Propio 18 (C) - 2019

September 8, 2019

Pentecostes Episcopal Sermon¿Alguna vez hemos hecho algo, que pensábamos nunca haríamos, por amor?

Quienes han tenido la bendición de ser padres de familia pueden entender, e incluso poner muchos ejemplos, sobre los sacrificios que han realizado y todos los cambios que se han dado en sus vidas desde que nacieron sus hijos. Pero, no sólo los padres saben de sacrificios, con frecuencia los hacemos también con otros miembros de la familia, con amigos, compañeros de trabajo, miembros de la iglesia. En fin, todos, en algún momento de nuestras vidas, hemos realizado o hemos sido beneficiados de un sacrificio hecho por amor. Los sacrificios se concretan en acciones sencillas: al levantarnos por la noche para atender a alguno de nuestros hijos, al disminuir el tiempo de descanso para dedicarlo a quienes amamos, cuando acompañamos a otro en momentos difíciles, al emplear menos tiempo abstraídos en el teléfono para determinar a quien nos rodea, cuando hacemos una visita inesperada para apoyar o escuchar. Definitivamente, el amor nos cambia, nos lleva a ser personas dadas a los demás, transforma nuestras actitudes y sentimientos.

Las lecturas que acabamos de escuchar están orientadas a movernos para que vivamos y actuemos en el amor. El evangelio presenta una lección hermosa y llena de compromiso al dejar claro que sin amor no se puede ser discípulo de Jesús. El discipulado debe partir de una experiencia de amor. Vale la pena preguntarnos ¿Por qué estamos hoy en Misa o en este servicio? ¿Vinimos para cumplir con un requisito? O más bien ¿venimos porque hemos experimentado el amor de Dios esta semana? ¿venimos para encontrarnos con él y sentir una vez más su amor que nos acompañará durante la semana que comienza?

Hoy día, nuestra sociedad y cultura nos empuja a pensar de manera individualista, considerando sólo lo que nos conviene personalmente, lo que queremos, como lo queremos y donde lo queremos. No significa esto, que pensar en nuestro bienestar, el de nuestra familia o el de quienes nos rodea, sea malo, simplemente deben prenderse las alertas cuando se olvidan los aspectos comunitarios, colectivos, cuando nuestros quereres personales no nos permitan aportar al bien común.

La invitación de Jesús en el evangelio es a expandir más nuestros horizontes en cuanto al amor que ofrecemos cada día. Es un llamado para comenzar a amar más allá de donde estamos acostumbrados o nos sentimos cómodos y correspondidos. Es la invitación a amar aquel que piensa diferente, a quien tiene otras costumbres, incluso, a aquel que nos lastimó o nos ofendió.

En este contexto, podemos entender la invitación a cargar la cruz, como el reto de ir más allá de nosotros mismos, más allá de lo que teníamos pensado, del lugar donde nos sentíamos seguros. Es el momento de preguntarnos el sentido de cargar la cruz hoy día ¿Perdonando quizás a quien me ofendió o se portó mal? ¿Dedicando un poco más de tiempo a quienes me rodean? ¿Escuchando a quien lo necesita? ¿Haciendo alguna obra de caridad? O, quizá, puede ser simplemente destinando más espacios en la relación con Dios que últimamente no está tan fuerte como debería.

El profeta Jeremías en algún momento, enojado con Dios, incluso llegó a maldecir el día su nacimiento; se sabía llamado por Dios pero, a la vez, se sentía incapaz de responderle de la mejor manera. ¿Nos hemos sentido así? Pues Dios, como al profeta, nos invita hoy a construir una mejor relación con él, a abrir los ojos y ver que podemos ayudar a las personas que nos rodean, sin importar nuestras limitaciones o fracasos del pasado.

La invitación al sacrificio por amor es tan poderosa, que tiene la capacidad de transcender e ir más allá de nuestra sola fe. Ella puede llegar a cambiar nuestras costumbres, hábitos, formas de conducir nuestras vidas. Imaginemos una vida donde la relación con Dios sea tan fuerte que lleguemos al punto de preocuparnos y ocuparnos también de las personas que nos rodean, especialmente de las que más nos necesitan; imaginemos una vida donde podamos pulir más nuestro corazón y sentir que cada día se va transformando de una manera positiva. 

Para nosotros, como para el profeta Jeremías, esto no se da el día que lo decidimos, no es algo que sucede instantáneamente, de un día para otro. Se trata de un proceso de subidas y bajadas, en el que nos equivocamos y caemos, en el que en ocasiones renegamos e incluso sentimos que nos damos por vencidos. Sin embargo, si nos mantenemos firmes podemos ir experimentando un cambio gradual, algo que va sucediendo poco a poco.

Por su parte, la segunda lectura, nos presenta un bello ejemplo de cómo podemos llegar a cambiar la manera de vivir y pensar, una vez decidimos vivir los valores del evangelio. San Pablo, al escribir a Filemón, le pide que reciba a Onésimo, pero ya no como su esclavo sino como un hermano suyo en la fe; Pablo usa incluso la expresión: “debes quererlo todavía más, no sólo humanamente sino también como hermano en el Señor... recíbelo como si se tratara de mí mismo.” Es como si le estuviera diciendo a Filemón: aquél que antes fue tu esclavo ahora deberás tratarlo como alguien importante para ti, como un buen amigo o incluso como tu maestro; no lo veas como un desconocido o alguien que no te importa, trátalo como a quien valoras, amas y es importante para ti. Imaginemos que se nos pide lo mismo hoy, que aprendiéramos a ver al otro con el sentimiento de alguien querido y apreciado. Ya no habría personas sufriendo hambre, exiliados, inmigrantes, pobres y desplazados.

Dice San Pablo que cuando nos movemos y actuamos por y con amor, nuestra experiencia no solo queda entre nosotros, sino que trasciende, contagia y se extiende, así como la relación entre Filemón y Onésimo, que fue más allá y llenó a todo el pueblo de consuelo, esperanza y amor.

Al celebrar hoy nuestra fe, debemos recordar primordialmente el amor que Dios tiene por cada uno de nosotros, no por el resultado de lo que somos o por nuestras acciones, sino simplemente porque nos ama. Así, reconociéndonos amados por Dios, debemos dar el paso y hacer conciencia del lugar de nuestra fe, es decir, del lugar que damos a Dios en medio de nuestras prioridades y de las cosas que nos importan, y luego, mirar más hacia las personas que le importan a él. Aquí encontraremos por lo menos parte del camino del amor que el Obispo Primado nos invita a vivir y seguir. No nos demos por vencidos por nuestras caídas, invoquemos la fuerza del Espíritu Santo que nos ilumina y motiva. 

El Rvdo. Samuel Borbón es Misionero Asociado del Ministerio Hispano/Latino y Desarrollador de Programas de la Iglesia Episcopal.