Propio 5 (C) – 2013

June 9, 2013

En la mañana del año nuevo de 1994 en la ciudad de San Cristóbal de las Casas en Chiapas México, un acontecimiento sin precedentes despertó a toda la población. Un grupo de indígenas se levantó en contra del gobierno mexicano, tomando por sorpresa a los puestos militares de esa ciudad, los puestos de la policía local y la cárcel del lugar en donde todos los presos fueron liberados. Esta fue la forma en la que se inició un largo tiempo de angustia, de persecuciones y de presencia militar en las montañas de los alrededores de San Cristóbal de las Casas.

Los autores de esta revuelta eran miembros de las comunidades indígenas que se encontraban entre los más olvidados y empobrecidos de tal manera que se sentían muertos ya en vida y decidieron hacer esta revuelta arriesgando sus vidas sabiendo que si no hacían algo morirían. Sus peticiones eran necesidades básicas que deberían ser cubiertas por el gobierno mexicano.

La revuelta militar afortunadamente solo duró unos días dando paso a las negociaciones entre las partes lo cual se prolongó por varios años. Durante todo este tiempo la comunidad internacional se interesó en el asunto trayendo a mucha gente de diferentes países a Chiapas quienes por su presencia en el área se convirtieron en testigos de protección para los indígenas. Después de varios años, la mayoría de las peticiones fueron cumplidas dando una nueva oportunidad a toda esa gente que se sentía morir. La prensa lo puso de esta manera: “Las comunidades indígenas de Chiapas han resucitado”. Sin duda esta es una historia de resurrección aún a pesar de que siguen existiendo muchas necesidades.

La palabra resurrección se usó en esos momentos como una nueva oportunidad para las comunidades indígenas que se encontraban sin esperanza. Y se ha usado de muchas maneras en diferentes ocasiones para expresarnos algo de mayor importancia, una nueva oportunidad, un nuevo empiezo.

Hoy, en la lectura del evangelio, nos encontramos con una historia de resurrección, de las que hay solo contadas narraciones en el Antiguo Testamento y algunas más en el Nuevo Testamento. Estas tienen el objetivo de presentarnos al personaje que realiza el signo. Lucas, el autor de este evangelio, realiza un paralelo entre la viuda que pierde a su hijo de este texto de hoy, con una narración del Antiguo Testamento (1 Reyes 17: 17-24 que es la primera lectura extendida del día de hoy) en donde se realiza la resurrección del hijo de la viuda por el profeta Elías. Al final de la narración ya que su hijo ha resucitado, la viuda exclama: “¡Ahora sé que tú eres un hombre de Dios y cuando tú dices la Palabra de Dios, es verdad!” (v.24). La narración contada, de la resurrección del hijo de la viuda, tiene sentido solo para presentarnos al profeta como el hombre de Dios. En el evangelio sucede lo mismo, Lucas nos presenta esta narración similar en donde el hijo de la viuda es resucitado ahora por Jesús, solo para poder enmarcar estas palabras: “Es un gran profeta el que nos ha llegado. Dios ha visitado a su pueblo” (Mateo 7:16). De esta manera en varias ocasiones se hablará de Jesús como del nuevo Elías. En ambos textos, se trata de la presentación del profeta como signo de la acción de Dios en medio de la gente.

Lucas tiene la característica de que escribe su evangelio tratando de que sea escuchado por los sectores más pobres y despojados del pueblo de Israel. Esta gente se encuentra buscando una nueva esperanza y Lucas trata de hacerles ver que esa nueva esperanza se encuentra en Jesús cuyo mensaje es para todos. Entre los discriminados encontramos a la mujer y es Lucas el que tendrá más narraciones incluyendo a mujeres como personajes centrales.

Pongamos pues atención a nuestro personaje de hoy, es una mujer; viuda y se encuentra en medio del dolor de haber perdido a su hijo. En el contexto de ese tiempo, ser mujer viuda, significaba estar desprotegida y quizás empobrecida (nótese el eco de las palabras de la viuda del Antiguo Testamento: “No tengo nada cocido, solo un poco de harina y un poco de aceite…para mi y mi hijo, lo comeremos y luego vendrá la muerte” (1 Reyes 17: 12). Es en este contexto de desolación y despojo donde se puede encontrar una nueva esperanza en Jesús. Para Lucas es importante que la gente, como esta viuda, sepa que ha llagado la presencia de Dios y que Dios tiene compasión de su pueblo. La cercanía de Jesús causa nueva vida, él es el profeta de Dios.

Lucas nos presenta a Jesús como el que tiene ojos para ver las necesidades de la gente y tiene el corazón para identificarse con el sufrimiento de los más pobres. El dolor humano no es invisible para quien viene en el nombre de Dios. El texto remarca que “sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre que era viuda” ella ha perdido lo más querido y único que tenia, lo ha perdido todo. Ante este dolor el personaje, que es la viuda, se encuentra en la cumbre de la desolación. Pero Jesús tiene ojos para ver; esa situación no pasa desapercibida. Y al ver se compadeció (v.13).

Lucas está gritando a voces llenas en este texto que Jesús es el hombre de Dios y tiene ojos que prestan atención a los que están más abajo, y es Jesús, el que, con el corazón compasivo, es capaz de tocar y transformar la realidad en una nueva vida. Jesús nos presenta una nueva oportunidad. Jesús toca el féretro y levanta al muchacho entregándoselo a su madre (v.15), es como si le estuviera diciendo: tienes un nuevo empiezo y tu desolación tiene fin. Jesús toca… su cercanía es tal que ha entrado en el corazón de la necesidad, se encuentra en el centro de la escena y su acción es restablecedora, hay una nueva esperanza aún ahí donde se veía como muerte.

Así como en la historia inicial, la gente de Chiapas encontró resurrección; así también la viuda ha encontrado un nuevo empiezo con el restablecimiento de su hijo. Hoy para nosotros en las situaciones de más desolación y empobrecimiento, situaciones que parecen de muerte se nos hace ver que en la presencia del “hombre de Dios, Jesús” tenemos una nueva esperanza. En Jesús descubrimos que Dios ve nuestra necesidad y no es indiferente a ella. Dios es compasivo y siente en su corazón nuestra desolación, pero nos toca y entra en nuestra realidad. Y es en nuestra situación actual donde descubrimos diferentes formas en las que Dios se hace cercano a nosotros invitándonos a un nuevo empiezo, invitándonos a renovar nuestra esperanza.

No esperemos ser resucitados físicamente para sentirnos diferentes, no se trata de eso. Es en Jesús y su mensaje donde encontramos esa fuerza interior que puede cambiar nuestra realidad. Y nuestra resurrección hoy significa vivir con esperanza y dar testimonio de esa esperanza. En Jesús, que nos ve con compasión, es donde podemos ser lo mejor de lo que estamos llamados a ser y entonces sentirnos, en un nuevo comienzo, una nueva posibilidad como si hubiéramos vuelto a la vida.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema