Día de Pentecostés (A) - 2017

June 4, 2017

Hemos tenido la dicha de celebrar la Pascua de Resurrección a lo largo de siete semanas. Nuestros corazones abrigan con gozo, los relatos de las apariciones del Señor Resucitado a sus seguidores y seguidoras y en cada encuentro con Él, también sentimos la presencia del Señor en medio de nosotros. Tal como lo hizo cuando “entró y, poniéndose en medio de los discípulos, los saludó diciendo: —¡Paz a ustedes!”, según se relata en el capítulo veinte del evangelio de Juan.

En compañía del Señor resucitado, no hay temor alguno en los discípulos y discípulas. Las marcas de sus heridas en las manos, en los pies y en el costado son señales contundentes de la victoria de Cristo sobre la muerte. Frente a Cristo Resucitado, el apóstol Pedro no tiene miedo y confirma su amor incondicional al Señor diciendo: “—Señor, tú lo sabes todo: tú sabes que te quiero”. Sin embargo, al momento de la Ascensión del Señor a los cielos, los discípulos preguntan a Jesús: “—Señor, ¿vas a restablecer en este momento el reino de Israel? Puesto de otra manera, le preguntan si arreglará los problemas del mundo de una sola vez. El Señor indica que corresponde al Padre, para determinar el momento de la llegada del reino. Jesús, antes de subir al cielo, les recuerda la promesa que les hizo anteriormente: “pero cuando el Espíritu Santo venga sobre ustedes, recibirán poder y saldrán a dar testimonio de mí, en Jerusalén, en toda la región de Judea y de Samaria, y hasta en las partes más lejanas de la tierra”.

La promesa de la llegada del Espíritu Santo carecía de claridad para los seguidores de Jesús. Después de la Ascensión volvieron a encerrarse por miedo a sus perseguidores. Oraban en silencio y hablaban del Señor únicamente entre ellos y ellas. El mensaje de Jesús era un secreto bien guardado entre unos cuantos, con riesgo de quedar en el olvido después de la muerte de aquellos hombres y mujeres que fueron testigos de la resurrección de Jesús.

En el capítulo 2 del libro de los Hechos de los Apóstoles se nos cuenta en detalle la venida del Espíritu Santo sobre las discípulas y discípulos del Señor. La primera lectura de este domingo relata que hubo “un gran ruido que venía del cielo, como de un viento fuerte que resonó en toda la casa donde ellos estaban.  Y se les aparecieron lenguas como de fuego que se repartieron, y sobre cada uno de ellos se asentó una.  Y todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu hacía que hablaran”.

El ruido, el viento fuerte y las lenguas de fuego más parecen señales de una catástrofe, que de una experiencia espiritual en las vidas de aquellas personas. Pero si lo vemos desde otra perspectiva, la venida del Espíritu Santo fue una alteración no solo del orden natural sino que también alteró la conciencia religiosa de los primeros cristianos. El Espíritu Santo prácticamente sacudió los cimientos de una religión anclada en tradiciones y reglas que mantenían sometidos al miedo a centenares de hombres y mujeres. Jesús ya había experimentado en carne propia el precio por haber iniciado esa transformación y fue llevado a la cruz por haber presentado la imagen de un Dios misericordioso y compasivo que recibe a todos y todas sin distinción.

La venida del Espíritu Santo es la manifestación de la acción transformadora de Dios. Se nos indica en la primera lectura que “vivían en Jerusalén judíos cumplidores de sus deberes religiosos, que habían venido de todas partes del mundo”. Año tras año, acudían los judíos piadosos y cumplidores de la ley de Moisés a celebrar la Festividad de los Primicias, una de las fiestas en las que acudían peregrinos de varias partes del mundo antiguo al templo a ofrecer los primeros frutos. Jerusalén se llenaba entonces de peregrinos que hablaban diferentes lenguas. La fiesta religiosa de Pentecostés transcurría sin ninguna novedad y se esperaba que a la puesta del sol, los festejos terminaran y los peregrinos regresaran a sus lugares de origen para continuar con sus vidas siendo fieles a los preceptos de su fe.

El ruido proveniente del aposento alto en el que se encontraban los seguidores de Jesús llamó la atención de los que pasaban y “no sabían qué pensar, porque cada uno oía a los creyentes hablar en su propia lengua”. Seguramente algunos de los que escucharon a los seguidores de Jesús hablando en diferentes lenguas, se quedaron para escuchar la predicación de Pedro y se convirtieron en nuevos discípulos de Cristo.

En varias de nuestras iglesias, cantaremos el canto “Siempre es Pentecostés”. Este canto entre sus estrofas tiene la siguiente:

“Cuando la fuerza, que estaba oculta, vence con su poder, nuestros temores, nuestro egoísmo, siempre es Pentecostés. Cuando aceptamos ser levadura y llama que quiere arder,nos vinculamos más a la iglesia porque es Pentecostés”.

La fiesta litúrgica de Pentecostés tiene lugar cincuenta días después de la Pascua. Cada congregación prepara una celebración muy colorida en la que se incluye el uso de varias lenguas en la Santa Eucaristía. Sin embargo, Pentecostés ocurre cada vez que tiene lugar una transformación en la vida de la comunidad de fe. Cuando la Iglesia Episcopal dio paso a la ordenación de mujeres vivimos un nuevo Pentecostés. Cuando nuestra iglesia optó por la inclusión total de las personas sin distinción de orientación sexual, tuvimos un nuevo Pentecostés.

Al igual que el primer Pentecostés, fueron notables el ruido, el viento y las lenguas de fuego. El ruido de los medios de comunicación, que asombrados se detenían para escuchar un nuevo mensaje de fe y esperanza para los marginados de las instituciones religiosas cumplidoras de la ley. Un viento fuerte que removió los cimientos de aquellos y aquellas que estaban acostumbrados a una práctica religiosa centrada en la pureza y la perfección de los ritos y costumbres. Las lenguas de fuego sobre cada uno nos recuerda que la iglesia como comunidad deber respetar la condición única de cada persona y valorar los dones y talentos que cada quien trae al seno de la iglesia.

En este Domingo de Pentecostés, cada congregación está llamada a ser una muestra de la diversidad racial y lingüística que se refleja en la sociedad en general. El mensaje de Cristo resucitado debe proclamarse a los hombres y mujeres de nuestro tiempo por todos los medios disponibles. En el primer Pentecostés, Jerusalén fue el punto de partida hacia una evangelización guiada por la fuerza y el poder del Espíritu Santo. En el siglo XXI cada miembro de la comunidad de fe es una llama encendida que sale al mundo para ser luz en las vidas de sus semejantes. Pidamos al Señor que derrame abundantes dones a los líderes de cada una de nuestras congregaciones con el fin de continuar con el anuncio que Cristo ha resucitado y que camina en medio de nosotros.