Propio 16 (C) - 2019

August 20, 2019

Pentecostes 11 Sermon EpiscopalDemos gracias al Señor que nos permite encontrarnos en este décimo primer domingo después de Pentecostés. Las palabras del salmo 103 nos invitan a la alabanza desde lo más profundo de nuestro ser: “Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides ninguno de sus beneficios”. El encuentro con la comunidad es un beneficio y una bendición que Dios nos concede, y más aún cuando tenemos la oportunidad de reflexionar en los textos bíblicos correspondientes para este domingo. Pidamos al Señor que su palabra sea luz que ilumine nuestro caminar y nos ayude a mantener nuestra identidad como cristianos y cristianas frente a los cambios y desafíos que la vida nos pone.

La primera lectura, tomada del libro del profeta Isaías, nos sitúa frente a Dios, quien responde a la llamada del ser humano con un firme: “Aquí estoy”. Sin embargo, la presencia de Dios entre los hombres y mujeres exige un comportamiento justo y ético de parte de quienes claman al Señor. Isaías nos muestra, con claridad, que la presencia de Dios se asocia con la justicia y la sensibilidad frente al dolor humano: “ Entonces, si me llamas, yo te responderé; si gritas pidiendo ayuda, yo te diré: “Aquí estoy.” Si haces desaparecer toda opresión, si no insultas a otros ni les levantas calumnias, si te das a ti mismo en servicio del hambriento, si ayudas al afligido en su necesidad…”. La fe en Dios se confirma con las obras. Esto lo sabemos muy bien, pero nos cuesta aplicarlo.

En nuestras prácticas religiosas reflejamos la creencia en un Dios que a veces parece desligado de las realidades sociales que aquejan a los hombres y mujeres de este mundo; a veces nuestras oraciones tienden a ser más individualistas que colectivas, preferimos los cómodos tradicionalismos y evitamos el encuentro con el Dios que nos cuestiona y nos pide que respondamos a los problemas del mundo presente. Las palabras de la carta a los Hebreos siguen siendo muy actuales: “Los que oyeron esa voz (la de Dios) rogaron que no les siguiera hablando...”.

Ahora bien, la imagen de ese Dios se nos hace visible en la persona de Jesús. El comportamiento de Jesús de Nazaret es el referente que los miembros de la comunidad Cristiana debemos seguir, puesto que la realidad social, política y religiosa del primer siglo tiene algunos aspectos que son comunes a los del siglo veintiuno. El evangelio de hoy nos ayuda a visualizar el mundo de Jesús. La sinagoga, como espacio de adoración para los judíos, y el sábado, como día para observar las leyes mosaicas, se combinan en una historia que tiene como protagonistas a Jesús y a una mujer aquejada por una enfermedad por más de dieciocho años.

¿Cuál es el comportamiento de Jesús al momento de llegar a la sinagoga? Llama la atención que Jesús prioriza a las personas. Al Señor no le importa tanto si se cumplen las reglas rituales o si se respetan las rúbricas a la hora de la celebración. A Jesús le mueve el dolor de aquella mujer encorvada que pasa inadvertida frente a los que llegan a cumplir con el precepto de adorar a Dios, en la sinagoga, cada día sábado. Se desconoce el nombre de la mujer enferma. Se indica solamente que “un espíritu maligno la había dejado jorobada, y no podía enderezarse para nada”.

El gesto de Jesús al momento de curar a la mujer es muy simple, no hay largos discursos ni oraciones solemnes. Jesús no es el jefe de la sinagoga y él no está a cargo de conducir el servicio religioso; llega como uno más a escuchar la lectura de la ley y los profetas. Pero, el mensaje de los profetas, está en lo más profundo del corazón de Jesús y ese mensaje cobra vida en su gesto compasivo y solidario frente a la mujer enferma. Cuando la mujer se ve sanada, alaba a Dios llena de gozo. No era para menos, porque gran parte de la vida de aquella mujer había sido de dolor y rechazo. El jefe de la sinagoga, por el contrario, se molesta porque la curación ha tenido lugar un sábado, día de reposo y de estricta observancia de la ley. Tal parece que la misión del jefe de la sinagoga, estaba reducida a exigir el respeto de las leyes cultuales.

La tendencia de todos y de todas puede ser la condenar al jefe de la sinagoga por su actitud legalista y poco humana pero, lo cierto, es que muchos estamos representados en ese personaje. Veamos algunos ejemplos que lo ilustran.

Las costumbres y tradiciones litúrgicas son ricas y abundantes en nuestra iglesia; basta visitar cualquiera de nuestras congregaciones para darnos cuenta de ello. Sin embargo, puede haber congregaciones que se precian de ser muy dignas representantes del espíritu anglicano, en las cuales, todo aquello que no esté a tono con tal espíritu, se presenta como una falta a nuestra tradición eclesial: cantar un himno alegre y aplaudir puede ser una violación a las normas litúrgicas, orar de forma espontánea puede ser visto como un irrespeto a la liturgia aunque la oración responda a las necesidades de los que se congregan en ese momento, en otros lugares la hospitalidad se practica solo para con los miembros de la congregación siendo vistos los visitantes como incómodos advenedizos. Algunos de nosotros, al igual que el jefe de la sinagoga, somos comisarios que velamos porque las palabras y los gestos de la celebración litúrgica sean los adecuados.

En la historia que nos presenta el evangelio, bien vale preguntarse ¿quién estaba más encorvada o encorvado? ¿la mujer o el jefe de la sinagoga ? Al estar encorvados, no vemos más allá de nuestro pequeño entorno y lo nuevo siempre nos parecerá sospechoso y amenazante para nuestro sistema religioso abrigado por siglos de tradición.

¡Qué bien que Jesús sanó a la mujer y cuestionó la hipocresía de los que estuvieron en contra de sanar en sábado! Las leyes, sin importar si son civiles o eclesiásticas, en la mayoría de los casos tienden a torcerse para favorecer a algunos y triturar a otros. En esta ocasión, Jesús hace caso omiso del cumplimiento del sábado para aliviar el dolor de un ser humano.

Citando nuevamente al profeta Isaías, consideremos que nuestras casas de oración están para ser espacios donde se viva el gozo y la alegría y no sitios para juzgar y condenar lo que está fuera de la norma. Que para nosotros, cristianos y cristianas episcopales, el domingo refleje lo que dice el Señor en su mensaje a Isaías: “ Considera este día como día de alegría, como día santo del Señor y digno de honor; hónralo no dedicándote a tus asuntos, ni buscando tus intereses y haciendo negocios. Si haces esto, encontrarás tu alegría en mí”.

Las palabras y los gestos que muestren afecto y cálida bienvenida son bien recibidos en el seno de la comunidad, de la misma manera el humor que tanta falta hace en algunas comunidades, porque se asume que el respeto y el decoro en la liturgia están separados de la risa. El evangelio de hoy reafirma que las personas merecen todo nuestro respeto. Bien lo decimos en una de nuestras promesas bautismales: Respetar la dignidad de todo ser humano.

Oremos para que esta promesa bautismal sea honrada y practicada por cada bautizado y bautizada en nuestra comunidad de fe.

Que la misericordia del Señor Jesús nos acompañe siempre. Amén.

El Rev. Dr. Álvaro Araica sirve en la Diócesis Episcopal de Chicago como Asociado para el Ministerio Hispano y también como vicario en la Iglesia Episcopal Cristo Rey.