Propio 26 (C) - 2019

November 3, 2019

Episcopal Sermon PentecostesLa narración que Lucas presenta del encuentro entre Jesús y Zaqueo es una historia de fácil visualización, incluso contiene un tono algo simpático: basta pensar en Zaqueo adelantando a la multitud y subiendo a un árbol para poder ver a Jesús. Lo interesante es que el mismo acto, algo curioso, inevitablemente conduce a una pregunta esencial. ¿Cuál era el afán de Zaqueo por ver a Jesús? Es una pregunta muy válida si se tiene en cuenta que en la mayoría de los casos la gente que se acercaba a Jesús lo hacía motivada por necesidades muy claras: para rogar por ellos mismos (como es el caso del mendigo ciego en el mismo evangelio de Lucas, en el capítulo 18, versículos 35 a 43) o por algún ser querido (como en el del centurión que ruega a Jesús por su siervo, en el capítulo 7, versos 1 al 10). Hoy se puede ver a fanáticos de algún deportista o artista correr y saltar barreras para poder ver a su ídolo. Entonces ¿Qué movió a Zaqueo a abrirse camino en medio de la multitud y subir un árbol para ver a Jesús?

Seguramente había escuchado hablar de él, sin embargo, la razón no puede ser reducida a una simple curiosidad. Aunque no hay una petición explícita, por parte de Zaqueo, se puede deducir que su intención es tan profunda como la de cualquier ser humano desesperado. Hay una verdad mayor que el texto deja entrever: su deseo de buscar a Jesús no tiene que ver con la carencia o la pobreza pues, seguramente, se trataba de un hombre rico; es decir, se puede tener “todo” como Zaqueo y, aun así, sentir que la vida no está completa. No hay nada más auténtico para la criatura humana que el deseo de encontrarse con su Creador. El ser humano fue creado para vivir en relación de amor con Dios y con su prójimo. El mundo sería muy distinto si cada persona tuviera el mismo deseo de Zaqueo de tener un encuentro con Jesús. Todos tenemos la misma necesidad de Dios, la diferencia es que no todos nos damos cuenta.

En el verso cinco vemos como Jesús se detiene, pone la mirada en Zaqueo y le ofrece quedarse en su casa. La iniciativa de Jesús da un giro a la historia. El texto salta por completo las especificidades de los diálogos que debieron haber compartido. Lucas no cuenta la trama con detalles, pero sí el resultado del encuentro entre Jesús y Zaqueo. Se trata de un encuentro que cambió la vida de éste para siempre; que le llevó más allá del arrepentimiento. Zaqueo pudo haber pedido perdón por sus faltas, por robar y estafar, y haber quedado satisfecho. Pero, el encuentro con Jesús, lo lleva más allá, al deseo de resarcir, de compensar el daño que ha hecho. Es tras este gesto de evidente conversión que Jesús anuncia: “hoy ha llegado la salvación a esta casa, porque este hombre también es descendiente de Abraham”. El resultado del encuentro entre Jesús y Zaqueo deja ver claramente la misión salvífica y sanadora de Jesús. En una narración que ilustra de modo perfecto el poder restaurador del amor de Jesús y la alegría del pecador que se arrepiente.

Ante la visita de Jesús a Zaqueo la crítica no se hace esperar. La razón primaria es que Jesús se reúne con un pecador. En efecto, se trata de un pecador notorio, que estafaba a los demás haciendo uso de su autoridad. No podemos perder esto de vista pues es eso precisamente lo que hace grande el encuentro de los dos. Y es que, aunque todos somos pecadores, muchas veces estamos listos para ver la paja en el ojo ajeno. En cambio, Jesús, que conoce al pecador mejor que nadie, lo primero que ve en cada persona, por sobre todas las cosas, es a un hijo de Abraham. Es lo que Jesús ve cuando pone la mirada en Zaqueo y le dice “hoy voy a cenar contigo”. El pecador es hijo de Dios, por eso, es a un hijo amado de Dios lo que Jesús ve cuando nos mira a los ojos, a pesar de nuestro pecado. Hay mucho que aprender del amor de Jesús y de la forma como ve al mundo, del modo como que ve a Zaqueo: sin ignorar su pecado no olvida su identidad. Una de las causas del sufrimiento en el mundo es la incapacidad de reconocer que todo ser humano es más que su pecado, condición moral o sus decisiones, la incapacidad de ver en el prójimo a otro hijo de Abraham, a un hijo amado del Dios viviente.

El primero de noviembre la Iglesia celebra el día de Todos los Santos. Es la conmemoración de la vida de todos los que, a través de la historia, han llevado una vida de Santidad. Del mismo modo como Zaqueo se apoyó en un árbol para ver a Jesús, los cristianos podemos apoyarnos en la vida de los Santos para ver un ejemplo de seguimiento de Jesús. ¿Cómo no ver la mano de Dios en el amor y la entrega de la madre Teresa a los pobres? O en el desarraigo por lo material y la sensibilidad de San Francisco de Asís para ver el amor de Dios en cada ser creado, en la tierra, en la naturaleza que es obra de sus manos. Hoy nos apoyamos en el ejemplo de Zaqueo para ver lo que el arrepentimiento y la cercanía de Jesús pueden lograr en cualquier ser humano.

Todo cristiano está llamado a vivir una vida de santidad, que no es lo mismo que perfección. El relato del encuentro entre Jesús y Zaqueo debe recordar nuestra necesidad constante de buscar a Jesús, sin dejar que obstáculos de cualquier tipo nos lo impidan; debe recordar nuestra necesidad de arrepentirnos y de ir más allá; debe recordar la importancia de sanar y restaurar nuestras relaciones humanas; debe recordar que Dios nos conoce tanto como nos ama, aunque seamos pecadores; y, porque somos pecadores redimidos por él, este hermoso relato debe recordar también nuestro compromiso con el Evangelio. Como Zaqueo se apoyó en el árbol para ver a Jesús y nosotros observamos el ejemplo de la vida de los Santos, debemos tener claro que muchos se apoyarán en nuestro testimonio, en nuestro amor y en nuestras vidas, para acercarse a Jesús.

Que nuestra vida sea de apoyo para todos los que aún, como Zaqueo, anhelan con ansias encontrarse con su Salvador.

Andreis Diaz es Rector Asociado en Christ Episcopal Church, Ponte Vedra, Diócesis de la Florida, desde el 2017. Fue ordenado en Cuba, en Junio de 2010.