Viernes Santo – 2010

April 2, 2010

Nos congregamos en segundo día del Triduo Pascual para meditar como comunidad de creyentes sobre el misterio de la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo; pidamos al Padre la luz de su Espíritu para adentrarnos convenientemente en el misterio de la pasión de su hijo y para que obtengamos la gracia de amar sin medida como Jesús, donarnos a quienes nos necesitan en el diario vivir y servir sin límites, como el mismo Jesús nos enseña.

Dejémonos iluminar por la Palabra que nos presenta la liturgia de hoy; renovemos nuestra fe y hagamos con más conciencia que nunca la Oración Universal a la que nos invita hoy la Iglesia para que sintiéndonos hermanos, nos esforcemos más en la construcción del reino del Padre por el cual Jesús entrega su vida.

Nos presenta hoy la liturgia el conocido pasaje de Isaías donde describe los sufrimientos del siervo de Yahweh, sufrimientos causados sin ninguna justificación, pues el profeta presenta al siervo como alguien completamente comprometido con la causa de Dios, y sin embargo, es maltratado y perseguido como a un malhechor.

Hasta el presente no ha sido posible establecer con exactitud a quién encarna este siervo que, aunque rechazado por los hombres, es exaltado por Dios. Sólo es posible afirmar que muy rápidamente los primeros cristianos vieron en él a Jesús de Nazaret que, aunque pasó haciendo el bien, atrajo sobre sí el odio y el rechazo que lo llevaron a la muerte injusta, pero que finalmente es exaltado por Dios.

Complementa la primera lectura el salmo 22, según la tradición evangélica, proclamado por el mismo Jesús en la cruz. Este salmo comienza con un desgarrador lamento: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Lamentación que se prolonga hasta el v. 22 y donde va describiendo la situación de total ausencia de Dios que vive el salmista y cómo se va consumiendo poco a poco física y emocionalmente ante la aparente indiferencia de Dios, lo cual da pie a los impíos para mofarse y burlarse de él, haciendo caer por tierra prácticamente la fe y la confianza en un Dios que supuestamente premia a los justos y castiga a los malvados.

La tradición de las comunidades primitivas, vieron también en el Crucificado a aquel salmista acorralado y abandonado de Dios y puso en sus labios este impresionante lamento. Sin embargo, el salmo va más allá de la sola lamentación; después de la exteriorización de su sentimiento de abandono y muerte, el salmista empieza a entrever la luz de la presencia divina, jamás ausente. El tono cambia, entonces, completamente y es como si una intervención súbita de Dios le hubiera devuelto la vida, y empieza a dar gracias y a bendecir al Dios de la vida para terminar finalmente con un himno de exaltación a Dios rey universal.

No cabe duda que si Jesús entonó este salmo en la cruz, momentos antes de su muerte, no se quedó en la sola lamentación; con toda seguridad, lo hizo reconociendo que a pesar del aparente abandono e indiferencia por parte de Dios, estaba ahí presente con su hijo, y muy seguramente también concluyó Jesús el salmo con ese reconocimiento agradecido porque en cada instante de su vida, y más especialmente en su pasión, su Padre no lo había abandonado, no podía abandonarlo por más que quienes lo veían podían creer lo contrario y mofarse de él.

Desafortunadamente, la generalidad de la tradición cristiana se quedó sólo con la primera frase del salmo y por siglos se ha creído que eso fue lo único que exclamó Jesús en la cruz. No tenemos pruebas para afirmar que Jesús haya proclamado el salmo completo; pero, por sentido común, porque sabemos la calidad de fe y convicción de Jesús y porque para un judío devoto como Jesús era lógico entonar completas las plegarias, por eso podemos afirmar con toda tranquilidad que aún en la cruz, Jesús tenía motivos suficientes para pasar del lamento al gozo, del sentimiento natural de miedo a la alabanza agradecida al Padre que jamás lo había abandonado.

También hoy nosotros somos testigos de la injusticia y dolor que padecen miles y miles de hermanos nuestros; quizás muchos de los que estamos esta tarde aquí reunidos hemos sufrido o estamos sufriendo alguna clase de injusticia; quizás quienes causan dolor y muerte crean que no hay un Dios que acompaña al más débil; quizás alguna vez nosotros hayamos experimentado esa ausencia de Dios y también como el salmista nos sintamos abandonados; pues no tengamos miedo en gritar como el salmista y como Jesús “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” Sin embargo, no nos quedemos ahí; abramos los ojos y descubramos que realmente Dios está a nuestro lado, qué él jamás nos ha dejado solos, que ciertamente nos ha dado todo lo que necesitamos para enfrentar las duras situaciones de la vida, que nos ama y quiere que luchemos juntos como hermanos contra todo lo que se opone a su plan de justicia y de paz.

Por su parte, el relato de la pasión de Jesús de san Juan, nos muestra dos facetas de una misma realidad: de un lado el triunfo de los poderosos que se aliaron para matar a Jesús; y de otro lado, el plan del Padre personificado en su hijo que tiene que “beber este cáliz” como paso indispensable para alcanzar la glorificación.

En efecto, el juicio y condena a muerte de Jesús es el gran logro de la unión de varias fuerzas malévolas que se confabularon para acabar con el justo: los sumos sacerdotes del templo vieron en Jesús un grave peligro, el pueblo estaba a punto de descubrir que la maquinaria del templo era una de las causas del empobrecimiento, la ignorancia y el abandono en que vivían. Los fariseos querían mantener vigente la tiranía siempre creciente de la ley poniéndola por encima del mismo ser humano. Guardaban resentimientos contra Jesús porque no perdía ninguna ocasión para cuestionar y condenar el legalismo que ciertamente deshumanizaba cada vez más a las personas en lugar humanizarlas y ponerlas más en línea con el plan amoroso de Dios que no exige un cumplimiento vacío de la ley, sino la práctica del amor y la misericordia hacia los otros. Los saduceos, ricos terratenientes y dueños del comercio, tampoco se hallaban muy cómodos con Jesús y su mensaje pues atentaba directamente contra sus intereses y sus creencias. Los zelotas, deseosos de zafarse del dominio extranjero, habían tal vez esperado que Jesús interviniera más activamente a su favor para atacar las guarniciones romanas acantonadas en Palestina, pero visto que Jesús no demostró ninguna inclinación por la lucha armada, prefirieron no solamente abandonarlo, sino que a través de uno de sus activistas -Judas- decidieron entregarlo a las autoridades del templo. Finalmente, el poder político imperial encarnado en Poncio Pilato termina por aceptar, sin saberlo, la idea de Caifás que venía madurando de tiempo atrás: era mejor que un solo hombre muriera por el pueblo y no que todo el pueblo muriera a causa de un solo hombre.

La cruz que esta tarde tenemos al frente, con Jesús clavado en ella, es entonces, la síntesis de dos grandes fuerzas: la fuerza de los grupos que acabamos de describir unidos por primera vez para sumar juntos el odio, la envida, el rencor, la intolerancia; ahí está todo eso representado en el arresto, el juicio, la condena y la muerte en cruz.

Pero también la cruz y el crucificado representan la otra gran fuerza: la fuerza de la fidelidad al proyecto de justicia estipulado por Dios desde los inicios mismos de la creación; la fuerza de la entrega generosa, decidida y libre a la instauración del reinado único y exclusivo de Dios; la fuerza de la convicción más profunda de que no le habían arrebatado la vida, sino que él la entregaba libremente; la fuerza de un sueño: ver a todos unidos como él y el Padre en un solo ideal, en una sola causa: la fraternidad y la igualdad.

Jesús en la cruz, es el gran desafío a nuestra vocación humana; que ninguna dificultad, que ningún obstáculo nos amedrente ni nos haga renunciar a nuestro compromiso como seguidores suyos de luchar y entregar todas nuestras energías por lograr instaurar entre nosotros el reinado de Dios, reino que es de paz, de justicia, de amor. En ese sentido, nuestra celebración de este viernes santo no puede tener el menor asomo de tristeza o de funeral; dejémonos invadir por el gozo de saber que Jesús ha vencido en la cruz a todos los enemigos del plan de Dios, que en la cruz quedó al descubierto hasta dónde es capaz de llegar el odio y el egoísmo, pero también es la fuente de donde brota la fortaleza y la esperanza para los que queremos y soñamos con un mundo cada vez mejor.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema