecho humano y disfrutemos con gozo de la Navidad. Contemplemos este amor trascendental, amor que echa fuera toda clase de miedo, que nos colma de la paz que se manifiesta en un frágil niño nacido en Belén; un niño que nos reconcilia y que marca el camino que debemos andar; camino de compasión, misericordia, fraternidad y servicio desinteresado por los demás. Es Dios, quien desde su encarnación marca la pauta del Reino y de una mejor sociedad.

Así, pues, a todo lugar que vayamos, reflejemos la alegría de esta gran noticia: nos ha nacido “un Salvador, el Mesías, el Señor”.

El Rvdo. Israel Alexander Portilla Gómez es sacerdote en la Misión San Juan Evangelista, Diócesis de Colombia, donde ha ejercido el ministerio desde diciembre de 2016.