Propio 17 (C) - 2019

September 1, 2019

Episcopal SermonEnvía oh Señor tu Espíritu, que renueve la faz de la tierra.
En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Siempre podemos encontrar buena noticia y salvación en la palabra de Dios cuando la escuchamos y meditamos con atención, todo es cuestión de actitud y apertura de corazón a la acción del Espíritu en nosotros como individuos y como comunidad.

Algunas veces la Palabra nos hace sentir confortables y hasta experimentamos que todo ritma dentro de nosotros cuando el lector o la lectora la proclaman. Nos sentimos bien y nosotros lo sabemos. No hay nada malo en eso, es un momento de gracia. Otras veces la Palabra nos hace sentir incómodos, como si alguien nos estuviera pinchando un nervio con un objeto punzante o como si estuviéramos oyendo un instrumento completamente desafinado que lastima el oído. Tampoco hay nada malo en eso, es otro momento de gracia que tal vez exige algo extra de nosotros. De vez en cuando es bueno preguntarse por qué nos hace sentir bien o por qué nos hace sentir incómodos la palabra de Dios que escuchamos en cualquier domingo en la iglesia. La respuesta a este tipo de preguntas puede conducirnos al despertar de algunas áreas dormidas en nosotros y ponerle un poco de dinamismo a nuestra vida cristiana, o para examinar nuestra conciencia y ver cómo estamos viviendo nuestro pacto bautismal y entonces, a la luz de ese examen, tomar la decisión de realinear o no nuestra vida de fe.

El evangelio de Lucas y la carta a los hebreos son buenos ejemplos para ilustrar cuando la palabra puede hacernos sentir algo desafiados o incómodos.

En el evangelio, Jesús es invitado a un banquete de bodas en casa de un fariseo. Al llegar observa Jesús que algunos de los invitados estaban afanados por sentarse en los puestos más importantes, los puestos de honor. Entonces Jesús les ofrece un consejo “Cuando alguien te invite a un banquete de bodas, no te sientes en el lugar principal, pues puede llegar otro invitado más importante que tú; y el que los invitó a los dos puede venir a decirte: “Dale tu lugar a este otro.” Entonces tendrás que ir con vergüenza a ocupar el último asiento.” Pero Jesús no se detuvo ahí, también se le acercó al anfitrión y le dijo “Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a tus vecinos ricos; porque ellos, a su vez, te invitarán, y así quedarás ya recompensado. Al contrario, cuando tú des un banquete, invita a los pobres, los inválidos, los cojos y los ciegos; y serás feliz”.

Seamos realistas, ¿a quién le gusta que lo sermoneen en el espíritu de una fiesta? ¿O le sugieran que tal vez debió dejar el asiento que ocupa a otra persona o que no debe afanarse tanto por sentarse todo el tiempo en los mismos lugares? ¡A nadie! Tal vez mentiríamos si decimos que nos gusta. O mejor aún, ¿quién toma a bien que en su propia fiesta se le acerque uno de sus huéspedes y le diga “tú no invitaste a la gente que debías haber invitado”?

Veamos las cosas de este modo, Jesús no está haciendo estos señalamientos en esta boda porque esté interesado en importunar a nadie, los hace porque quiere advertir a sus amigos que es peligroso para sus aspiraciones de salvación entrar en el juego de los privilegios, la búsqueda de los primeros puestos y las principalidades, de seleccionar los amigos por su estatus social y sus posibilidades de devolverles la cortesía. Jesús está observando el comportamiento de la sociedad de su tiempo, ve quienes están adentro y quienes están afuera, y no tiene miedo de hablar de lo que piensa al respecto. En el evangelio Jesús modela un diálogo para su tiempo y para el nuestro, y crea las bases para que nosotros sigamos la conversación, tracemos algunas conclusiones y hagamos algo.

La comunidad eclesial es un buen lugar para empezar esta conversación, si realmente queremos que algo cambie tenemos que hacer que ese cambio empiece con nosotros mismos. Estos procesos requieren que nos hagamos las preguntas difíciles: ¿quiénes faltan en nuestros círculos y por qué? ¿Quiénes están fuera de los roles de liderazgo de nuestras comunidades? ¿A quiénes no estamos incluyendo en nuestros planes y visión comunitaria que deberíamos incluir? ¿De quiénes nos hemos olvidado y por tanto no los tenemos con nosotros?

Hace un rato mencionamos la carta a los hebreos de la que leímos parte en la epístola asignada para hoy. En ella encontramos ese aire de hospitalidad radical y atención a los pobres y a los de afuera que sugiere Jesús en los versos que leímos del evangelio. La hospitalidad radical es un tema difícil de tratar en una sociedad como la nuestra con una dinámica de prejuicios y desconfianza tan marcados. Muchas veces inclusive a nosotros los cristianos se nos hace difícil ser radicalmente hospitalarios por las mismas razones.

¿Qué proponen los versos que leímos de la carta a los hebreos? Proponen la ruptura de la retórica que divide y que nos hace sospechar de los otros solo por ser inmigrantes o ser diferentes, una retórica que nos instiga al odio racial y a cerrar nuestras puertas a los pobres y a los que huyen del hambre y la violencia, y buscan entre nosotros refugio para ellos y sus familias. Más oportuna no podía ser la Palabra inspirada justo cuando la atmósfera está tan cargada de actitudes y discursos pesimistas y el sentido de la solidaridad se ve hoy más desafiado que nunca. Escuchemos una vez más esas palabras de la carta a los hebreos “No dejen de amarse unos a otros como hermanos. No se olviden de ser amables con los que lleguen a su casa, pues de esa manera, sin saberlo, algunos hospedaron ángeles… No se olviden ustedes de hacer el bien y de compartir con otros lo que tienen; porque éstos son los sacrificios que agradan a Dios.”

Las palabras de Jesús en Lucas y las exhortaciones que encontramos en la carta a los hebreos nos señalan una visión que contrapuntea con el discurso que niega la igualdad de todo ser humano ante los ojos de Dios, también contradice la actitud deshumanizante de quienes se consideran superiores a los demás por el color de su piel, por su posición social y económica, y por su educación académica.  Esta visión incluye a todos y todas, y sugiere prestar especial atención a los que aún no han llegado y aquellos que generalmente son marginados y no son tomados en cuenta; también incluye a los inmigrantes del siglo dieciséis, así como a los del presente siglo y los venideros, a los de la primera generación y a los de la décima generación por igual. Ésa es una visión para la iglesia de hoy que pone a pruebas la seriedad de nuestro discipulado. Esto puede sonar algo incómodo para muchos de nosotros, pero nadie nunca ha dicho que el trabajo por el reino de Dios sea algo cómodo, por el contrario, Jesús lo define como un trabajo lleno de obstáculos. La buena noticia es que Jesús se hizo modelo para nosotros, nuestro deber es imitarlo. Estamos en la fiesta, hoy mismo podemos empezar.

Que Dios les bendiga.

El Rvdo. Simón Bautista Betances es canónigo misionero para el ministerio Latino en la Iglesia Catedral de Cristo en Houston, Texas.