Propio 11 (C) - 2019

July 21, 2019

Propio 11 SermonEn las lecturas de hoy, nos encontramos con una perla fundamental para nuestra vida cristiana. Esta perla es el tesoro clave en nuestro quehacer cotidiano, en los interrogantes que surgen en nuestra vida ocupada y llena de responsabilidades diarias. Siempre que venimos a la Iglesia, traemos una actitud de agradecimiento por el regalo de la vida pero también traemos nuestras necesidades y súplicas que, en muchas ocasiones, quieren encontrar una respuesta precisa. Sigamos a continuación el desenlace de la Palabra de Dios.

En primera lectura, en el Libro del Génesis, encontramos la visita de tres hombres a Abraham, quienes en la interpretación bíblica y espiritual que se hace a la luz del Nuevo Testamento, son una representación de la Santísima Trinidad. Abraham les suplica que no pasen de largo para poder atenderles con una hospitaldiad magnífica. Prepara lo mejor para ellos: agua para lavarse los pies, el mejor pan, un hermoso becerro, cuajada y leche. Es decir, les ofreció la más alta calidad que tenía de sus productos del campo, además de una atención dedicada y muy amable. Al final, luego de ya haber sido atentidos, uno de ellos pregunta por su mujer, Sara, y le realiza a Abraham una promesa que parecía imposible de cumplir por hallarse ellos en el ocaso de su vida, pues eran ancianos: les prometió un hijo. La promesa de Dios es bendición, pues su descendencia será el pueblo elegido. Por esto y más, Abraham se converte para nosotros en modelo de fe, pues creyó a pesar de los imposibiles y contra toda esperanza; así, Dios le dio lo que más anhelaba su corazón.

Y, es la misma idea con la cual continúa del Salmo: ¿Quién puede morar en la presencia de Dios? “El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón”. Porque precisamente, en los más profundo de nuestro ser, en lo más íntimo y sagrado de nuestras entrañas, sabemos si caminamos en la verdad o en la mentira; y a Dios no le podemos engañar. Sabemos que somos pecadores, frágiles, que nos equivocamos, pero tenemos la fe, el amor y la esperanza para ser cada vez mejores. Es por eso que venimos a la iglesia, porque no somos perfectos ni santos; venimos buscando el perdón, la misericordia y el amor inconmensurable que nos reconcilia con Dios, todo gracias a Cristo Jesús.

Es así como Pablo, en su Carta a los Colosenses, centra su himno en la persona de Cristo, realzando su figura sobre todo lo creado; nada queda exento de su presencia y de su poder. Dios nos ha reconciliado por medio de él. Deja claro la epístola que Cristo es la “gloriosa riqueza” de un designio secreto que ahora está entre nosotros, es la esperanza en la que encontramos gloria. Y, precisamente, ésta es la perla que mencionábamos al principio y que vemos reflejada en la historia del Evangelio de Lucas proclamada hace un momento.

Jesús iba de camino y al entrar a una aldea, suponemos que en el ocaso del día, le recibió una mujer llamada Marta, quien le dio hospedaje su casa. Ella tenía una hermana llamada María, para quien su única preocupación fue disponerse a escuchar a Jesús. Nos dice la Palabra que se sentó a sus pies, con la actitud propia de una discípula. Ahora bien, no es que Marta no se haya preocupado por Jesús, probablemente también estaba desviviéndose por atenderlo, podríamos imaginar que estaría cocinando, recogiendo el desorden, preparando la cama para el huésped, mientras veía como hermana no le colaboraba. En este contexto, Marta manifesta su queja.

Sin embargo, notamos en Jesús más bien una respuesta amorosa y cariñosa: “Marta, Marta, estás preocupada por demasiadas cosas, pero solo una cosa es necesaria”. Jesús le da a entender que comprende su inquietud pero le recuerda que lo primordial no puede confundirse con tantas otras cosas. Nada nos debe inquietar o quitar la paz, ni la presión de tantas actividades y compromisos, de tal forma que nos olvidemos que Él es el centro de nuestras vidas.

Nos podemos identificar con las dos personajes pero, en especial con Marta ¿Por qué? Nuestra vida es un corre corre, estamos llenos de tareas, de quehaceres de la casa, de muchas ocupaciones y responsabilidades; y mucho más ahora con la era digital, nuestro celular está lleno de notificaciones, correos, mensajes o llamadas perdidas. ¿Nos hemos preguntado cuántas veces vemos el celular al día? Posiblemente no tenemos la cifra exacta pero, muchas veces despertamos e, incluso antes de la oración de la mañana, miramos el celular, o si se nos queda en casa cuando salimos regresamos por él; éste es solo un ejemplo de cuán ocupados estamos. En el mundo en que vivimos estamos más propensos al estrés y la ansiedad; en medio de tantos sucesos, muchas veces nuestro encuentro personal con Jesús queda relegado, en un espacio sin oportunidad, desplazado sólo al encuentro dominical en la Iglesia y, en ocasiones, cuando nos queda tiempo.

Finalmente, una anécdota al respecto muy conocida de Martín Lutero. Cuando le preguntaron cuáles serían sus actividades para el día siguiente, él contestó: “Trabajo, trabajo de sol a sol. En verdad tengo tanto que hacer, que pasaré las primeras tres horas en oración.” Así debemos hacer, aunque estemos super atareados, es primordial encontrar el espacio para encontrarnos con Jesús, para escuchar su Palabra, alimentarnos de la Eucaristía, compartir con nuestros hermanos y hermanas en la fe, y también, dejar momentos para la interioridad, para hablar con Jesús en nuestro corazón. Entre tantas cosas que nos angustian, tengamos la certeza que, así como a Marta, Jesús repite con ternura y amor nuestro nombre para invitarnos a colocar en primer lugar a Dios, porque cuando Él está en primer lugar, nosotros lo estamos. Él siempre quiere nuestra felicidad, así que seamos como María, abandonados en lo que realmente importa, para no dejarnos quitar la mejor parte. Ésta es nuestra perla, el tesoro que cada día debemos cuidar.

El Rvdo. Israel Alexánder Portilla Gómez es sacerdote en la Misión San Juan Evangelista, Diócesis de Colombia, donde ha ejercido el ministerio desde diciembre de 2016.