Propio 10 (C) - 2019

July 10, 2019

Pentecostes Episcopal SermonJesús proclamó el reino de Dios y definió su misión con el anuncio de su llegada. Una y otra vez, Jesús modeló para nosotros las obras que verdaderamente reflejan la visión de Dios por un mundo justo. El ministerio de Jesús estaba centrado en establecer comunidad entre los excluidos y aquellos que los excluían. Su ministerio de sanar a los enfermos, perdonar a los pecadores, resucitar los muertos y alimentar a los hambrientos eran acciones para restablecer la paz de Dios en un mundo turbulento.

La parábola del Buen Samaritano ha sido aplicada como una forma de medir la bondad y misericordia de una persona. A menudo la interpretamos como una invitación de Jesús a preguntarnos a nosotros mismos, cuando la situación lo requiera: ¿estaremos dispuestos a ser un buen samaritano para con otras personas? Sin embargo, las parábolas no significan siempre lo que aparentan a simple vista. Debemos buscar el significado menos obvio y, por qué no, más chocante a nuestro entendimiento, como en el caso de la parábola del evangelio de hoy.

Un hombre se encontraba en una situación desesperada y necesitado de ayuda. No es de extrañar si sabemos que el camino de Jerusalén a Jericó era notoriamente conocido por ser peligroso a causa de los ladrones. Así, el hecho de que este hombre haya sido asaltado y recibido una golpiza por ello, es algo que se podía esperar. Sin embargo, hay algo que sucede en la historia que sí llaman la atención inmediatamente y que resulta hasta chocante: dos de las personas que pudieron haberle ayudado no lo hicieron; uno era un sacerdote y el otro un levita, ambos líderes religiosos que no hicieron nada por él. Y es que sus creencias  religiosas les impidieron tener contacto con el herido por lo que decidieron pasarse al otro lado del camino. Así, el primer aspecto impactante de la historia es que quienes se supone debieron haber acudido en ayuda del necesitado, no lo hicieron. El otro aspecto sorprendente es el hecho de que, por el contrario, la persona que los judíos no podían imaginarse que ayudara al herido, al final fue, quien en su misericordia, rescatara al hombre lastimado.

Jesús, el Maestro de la ley y todos los que escuchaban esta parábola eran judíos. Todos los personajes de la historia también lo eran, excepto uno. Los judíos y los samaritanos tenían un historial de odio racial y religioso. La persona lastimada seguramente no esperaba la ayuda de los judíos y posiblemente tampoco quería la ayuda del samaritano despreciable. A pesar de todo, es precisamente el despreciado el que, conmovido por la misericordia, cuida amorosamente a la víctima del asalto quien, con seguridad, lo desprecia a él.

El ministerio de Jesús a lo largo de su vida estaba saturado de actos y enseñanzas de compasión. ¿Será acaso el mensaje de la parábola que debemos tener compasión y ofrecer ayuda a toda persona en necesidad al igual que el samaritano? La compasión verdadera puede transformar nuestro mundo. La compasión es una palabra visceral y lo que sucedió en la historia es algo que estremece nuestros sentimientos más profundos. Compasión, literalmente significa “sufrir juntos”; es un sentimiento humano que se manifiesta a partir del sufrimiento del otro. Más intensa que la empatía, la compasión describe el entendimiento del estado emocional de otro, y es con frecuencia combinada con un deseo de aliviar o reducir su sufrimiento.

Wesley Autrey, conocido como el Samaritano del Subway en la ciudad de Nueva York, estaba en la estación cuando un joven de 19 años se cayó en la línea del tren. Autrey sin pensarlo dos veces se lanzó a rescatarlo. No había tiempo de sacar al joven de la línea y por lo tanto Autrey lo apartó a un lado de los rieles y presionó su cuerpo sobre el joven para protegerlo del tren que pasaba. Muchos otros estaban en la plataforma pero ninguno arriesgó su vida para salvar a un joven desconocido. Pero, algo conmovió profundamente a Autrey a actuar y eso fue la compasión. Seguramente una compasión más allá de su capacidad humana. Es difícil escuchar esta historia sin preguntarnos qué hubiésemos hecho nosotros de haber estado presentes. ¿Hubiésemos tenido la compasión de Autrey? ¿nos atreveríamos a ser un bueno samaritano de tal magnitud? ¿Esperará Jesús de nosotros que en situaciones parecidas actuemos de la misma forma?

La disposición interna de los que escuchan la parábola afecta cómo entendemos su significado. Fijémonos nuevamente. La parábola fue dicha como resultado del intento de un Maestro de la ley por tender una trampa a Jesús en una conversación, pues no resistía el mensaje que éste estaba comunicando. Tratando de encontrar una falla en sus enseñanzas este legalista le pregunta: ¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna? Tú eres el maestro de la ley, ¿qué está escrito en ella? le responde Jesús. El Maestro de la ley, quien por supuesto conocía la Ley de Moisés, le responde: “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente” y “ama a tu prójimo como a ti mismo”. A lo que Jesús le responde: “¡Correcto, ahí tienes la respuesta! Si haces eso, tendrás la vida”. Sin embargo, este legalista no iba a dejar pasar la oportunidad de hacer quedar mal a Jesús, por ello continúa: “Necesitas ser más preciso Jesús. Define a quién te refieres como mi prójimo”.  En respuesta a este desafío, es que Jesús cuenta la parábola del Buen Samaritano.

Si el propósito de Jesús es que nosotros imitemos al señor Autrey, el triste hecho es que la mayoría de nosotros no tenemos el valor de hacerlo; no es parte de nuestra naturaleza o respuesta instintiva olvidarnos de nosotros mismos para arriesgar nuestra vida por un extraño.

Pero, el mensaje de Jesús es más sutil. Aquellos que pasaron por el lado de la víctima sabían lo que era lo correcto; pero saber lo que es correcto no significa necesariamente que estemos dispuesto a hacerlo. El mensaje de Jesús es que si vamos a ser buenos samaritanos necesitamos más que cambiar nuestra forma de pensar; debemos cambiar también nuestro corazón. A pesar de que el Maestro de la ley bombardeó a Jesús con la pregunta acerca del prójimo, él sabía que su prójimo era su cercano, alguien en su vecindario, en su comunidad y seguramente alguien de su misma sinagoga. Pero él también sabía que Jesús tenía un significado más amplio de prójimo y le estaba forzando a Jesús a decir algo que era incómodo de escuchar. Jesús fue claro: tú prójimo es el “otro”, aquella persona quizás más despreciada o diferente u olvidada por la sociedad.

Así, finalmente Jesús cambia la pregunta de ¿quién es mi prójimo? a ¿qué es lo que el verdadero prójimo está dispuesto a hacer? ¿Qué hace el verdadero prójimo frente a leyes de inmigración que niegan el acceso a las necesidades básicas de la vida? ¿Qué hace el verdadero prójimo cuando el poder ofrecer cuidado médicos a millones de personas sin seguro significa un incremento en sus propios impuestos? ¿Qué hace el verdadero prójimo ante millones de personas que en el mundo viven en la pobreza?

La parábola de hoy nos llama a una transformación personal, a una especie de trasplante de corazón en Cristo para ser verdaderamente compasivos. Cuando experimentemos esta transformación, todo en nuestra vida será impactado. El Reino de Dios es sobre llegar a la gente, tocar y transformar sus vidas. Y la forma en que nosotros tocamos y transformamos sus vidas y la nuestra, es a través de obras de compasión. Compasión que nos mueve más allá de la empatía o la simpatía, y que nos lleva a la acción. Es a través de nuestras obras como nos transformamos y nos convertimos en verdaderos buenos samaritanos.

El Rvdo. Abel López es Rector en Episcopal Church of the Messiah - Santa Ana, CA.