Propio 21 (C) - 2019

September 29, 2019

Pentecostes 16 Sermon EpiscopalLos textos bíblicos que hoy nos convocan son de un alto contenido de justicia social, aspecto central del Reino de Dios predicado por Jesús. Pareciera que el profeta Amós, el salmista, el Apóstol Pablo y el evangelista Lucas, estuvieran viviendo en tiempos de la globalización neoliberal y capitalismo extremo que experimentamos en nuestros días. Todos ellos denuncian la inequidad y exclusión social, la riqueza de unos pocos y la pobreza de muchos, con un lenguaje directo que no da lugar a equívocos.

El profeta Amós es un pastor que vive en tiempos de gran prosperidad, durante el siglo octavo antes de Cristo, cuando el reino del Norte se ha fortalecido y extendido pero, al igual que hoy, en esa época los excesos y lujos de los ricos constituían una afrenta para la mayoría de personas empobrecidas, que vivían con carencias y necesidades básicas no satisfechas. La narración de este sencillo profeta del pueblo es muy descriptiva, dice que los ricos viven en su mundo de derroches y fiestas, disfrutan de muebles lujosos y exceso de comida, cosas innecesarias con las que se deleitan, olvidando la ruina de los más humildes. De ahí, los “ayes”, el dolor y la crítica del profeta hacia quienes ponen su confianza en el dinero y las cosas materiales.

El salmista, por su parte, nos describe la otra cara de la situación. Afirma enfáticamente que el Dios de la Vida opta por los más pequeñitos dentro del Reino: “hace justicia a los oprimidos”, “da pan a los hambrientos”, “libera a los cautivos”, “da vista a los ciegos”, “levanta a los caídos”, “protege al extranjero” y “sostiene al huérfano y a la viuda”. En ese sentido, llama a no confiar en los poderosos ni en las seguridades materiales, porque todo ello se desvanece, se convierte en polvo.

¿Quiénes son estos oprimidos, hambrientos y caídos de los que habla el salmista? ¿Cómo puede realizarse esta esperanza de salvación, protección y cuidado para los más vulnerables? ¿Qué postura debemos asumir nosotros como cristianos frente a la inequidad social? Todos estos interrogantes son iluminados y respondidos por Jesús en el Evangelio de Lucas, quien dirige su mensaje hacia los gentiles y los marginados de la sociedad. En este texto, lo hace a través de una parábola, de una narración ficticia; de una forma figurada y representativa nos muestra dos personales –y dos grupos sociales- prototipos que sintetizan la situación descrita tanto por el profeta Amós como por el salmista: “Había un hombre rico, (…) y había también un pobre llamado Lázaro”.

La parábola inicia describiendo al rico, quien se vestía con trajes lujosos y daba espléndidos banquetes, obviamente para sí mismo, su familia y sus amigos. Un rico que no compartía lo que tenía con los necesitados, que para sostener su nivel de vida buscaba enriquecerse cada día más; que se vanagloriaba de su opulencia y hacía gala de la fortuna acumulada. Este rico de la parábola no tiene un nombre: su identidad ha quedado olvidada, aunque algunas versiones hablan del “rico Epulón” que quiere decir el “rico comelón”. E, inmediatamente, aparece Lázaro, un pobre, llagado, enfermo, desnutrido, que deseaba al menos recibir las sobras que caían de la mesa del rico y cuyos únicos compañeros eran unos perros que lamían sus llagas.

Lo que Jesús contrasta en la parábola es exactamente la situación de inequidad que se vive hoy, pero agravada por el cinismo con el que los medios exaltan la riqueza y excentricidades de unos pocos, los más ricos entre los ricos, incluso de aquellos que han acumulado sus fortunas por medios ilícitos como la corrupción, las redes de drogas o la prostitución. Por su parte, el pobre Lázaro recuerda a los millones de desplazados, desempleados, víctimas de guerras, niños desnutridos, ancianos abandonados, mujeres en situación de esclavitud, inmigrantes e indigentes que sin horizontes de salida, buscan alimento entre la basura que se tira y se desperdicia a diario en nuestras ciudades.

La desigualdad entre el pobre Lázaro y el rico, también se muestra a niveles internacionales, en la situación carencial de los países pobres (del sur), en gran medida ocasionada por los estándares de vida de los países ricos, su promoción de una lógica de acumulación de riqueza que idolatra al dinero, una cultura del descarte y el derroche, y una profunda indiferencia frente al dolor de los más vulnerables. El sacerdote mártir Ignacio Ellacuría (jesuita), recordaba que: “No podrían los pocos países disfrutar de lo que consideran sus derechos, si no fuera por la violación o la omisión de esos mismos derechos en el resto de la humanidad. Solo cuando se acepte eso, se comprenderá la obligación de los pocos a resarcir el mal hecho a los muchos y la justicia fundamental al exigir lo que realmente les es debido”.

El momento central de la parábola es cuando el rico y el pobre Lázaro mueren. En el cristianismo la muerte es la situación humana límite en la que desaparecen las diferencias sociales: ella condensa la esperanza en la justicia social. Es el momento de la realización personal de nuestra historia humana, que es la historia de la salvación; pero, también de la perdición, cuando se da el rechazo del proyecto de Dios para la humanidad, que consiste en que todos tengan vida y la tengan en abundancia.

En la parábola, el rico sufre tormentos y pide a Abraham que le envíe a Lázaro a aliviar su sufrimiento. ¡Aun después de la muerte el rico sostiene su vieja lógica del amo y el esclavo! El Patriarca se niega a hacerlo y habla de un abismo, que no es un lugar geográfico, sino un estado que simboliza la imposibilidad, tanto para los elegidos como para los condenados, de cambiar su destino, pues, la eternidad es una continuidad con la historia humana, personal y social. ¡No esperemos encontrar otro Dios y otra moral social en la vida después de la muerte diferente del que se nos ha mostrado y predicado en Jesús! Abraham nos recuerda que ya los profetas nos han predicado a un Dios de compasión y justicia, al cual negamos con nuestras acciones injustas y nuestro amor al dinero. La salvación es una realidad que se juega cada día, en el aquí y ahora de nuestras acciones.

Lo que el Evangelio de hoy nos muestra, a través de esta parábola, es la incompatibilidad entre el seguimiento de Jesús y el servicio a la riqueza. No quiere decir esto que el Evangelio condene la riqueza; lo que condena es el poner nuestro corazón, nuestra mente y nuestra fe en el dinero, y por tanto, el no compartir la riqueza con los necesitados. Condena la insensibilidad y la incapacidad de compadecernos ante el dolor de los hermanos, ante el drama de los migrantes, ante el clamor de los enfermos, los desempleados, los pobres, como si su situación fuera una responsabilidad de otros. Los bienes materiales son condenados cuando nos esclavizan por vía del consumismo y la posesión compulsiva, y son condenados también por su impacto negativo a nuestro entorno natural.

Los signos de inequidad e injusticia tienen que movernos hoy a asumir nuestro compromiso como Iglesia Episcopal profética que actúa y vive la compasión. No se trata sólo de celebrar la Eucaristía como banquete espiritual, como lo hacemos cada domingo en nuestras parroquias. El Pan de Vida que nos ofrece Jesús nos invita a esforzarnos día a día para que desde nuestros pequeños espacios de familia, vecindario y trabajo, seamos testimonio de solidaridad, amistad y de compasión con todo ser humano necesitado, sin distingo de raza, religión o clase. Igualmente, nos invita a ser voz profética, de denuncia y de presión a nuestros gobiernos para que se asuman políticas de justicia y responsabilidad social con los más necesitados. Vayamos al mundo con la seguridad que Dios pone en nuestras manos y bajo nuestra responsabilidad la esperanza de salvación y el cuidado de los más pequeñitos en su Reino.

La Rvda. Loida Sardiñas Iglesias es diacona ordenada en la Iglesia Episcopal Anglicana, Diócesis de Colombia, donde ejerce su ministerio en la Misión San Juan Evangelista. Doctora en Teología por la Universidad de Hamburgo (Alemania); profesora de planta de la Pontificia Universidad Javeriana y catedrática de la Universidad Santo Tomas, en áreas de Teología Sistemática, Ecumenismo y Diálogo interreligioso, Ética, entre otras.