Vigilia Pascual (A) – 2011

April 23, 2011

Amados hermanos y hermanas, estamos reunidos en esta noche para celebrar la Pascua del Señor, su salto de la muerte a la vida. El sentido de esta vigilia es pasar una noche en vela y oración preparándonos para celebrar la solemnidad de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

La celebración anual de la muerte y resurrección de Cristo culmina en la Vigilia Pascual. Esta noche, según expresión de san Agustín, “es la madre de todas las vigilias. Noche en que los israelitas comían el cordero. En la vigilia pascual tenemos la exhortación del Señor a velar y orar, el cristiano vela porque en esta noche el Señor resucitó e inauguró para nosotros en su carne la vida en que no hay muerte. ¡Ha resucitado! Es lo que celebramos en esta noche. Y, la liturgia se vuelca en ello con toda la exuberancia de signos: fuego, luz, agua, palabra, cantos, flores, todo es vida. Todo proclama la resurrección de Jesús. Toda esta noche es un grito de fiesta” (Pimentel, Guadalupe, “Diccionario Litúrgico, 5th Ed., Ediciones paulinas, México, 1989).

Todo el año litúrgico y eclesiástico gira alrededor de la Vigilia Pascual. Todos los bautismos y eucaristías que celebramos durante el año son como una repetición de lo celebrado en esta liturgia. Con esta Vigilia se inaugura el tiempo pascual. Retorna el gloria y el aleluya, que se habían suprimido durante la cuaresma.

En el Nuevo Testamento no encontramos ninguna referencia a la celebración de la Vigilia Pascual, sin embargo, en la costumbre y práctica de la iglesia primitiva se realizaba esta liturgia. Según el testimonio de la Didajé, o Tradición Apostólica, todos los bautismos tenían lugar en la Vigilia Pascual. Pero cuando la iglesia comenzó a bautizar a los niños, al poco tiempo de nacer, la Vigilia Pascual dejó de ser el día principal para los bautismos, los ritos de este día se acortaron y la ceremonia empezó a celebrarse los sábados por la tarde.

El Libro de Oración Común de 1549 tampoco ofreció una liturgia especial para la Vigilia Pascual, los temas asociados al bautismo se incluyeron en el día de Pascua. El actual Libro de Oración Común de 1979, recobra toda la liturgia de la Vigilia Pascual con sus cuatro partes principales: Liturgia de la luz, Liturgia de la palabra, Liturgia bautismal y la santa Eucaristía con la administración de la comunión pascual. La gran Vigilia es el primer rito del día de pascua; donde se observe debe comenzar entrada la noche del sábado y terminar antes del amanecer del día de Pascua con el propósito de resaltar el simbolismo de la luz. En esta liturgia la Iglesia nos propone una serie de lecturas de la palabra de Dios del Antiguo, y Nuevo Testamento, a través de las cuales contemplamos las maravillas y portentos que nuestro Dios ha realizado desde el principio de la creación con su pueblo. Dios fue haciendo una historia de salvación con el pueblo de Israel, una historia llena de amor y misericordia. Esta historia es sellada con la venida de Jesucristo el Hijo de Dios para salvar a todos los hombres de la esclavitud del pecado. Por medio de la palabra de Dios descubrimos que el Dios creador es un Dios salvador y liberador.

La celebración de esta Vigilia Pascual tiene un trasfondo vetero testamentario, hace referencia, en cierto sentido, a la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto. La Pascua es el paso de Dios que pasó de largo, saltó las casas de los hijos de Israel, mientras hería a los primogénitos de Egipto. También la Pascua se conocía como la fiesta de los panes sin levadura, donde se sacrificaba el cordero pascual (Levítico 23:4-8, Deuteronomio 16:1-8).

Antes de ordenar la matanza de todos los primogenititos de Egipto, Dios había pedido a los judíos sacrificar un cordero y poner un poco de su sangre en las puertas de sus casas para que cuando el ángel exterminador pasara y viera aquella sangre, siguiera de largo sin dañar a los hijos de Israel (Éxodo 12: 1-14, 21-30).

Hoy nosotros no celebramos la Pascua judía con sus diferentes elementos, si no las Pascua cristiana donde el cordero es Cristo, que se ha sacrificado por nosotros y por su sangre derramada por amor ha cancelado la antigua condena de el pecado. En la última parte de esta Vigilia, o sea, la Eucaristía, vivimos el triunfo de Cristo. “Celebrando la Pascua participamos realmente del paso del Señor, y así tenemos vida de novedad, de recreación, de paso, de resurrección, de iluminación. Porque la Pascua provoca en el cristiano una transformación que llamamos gracia y que es participación de la pascua de Cristo. La liturgia consiste fundamentalmente en la actualización de la salvación realizada por Cristo. Y como esta salvación es pascua, es claro que la liturgia es la actualización de la pascua por medio de la Eucaristía” (Pimentel Guadalupe op. cit. p.154).

En la liturgia de esta noche el Señor pasa y se hace pasar, pero este misterio del Señor no es algo del pasado, hoy el Señor sigue pasando y manifestándose en nosotros dándonos su gracia y su fuerza para salir de la muerte a la vida, del odio a la amor, de la esclavitud a la libertad y del desaliento a la esperanza.

La Pascua nos trae la victoria y el triunfo. Nuestra liturgia expresa la vida, pero por la fuerza del misterio pascual que celebra, debe ser una fuerza transformadora que purifique e impulse nuestras vidas de acuerdo al proyecto de Dios. En la carta a los Corintios el apóstol san Pablo nos instruye en la forma cómo hemos de celebrar la Pascua. “Echen fuera esa vieja levadura que los corrompe, para que sean como el pan hecho de masa nuevo. Ustedes son en realidad como el pan sin levadura que se come en los días de la Pascua. Porque Cristo, que es el cordero de nuestra Pascua, fue muerto en sacrificio por nosotros. A sí que debemos celebrar nuestra Pascua con el pan sin levadura que es la sinceridad y la verdad, y no con la vieja levadura ni la corrupción de la maldad y la perversidad (1 Corintios 5:7-8).

Amados hermanos, al igual que Israel, que al salir de esclavitud contó y cantó la misericordia y el poder de Dios que vino a salvarlos de sus enemigos, cantemos hoy y alegrémonos al celebrar la victoria de nuestro Rey y repitamos las palabras del pregón o exsultet:

¡Cuán admirable e inestimable, oh Dios, es tu misericordia y bondad con nosotros, que para redimir a un esclavo entregaste a un Hijo!

¡Cuán santa es esta noche, en que pone en fuga la maldad, y se lava el pecado. A los caídos restituye la inocencia, y la alegría a los dolientes. Expulsa al orgullo y al odio y trae paz y concordia!

¡Cuán bendita es esta noche, en que se une la tierra y el cielo y el hombre con Dios se reconcilia. Esta es la noche cuando Cristo rompió las cadenas de la muerte y del infierno, y desde el sepulcro resucito victorioso! ¡Aleluya! ¡Aleluya!

 
 
 
 
 
 
 

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