Propio 7 (C) - 2019

June 23, 2019

Pentecostes Episcopal SermonCuando el endemoniado vio a Jesús, dio un grito y se arrojó a sus pies. Exclamó con fuerza retumbante: “¿Por qué te entrometes, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? ¡Te ruego que no me atormentes!” ¡Qué desesperación la de este hombre y cuánta compasión se derramó de nuestro Señor! La descripción que hace Lucas es verdaderamente aterradora y sobrecogedora. Este hombre atormentado se abalanza sobre Jesús, cae de rodillas a sus pies y en una especie de reproche suplicante confronta a Jesús: “¿Qué tengo yo que ver contigo?  ¿Por qué te entrometes?”

La liberación milagrosa de este poseído, nos conduce a reconocer la autoridad de Jesús, no sólo en este mundo sino, más allá. Es tal el poder de Jesús, que son los mismos demonios los que reconocen su divinidad. Este es un momento muy importante en la vida de Jesús, su autoridad es contundente; tanto, que ante él la maldad se aleja.

¿Cuántas veces en momentos de desolación y desesperanza no hemos clamado el nombre de Dios pidiendo su misericordia? ¿Cuántos de nosotros cegados por la ira hemos hecho cosas de las cuales nos arrepentimos luego? Nos sentimos entonces como el hombre de Gerasa, como si muchos demonios nos hubieran poseído. Y, como al personaje del evangelio, el único que puede salvarnos es Dios mismo; sin embargo, no sabemos cómo pedírselo ni cómo reconocerle en esos momentos.

De un lado, está el poseído, cuyos vecinos ataban con cadenas pero a quien los demonios soltaban. La presencia demoniaca le ofrecía una falsa libertad. Este pobre hombre corre desnudo y sin rumbo, y prefiere vivir entre los muertos antes que entre los vivos. En perspectiva, esta situación lleva a pensar en el fenómeno de aquellos cuyas adicciones los destruyen físicamente, los anulan social, emocional y espiritualmente. Como el hombre de Gerasa, hay seres humanos que viven en situaciones marginales o en las calles o bajo los puentes, apartados completamente de sus comunidades. Muchos creen que son libres porque viven en condiciones donde no los alcanzan las normas, pero a la vez son invisibles a su familia, amigos y la sociedad; pareciera que se quedaran hasta sin nombre.

De otro lado, están los vecinos del endemoniado. Ellos le tenían miedo, le evadían. Jesús, por el contrario, se acerca, le encuentra donde él está, lo mira y lo sana. Muchos cristianos fortalecidos por la presencia de Jesús encaran el peligro con gran valor; logran superar el miedo por su confianza en Dios, atendiendo luego al llamado de servir al que está en necesidad; no se quedan congelados como los vecinos de esta historia. Más bien, se inspiran en el valor de Jesús y van al mundo buscando victoria en vez de derrota.

Este acto de valor nos hace pensar en los cristianos que han arriesgado sus vidas en situaciones donde hay gran necesidad, peligro o hambre. Por ejemplo: Teresa de Calcuta sirviendo a una comunidad de leprosos en India, Dietrich Bonhoeffer oponiéndose a la dictadura Nazi, Martin Luther King, Jr. luchando por los derechos civiles de las minorías, el Obispo Óscar Romero denunciando las injusticias de dictadura en el Salvador, y tantos otros cuyos nombres desconocemos y que han arriesgado sus vidas para ayudar a otros en nombre de Jesús. Y, nosotros ¿qué arriesgamos para seguir a Jesús?

Siguiendo con el texto del evangelio, Jesús le pregunta al hombre endemoniado por su nombre. Él le contestó: “Legión” e inmediatamente los demonios le ruegan a Jesús que no los envíe al abismo. En aquel tiempo, se creía que el nombre estaba vinculado a la esencia de la persona misma y, el caso del hombre poseído, no es la excepción; él se había rendido ante el poder de los demonios que le controlaban; se conformó con ser llamado de otra manera: “Legión”, a no identificarse con su nombre real. Jesús reconoce en su misericordia a este hombre, lo hace visible y por ello pregunta por su nombre; Jesús nos demuestra que es superior a los demonios. Y es aquí donde empieza su acción sanadora, al ser reconocido por los demonios quienes terminan rindiéndose ante la identidad de Jesús al proclamar: “Hijo del Dios Altísimo”. ¡Qué grande es la presencia de Jesús que hasta los demonios sucumben ante él! Ellos saben que el poder del Señor no es de este mundo, así se rinden antes de dar la batalla pues, contra Dios, no pueden luchar.

La misericordia de Jesús por este hombre es tan grande que nos lleva a pensar en las palabras de Pablo a los Gálatas: “porque en Cristo Jesús todos son herederos de Dios a través de la fe”. Nuestro Señor sabe que este hombre será testimonio de fe, su dignidad ha sido restituida y, lo más importante, su fe fortalecida.

Y, ¿los demonios expulsados? Jesús les permitió entrar en un grupo de cerdos que posteriormente se lanzaron al abismo. Obviamente, los dueños de estos cerdos no quedaron contentos. Y es que ellos no pudieron ver el propósito del milagro de sanar y liberar a este pobre hombre atormentado por tantos años. ¿Por qué los vecinos no se alegraron por su liberación? ¿Por qué tuvieron miedo? Así como el fuego sirve para cocinar alimentos entre otras funciones benéficas, también puede destruir, ¿Será que tienen miedo de que el poder de Jesús se vuelva contra ellos? Tal vez, a esos vecinos les pasa como a muchos de nosotros, que así Jesús camine a nuestro lado preferimos apartarnos de él, inventar excusas para no adorarle o dejar que el miedo nos restrinja el amarle con total entrega. Nos recuerda la letra del himno que dice: “Su nombre es el Señor y pasa hambre, y clama por la boca del hambriento, y muchos que lo ven pasan de largo, acaso por llegar temprano al templo…”.

Y, a pesar de nuestra indiferencia, el Señor no nos abandona. Él se acerca y nos mira con misericordia, nos extiende su gracia sin límites como hizo con el hombre poseído. Esa gracia descubre nuestra nueva identidad y nos ayuda a levantar la cabeza con dignidad, aun cuando nos veamos amenazados por el escrutinio de otros. El hombre poseído tuvo que vivir en conformidad con sus demonios y se acomodó con esa realidad; era invisible hasta que Jesús lo volvió visible. Él fue vestido en sanidad porque Jesús así lo quiso, para que así se hablara de su grandeza en tierra de gentiles. En esta historia encontramos cómo al rendirnos ante el poder del amor restaurador de Jesús, nuestras cadenas se rompen dando paso a una sanación completa: física, emocional, mental, social y espiritual.

¿Quién de nosotros puede decir que es totalmente libre o liberado? ¡Nadie! Todos estamos un poco poseídos por otros poderes que ocupan algún espacio dentro de nosotros. El texto del evangelio es la revelación de la compasión de Jesús para con nosotros; que él hará cualquier cosa por librarnos de nuestros demonios: miedo, ansiedad, resentimiento, angustia, incertidumbre, entre otros, a los que les hemos permitido que nos esclavicen. Una vida transformada, es una vida que, en medio del caos moral y espiritual, ha sido confrontada y tocada por el poder sanador de Dios; y una vida que ha sido transformada por el poder del amor, no volverá a ser igual, no puede ser igual jamás.

La Reverenda Alejandra Trillos es la Sacerdote-a-Cargo en San Andrés Iglesia Episcopal, Diócesis de Nueva York.