Día de Pentecostés (C) - 2019

June 9, 2019

Pentecostes Sermon EpiscopalNavegar por el mar y los océanos ha sido siempre una tarea peligrosa. Los marineros de la antigüedad tenían que guiarse por el curso del sol durante el día y, de noche, por la posición de la luna y las estrellas. Pero esto no era siempre posible porque en ocasiones el cielo se nublaba. Cuando esto sucedía, los marineros perdían todo sentido de dirección; se extraviaban en el mar y a veces las naves encallaban contra las rocas y muchos de ellos se ahogaban. Una de las cosas más importantes en la historia de la navegación fue la invención de la brújula. Aparentemente la inventaron en China. Con una brújula siempre sabemos adónde queda el norte, incluso cuando no está a la vista el sol, la luna o las estrellas.

Hoy es domingo de Pentecostés, día en el que recordamos uno de los acontecimientos más extraordinarios que ocurrieron en los primeros días de la Iglesia. La palabra Pentecostés significa “cincuenta”, y en el mundo judío hace referencia a la fiesta que el pueblo vivía 50 días después de la Pascua. Era un festival en que se celebraba la cosecha. Miles de judíos, hombres, mujeres y niños, viajaban a Jerusalén en esa fecha para adorar a Dios en el Templo, para agradecer una nueva cosecha y para visitar a sus familias. Pero, en una casa en particular, como a las 9 de la mañana, se había reunido un grupo de seguidores de Jesús quien ya había subido al cielo. El movimiento de Jesús estaba ahora bajo el liderazgo de hombres y mujeres que lo habían seguido. Pedro era uno de los dirigentes.

Dice el relato del libro de los Hechos de los Apóstoles que hubo “un gran ruido que venía del cielo, como de un viento fuerte” y que “resonó en toda la casa donde ellos estaban.” Dice también, que se repartieron “lenguas como de fuego” sobre cada uno de los presentes, y que “todos quedaron llenos del Espíritu Santo”. Según el relato de Hechos, cuando muchos de los extranjeros que estaban de visita en Jerusalén oyeron ese estruendo, fueron a la casa donde estaban reunidos los seguidores de Jesús, y entonces se produjo otro milagro: estos extranjeros oyeron a los miembros de la iglesia hablar en sus lenguas maternas: Los egipcios oían la lengua egipcia; los partos, la lengua de Parta; los libaneses, el idioma del Líbano.

En medio de ese milagro, alguien dijo que no eran lenguas extranjeras lo que hablaban, sino que estaban hablando una especie de galimatías, que balbuceaban como borrachos. Pero Pedro se puso de pie y les explicó que en realidad ellos habían sido testigos del cumplimiento de una profecía: El profeta Joel había profetizado que, en los últimos días, Dios derramaría su Espíritu sobre toda la humanidad y que toda la gente declararía mensajes inspirados.

¿Seremos nosotros también parte de la gente que, según el profeta Joel, un día tendrían el Espíritu Santo? Algunas iglesias tratan de imitar el primer Pentecostés cristiano, pero al hacerlo, incorporan elementos que en realidad nunca aparecen mencionados en el relato de Hechos. Por ejemplo, gritan todos a la vez en una gran confusión, fingen desmayarse, se arrojan por el suelo, se agitan, y hablan un galimatías incomprensible. Ninguna de estas actividades se menciona en el relato de Pentecostés.

La Iglesia Episcopal es una iglesia de orden: Se espera que sintamos el Espíritu de Dios, pero no en el medio de un confuso griterío. El Espíritu de Dios, también llamado el Espíritu Santo, es un don o un regalo que Dios nos envía y que guía nuestras vida. Antes de que lo traicionaran, Jesús prometió a sus seguidores que les enviaría un Defensor, “el Espíritu de la verdad”, para que estuviera siempre con ellos. Ese Espíritu nos ayuda a tener sabiduría y a tomar decisiones correctas. Cuando pasamos momentos difíciles, también nos da consuelo y paz.  La mayoría de la gente no experimenta el Espíritu Santo como un estruendo sino, más bien como una voz quieta y apacible que susurra un mensaje muy suave en la mente y en el corazón.

Una brújula no siempre es fácil de leer. Por ejemplo, si estamos en el medio de una tormenta, la brújula se va a agitar con las olas y tal vez no podamos identificar el rumbo que señala. En nuestra vida también habrá momentos de tormentas y de confusión en los que sentiremos que Dios nos ha abandonado, o que nos olvidó y nos llevó en la dirección incorrecta. Esos son momentos en que tenemos que tener fe y paciencia, y recordar que la tormenta pasará, que las aguas se calmarán y que, cuando esto ocurra, la brújula va a seguir guiándonos.

Hay otra similitud entre una brújula y el Espíritu Santo: una brújula, al igual que el Espíritu Santo, nunca nos da demasiados detalles. No nos dice a qué distancia estamos, ni cuánto tiempo nos va tomar llegar a nuestro destino; no nos dice si habrá muchas tormentas que dificulten el recorrido. La brújula requiere que tengamos fe, paciencia, y esperanza. Y así es con el Espíritu de Dios tampoco nos dará muchos detalles, se limitará a indicar de manera muy general el rumbo a seguir.

¿Sienten ustedes el Espíritu de Dios cuando van a la iglesia?

¿Lo sienten cuando abrazan a algún ser querido o a algún amigo de la iglesia?

¿Lo sienten cuando ayudan al prójimo?

¿Lo sienten cuando cantan los himnos durante la adoración?

¿Lo sienten cuando la predicadora o el predicador dice algo que les toca el corazón?

¿Lo sienten cuando invocan a Dios en oración?

¿Lo sienten cuando leen palabras de fortaleza, de paz y de amor en la Biblia?

¿Lo están sintiendo ahora mismo?

Todas esas son manifestaciones del Espíritu de Dios; son maneras en que se revela en nuestro diario vivir. Mediante el Espíritu Santo, Dios nos ilumina, nos guía y nos inspira.

Como a buenos navegadores, el Espíritu Santo nos ayudará a lleguar a un puerto de aguas puras y tranquilas; allí amarraremos la barca; allí recibiremos el abrazo de Jesús; y allí viviremos junto a Dios en paz y felicidad.

Hugo Olaiz es editor asociado de recursos latinos/hispanos para Forward Movement, una agencia de la Iglesia Episcopal.