Viernes Santo – 2012

April 6, 2012

El silencio y la solemnidad son las notas características del Viernes Santo, las cuales dan realce a este gran misterio que nos sobrecoge al contemplar en la cruz a quien dedicó su vida a enseñar cómo vivir el amor, la fraternidad, la justicia y el servicio al más necesitado.

Las comunidades cristianas primitivas muy pronto encontraron en el Antiguo Testamento expresiones e imágenes que les sirvieron para intentar explicarse el acontecimiento vivido aquel viernes -víspera de pascua- en Jerusalén: el juicio y la condena a muerte de su Maestro. Una de esas imágenes es, precisamente, la que nos presenta hoy el profeta Isaías, el “siervo doliente”, ese personaje extraño que carga sobre sí las culpas de su pueblo y que se somete pacíficamente a la humillación y la afrenta como si quisiera remediar con su dolor las desviaciones de su pueblo. No tenemos claro a quién se refería el profeta, lo cierto es que los cristianos vieron en este pasaje la prefiguración del sufriente Jesús.

Por su parte, el autor de la Carta a los Hebreos hace una lectura muy profunda de lo acontecido con Jesús; para él, Jesús ha sido erigido como Sumo Sacerdote perfecto y eterno gracias a su obediencia. Lo cual se convierte en llamado para todo cristiano; al estilo del Maestro, todos estamos llamados a vivir la obediencia al Padre.

Pero tratemos, con la ayuda del Espíritu, de ahondar un poco más sobre los distintos momentos que nos presenta el relato de la Pasión según san Juan que acabamos de escuchar. Tengamos en cuenta que una de las intenciones teológicas de este Evangelio es presentar cómo Jesús va alcanzando su glorificación de una manera progresiva; esto es, a lo largo de todo su ministerio público. En este sentido, el relato de la Pasión es como una condensación de imágenes donde el evangelista va mostrando en cada una de ellas el ascenso majestuoso de Jesús a su gloria. Por eso, en ningún momento se ve a Jesús derrotado o acobardado ante sus adversarios, ni siquiera en el momento definitivo de la cruz. Al contrario, es ahí donde brilla con más fuerza su señorío universal. Veamos, entonces, en cada uno de esos momentos cómo se confirma lo que acabamos de decir.

El prendimiento. Los cuatro evangelistas coinciden en que al momento del prendimiento, Jesús se encuentra en el Huerto de los Olivos, un plácido lugar que se halla muy cerca de Jerusalén. Y también coinciden en que Jesús se dirigió a aquel lugar después de haber compartido por última vez la mesa con sus seguidores. Juan no nos describe tan detalladamente, como lo hacen los sinópticos, estos últimos momentos en el huerto, pero nos presenta un detalle que no encontramos en los demás evangelios: cuando llega la guardia del templo para apresarlo, Jesús les sale al encuentro, sabe que no es ningún delincuente y por tanto no tiene que huir, sabe también que a partir de este momento su vida está en las manos de quienes lo buscan y de quienes le juzgarán; pero, no obstante, les da la cara. “¿A quién buscan?”, interroga Jesús. “A Jesús de Nazaret”, responden los guardias. Y aquí está el detalle casi desapercibido pero de una enorme profundidad teológica: “YO SOY”, responde Jesús. Nos cuenta Juan que al escuchar esta expresión, los guardias retroceden y caen por tierra.

En el Antiguo Testamento la expresión “Yo soy”, es como el distintivo de la identidad de Dios. “Yo soy” es quien le habla a Moisés en la zarza que arde, “Yo soy” es quien enfrenta al faraón y lo vence finalmente logrando así la libertad para los esclavos; “Yo soy” es quien los acompaña en forma de columna de fuego en la noche durante la travesía del Mar Rojo, y en forma de nube a través del desierto; en definitiva, “Yo soy” es el Dios de la justicia, el que da la vida, la libertad y espera que sus hijos e hijas vivan tal cual ese mismo designio. En Jesús “Yo soy” está presente. De ahí su majestuosidad en el momento del prendimiento y de ahí el terror que invade a los guardias y los hace caer por tierra. En este momento, Jesús no recibe órdenes; es él quien las imparte: “Si me buscan a mí, dejen ir a estos…” (Juan 18:8).

El juicio. También en la doble escena del juicio, ante el sumo sacerdote y ante Pilato, es Jesús quien domina la situación. En calidad de hombre profundamente compenetrado con su pueblo y comprometido hasta el final con la causa del empobrecido y con el proyecto de amor y de justicia de su Padre, Jesús ha venido entregando su vida poco a poco, en su diario vivir. El sumo sacerdote lo interroga sobre sus discípulos y su enseñanza; Jesús no se deshace en respuestas que justifiquen su actuar: “Yo he hablado públicamente al mundo; siempre enseñé en sinagogas o en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada en secreto. ¿Por qué me interrogas? Interroga a los que me han oído hablar, que ellos saben lo que les enseñé” (Juan 18:20-21). El reo, que se supone, está por debajo del juez, se eleva en realidad por encima de él; Jesús hace ver su propia grandeza fundada no en el autoritarismo, sino en la autoridad que viene de su radical compromiso con el prójimo y con Dios. La bofetada del guardia es el símbolo de la irracionalidad y la represión ejercidas por los representantes del templo y, en definitiva, por quienes se creen dueños de la vida y destino de los demás.

Ante Pilato, Jesús mantiene su grandeza, señorío y control de la situación; el funcionario romano tambalea y, a toda costa, busca que los acusadores se encarguen de él. Con desgano interroga a Jesús; pero, Jesús no se molesta en contestar. Pilato le recuerda quién es la autoridad, a lo cual Jesús responde con palabras que dejan al descubierto la tremenda flaqueza de la autoridad del funcionario. Con todo, Pilato tiene que proceder; mas lo hace a sabiendas de que no hay motivo para condenarlo.

La condena a muerte. En su condena a muerte, Jesús mantiene la misma actitud majestuosa; aunque de manera burlesca ha sido reconocido como rey, en realidad lo es, y su realeza va tomando la forma correcta respecto a lo que desde el Antiguo Testamento se esperaba del rey: que defendiera a su pueblo, que asumiera como propia la causa del oprimido. Esas características nunca las pudo encarnar rey alguno, por eso, quedaron como actitudes únicas y propias de Yahvé; pues bien, aquí Jesús está encarnando esas expectativas; y lo hace con plena conciencia de que entrega su propia vida por la vida de quienes están sometidos a la tiranía del poder político, religioso y económico. En esta escena no hay ninguna palabra de Jesús. Sin perder nada de su grandeza, toma su cruz y camina silencioso al patíbulo. Quienes podrían decir algo, sencillamente le han dado la espalda; en la hora definitiva, Jesús está solo; pero eso sí, absolutamente convencido de que es uno con su Padre.

La crucifixión. Para la mentalidad judía, y en especial para quienes condenaron a Jesús a morir crucificado, la crucifixión era signo de escarnio, humillación y maldición. Muy probablemente los mismos seguidores de Jesús también percibieron así las cosas; la prueba es que todos huyeron, con excepción de su madre, otras mujeres y un discípulo que lo acompañaron hasta el final. Sin embargo, poco a poco se fue entendiendo que fue precisamente en la cruz donde Jesús le dio culmen y sentido a su vida; a él no le fue arrebata su vida; él la entregó, y la entregó por amor, por su opción personal y radical de servicio al reino del Padre. Con su muerte, la muerte y la vida han adquirido un nuevo sentido; su muerte es vida para el hombre y la mujer de todos los tiempos.

En el silencio del calvario, dejemos que este misterio nos envuelva. Pidamos al Padre que nos haga verdaderos hijos como Jesús: en la obediencia, en la entrega, en el don de nuestra propia vida.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema