Propio 24 (C) - 2019

October 20, 2019

Hace unos dos meses presentaban en las noticias una hermosa historia de lucha, perseverancia y grandes logros. Se contaba cómo una pareja de jóvenes mexicanos, que llegaron a los Estados Unidos cuando eran apenas unos niños indocumentados, habían logrado salir adelante. Amparados por la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA, por sus siglas en inglés) y motivados por el deseo de conquistar sus sueños y ofrecerse un futuro mejor, decidieron salir a las calles de California para vender frutas en una esquina a la que llamaron: la “Esquina de la Bendición.” La chica, quien había visto a su padre vender frutas en las calles para sostener a su familia, en su pueblo natal, invitó a su novio a que intentaran conseguir dinero de esta misma manera. Gracias a su empeño, y tras largas jornadas de trabajo en la calle, alternadas de estudio en la universidad, de muchas noches de desvelo dedicadas a sus deberes, cada uno de estos soñadores logró obtener dos maestrías en la universidad. Hoy, como si lo anterior fuera poco, siguen vendiendo fruta en la misma esquina para continuar estudios superiores en la facultad de leyes; ellos ahora buscan crear una organización, sin ánimo de lucro, que ofrezca ayuda a jóvenes emprendedores como ellos, a quienes el mundo les está cerrado las puertas. ¡Qué gran ejemplo de verdaderos soñadores y personas perseverantes! Ojalá logren su cometido.

Ésta es la realidad de la vida, cada uno de nosotros debe esforzarse para alcanzar sus sueños y poder salir de las duras realidades en las que a veces nos encontramos. Luchas como éstas también las encontramos en la Biblia, en la Palabra de Dios. Hoy, por ejemplo, hemos escuchado cómo Jacob desea regresar a Canaán, su tierra natal, para ser próspero y conquistar sus sueños. Pero, en su camino, tiene que enfrentarse con sus propios conflictos, miedos y angustias, y reconciliarse con su propio hermano, Esaú. Él sabía que restablecer la paz con su hermano sería garantía de las promesas de Dios de hacerlo padre de una gran generación. El libro del Génesis nos describe esta lucha de Jacob como una noche larga, en la que se halla solo enfrentando a un ángel, al mismo Dios. Es tanta su fuerza y perseverancia que gana la batalla. Dios premia su valentía dándole un nuevo nombre, un nuevo destino, un nuevo poder, una nueva definición de sí mismo: Israel, el que lucha con Dios. Este nombre lo recibe no solo él sino toda su tribu y sus descendientes. Israel, desde entonces, es el pueblo de Dios, el heredero de su promesa.

Esta noche de lucha de Jacob, es nuestra propia noche. La noche en que no podemos dormir, en la que damos vueltas en la cama pensando en nuestro futuro, en nuestras relaciones familiares, en el trabajo, el estudio, la situación legal, la salud y el mañana. Son los momentos oscuros en los que nos encontramos solos, vencidos, sin fe, abandonados. Ésas son las noches que, la literatura espiritual del místico San Juan de la Cruz, llama “la noche oscura del alma.”

En esta oscuridad de la vida, es cuando a veces vienen las preguntas recriminatorias que hacemos a Dios: ¿por qué tanto sufrimiento, tanto rechazo y tanto odio hacia las minorías e inmigrantes? Le reclamamos sobre la discriminación, los insultos y atropellos a nuestra dignidad; le gritamos y culpamos por todo lo malo, por la falta de oportunidades y la carencia de amor. Pero, así como cada noche tiene un amanecer, al final de nuestras luchas con Dios, él nos responde diciéndonos: tú no estás solo, eres mi hijo, puedes lograrlo, vas a salir adelante; y, desde nuestro interior, una voz con poder nos recuerda que desde nuestro bautismo somos suyos y que él nunca nos abandona, sino que permanece fiel todos los días de nuestras vida. Porque para Dios la alianza es para siempre; en Dios el amor, la fidelidad, el compromiso, la lucha, la vida no tienen fin. Y somos suyos, “ovejas de su rebano,” de ahí que nos llame por nuestro nombre y nos dé, como a Jacob, una nueva identidad y propósito, invitándonos a pensar, a vivir, amar, ser, creer y servir como sus hijos e hijas. Si él no nos abandona nosotros tampoco deberíamos hacerlo.

Las luchas diarias no deberían debilitar nuestra fe. ¡Cuánta gente, debido a la enfermedad o muerte de un ser querido, pérdida de trabajo, obstáculos en el camino para alcanzar sus sueños, terminan culpando al buen Dios, debilitándose su fe y alejándose de la iglesia! ¿Qué pasaría si en lugar de culpar a Dios, lo proclamáramos como aquél que está en nuestro camino dándonos esperanza y fortaleza? Seguro comenzaríamos a descubrir un nuevo Dios que siempre está a nuestro favor. Aquel Dios que ha hecho la “opción preferencial” por los más débiles, los pobres y desamparados; él es quien se inclina hacia nosotros cuando estamos caídos, nos da la mano y nos dice: “levántate.”

Esto es importante entenderlo. En ocasiones, debido a las situaciones de desesperación que vivimos, llegamos a pensar que Dios favorece a los poderosos de este mundo, a los violentos, a los que más hablan y gritan; hasta hemos llegado a imaginar a Dios con un color de raza determinado en un mundo de odio racial; muchos lloran y se lamentan que Dios se haya dejado de lado a sus amados pobres, olvidando que el poder de Dios es su amor, su verdad y su justicia.

Dios no nos olvida jamás. Él nos invita a ser perseverantes en nuestras propias luchas. De esto es lo que trata la corta parábola de la viuda insistente, leída en el Evangelio de hoy. La viuda representa a aquella persona que se siente derrotada, abandonada, olvidada por la sociedad, la familia y el país, y que, en su necesidad, no se cansa de golpear, pedir justicia e insistir hasta lograr una respuesta. La perseverancia en la lucha es la clave del triunfo. Esta parábola nos recobra la fuerza para seguir golpeando puertas, orando, haciendo vigilias, marchas, reuniones y demandas al gobierno, a la sociedad, y al mismo Dios para que se nos abran las puertas a una vida digna y justa. También a la viuda, al forastero, al huérfano, al empobrecido y al inmigrante, Dios les da la oportunidad de vivir en plenitud.

Hoy es un día de oración; es domingo de súplica, perseverancia y fortaleza. Continuemos nuestro servicio de oración agradeciendo al buen Dios por nuestra iglesia que, como comunidad de fe, nos ayuda a crecer en la fe, para encarnar al Dios vivo que lucha con el que lucha y sueña con el que sueña sueños de amor, de vida y de esperanza. Amén.

El Reverendo Fabio Sotelo sirve en las Comunidades Episcopales de San Beda y San Eduardo en la Diócesis de Atlanta, Georgia. Tiene una Licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad de Santo Tomas, Bogotá, Colombia, Una Licenciatura en Teología del Seminario Santa María, Emmitsburg, Md., y actualmente adelanta un doctorado en Liturgia en la Universidad del Sur, Sewanee, Tennessee.