Propio 25 (C) - 2013

October 27, 2013

Amados hermanos y hermanas, al llegar a este vigésimo quinto domingo del tiempo propio, alabemos a Dios, Padre-Madre que  nos ha dado en su Hijo Jesucristo el don inmerecido de ser sus hijos e hijas; que en este nuevo encuentro de la congregación nuestras mentes y nuestros corazones logren esa necesaria sintonía entre sí y con la fuente inagotable de vida: Dios, que a través de su Palabra y con la fuerza del Espíritu nos convoca para hablarnos, para ablandar nuestro corazón, para calmar nuestros ánimos y, en definitiva, para hacernos personas nuevas. Por eso, es importante que nos soseguemos; dejemos que la marea de pensamientos, preocupaciones, tensiones, se aquieten para poder entrar en este ámbito de escucha del mensaje que nos trae hoy la liturgia.

Escuchamos hoy en la primera lectura dos fragmentos de una hermosa oración del profeta Jeremías que tiene como telón de fondo el riesgo inminente de la invasión de los babilonios al territorio israelita. Por encima de toda consideración política, tanto el profeta Jeremías como los demás profetas de antes del exilio, perciben este acontecimiento como un castigo de Dios debido a las múltiples infidelidades del pueblo y a sus numerosos pecados. Era así la manera de entender la dinámica de Dios respecto al comportamiento humano: al buen comportamiento, a la rectitud, al reconocimiento del único señorío de Dios, correspondía la prosperidad y el bienestar del pueblo; y, al contrario, a los malos comportamientos, al descuido en la práctica de la rectitud y la justicia, correspondía una serie de maldiciones y castigos que el pueblo sabía descubrir en cosas tan naturales como una sequía, una plaga que acababa con las cosechas, una peste, una invasión de un pueblo extranjero… Es lo que se denomina la “ley de la retribución”.

Pero bien, lo importante es que hay quien se preocupa por el pueblo, hay quien le llama la atención para que enderece su camino. El profeta está convencido y confía en que si el pueblo se arrepiente, tal vez la suerte de Israel cambie. El mensaje se puede aplicar también hoy para nosotros; si bien, estamos llamados a la conversión, no es tanto para que los asuntos políticos y económicos cambien, sino para que nuestra vida sea realmente más humana, más fraterna, más cercana al querer de Dios.

En línea semejante a la oración del profeta, escuchamos también hoy en el Evangelio una hermosa parábola que a simple vista nos deja atónitos. No deja uno de sentir un poco de repulsión al ver la arrogancia y soberbia con que el fariseo se dirige a Dios: “Oh Dios, te doy gracias porque no soy como el resto de los hombres, ladrones, injustos, adúlteros, o como ese recaudador de impuestos. Ayuno dos veces por semana y doy la décima parte de cuanto poseo”. Más que oración, es una ¡cuenta de cobro lo que este hombre le está pasando a Dios! Directamente le está recordando a Dios lo bueno que es para que Dios actúe de conformidad llenándolo de bendiciones.

Como hemos visto quizás meditando sobre otras parábolas, recordemos que cada uno de estos bellos relatos que Jesús se va ingeniando, hay siempre una denuncia y un anuncio. La denuncia que está haciendo aquí Jesús es suficientemente clara: el legalismo practicado por los fariseos y doctores de la Ley los ha llevado a tal extremo que les ha hecho creer que en verdad son mejores que todos los hombres, que no tienen nada de qué arrepentirse y, por tanto no tienen nada qué pedir.

En la cotidianidad de su ministerio público, Jesús tuvo que lidiar constantemente con esta mentalidad y hasta sufrir señalamientos, acusaciones, juicio y condena a muerte. Eso fue lo que llevó a Jesús a la cruz, el legalismo, una religión fanatizada que se creía dueña de la verdad absoluta y, por tanto, capacitada para decidir sobre la vida o la muerte de los demás. A eso nos lleva la absolutización de ciertos mandatos o de ciertas normas cuando se nos olvida que una ley, una norma, unos cánones, son simplemente medios -no fines- para ayudarnos a vivir en la mejor armonía con los otros.

El otro aspecto de la parábola, el anuncio que quiere hacer Jesús, queda también suficientemente ilustrado con la actitud del cobrador de impuestos. En la mentalidad de los contemporáneos de Jesús, el cobrador de impuestos era alguien tremendamente despreciable, pecador, impuro, indigno siquiera de entrar al templo. Un piadoso judío no concebía siquiera entrar en casa de un cobrador de impuestos, incurriría en ¡impureza legal!

Pues bien, es justamente el cobrador de impuestos, la figura que emplea Jesús para ilustrar la actitud con que debemos dirigirnos a Dios: no importa qué tan empecatados estemos, lo que importa es el sentimiento sincero de que hay algo que nos impide esa comunión armoniosa con Dios y con nuestros semejantes y que en su presencia es necesario reconocerlo. En contraste con la actitud soberbia del fariseo, Jesús muestra otra imagen del publicano: “… ni siquiera alzaba los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: Oh Dios, ten piedad de este pecador”.  Y nos dice Jesús que en efecto,  “éste volvió a casa absuelto y el otro no”.

Era lógico; al fariseo no se le ocurre que delante de Dios todos somos pecadores, que cuando reconocemos su inmenso amor, bondad y misericordia, quedan al descubierto nuestras miserias, nuestras infidelidades, nuestras grandes fallas. Eso es lo que un legalista no puede reconocer. Como dijimos, el legalismo ha perdido el horizonte, se le ha olvidado, que las normas son meras ayudas, simples instrumentos para apoyarnos en nuestro camino de crecimiento. El legalista se cree en el derecho entonces, de exigir ya su paga, la recompensa por ser tan bueno. ¡Terrible! El legalismo ni sospecha siquiera que Dios es la fuente misma  del amor, la bondad, la misericordia; Dios para él es un simple capataz, un juez implacable que hay que tener contento a base del frío cumplimiento de unas normas.

A la luz de esta enseñanza de Jesús, examinemos nuestra vida de fe, nuestra relación con Dios y con nuestros hermanos. Pensemos en esas relaciones familiares, cuántas veces por orgullo, por soberbia, nos resistimos a reconocer nuestras fallas quizás porque nos sentimos mejor que nuestra esposa o esposo, o porque no queremos que nuestros hijos descubran que también uno como padre o madre tiene debilidades. Uno comienza a ser verdaderamente grande y objeto de respeto, justamente cuando reconoce con humildad y sencillez sus debilidades, así sea delante de los niños; es quizás la lección de vida que jamás ellos van a olvidar.

Pensemos también en la calidad de nuestras relaciones con los hermanos y hermanas de nuestra congregación: cuántas veces miramos con desdén a quienes por alguna causa consideramos que son inferiores a nosotros; cuántas veces nos creemos mejor que este o aquel hermano porque no asiste con la regularidad con que yo asisto al templo; porque no se le ve externamente interés en la oración o en las prácticas piadosas. ¡Cuidado  no estemos cayendo en la actitud del fariseo! Cuando nos asalte un pensamiento como este, pensemos que nada de lo que hacemos atrae más gracia de la que la que ya nos ha sido donada por Dios por puro amor, y que los otros, como yo, son también sujetos del amor del Padre aunque no se les vea hacer las mismas cosas que yo hago.

Finalmente, pensemos en la calidad de nuestra relación con Dios; cómo oramos, cómo nos sentimos delante de Dios; ¿es nuestra oración un reclamo a Dios para que compense nuestras buenas obras? ¿Le exigimos que cambie nuestra suerte o nuestra situación simplemente porque cumplimos con lo que está mandado? Cuando no sintamos que delante de Dios se experimenta más fuertemente nuestra limitación humana, que nuestras fallas y culpas vienen a nuestra mente y que nuestra actitud debe ser de humildad, cuando no sintamos esto, entonces estamos cayendo en la actitud orgullosa y soberbia del fariseo.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema