Propio 19 (C) - 2013

September 15, 2013

Vamos a centrar nuestra reflexión en la lectura del evangelio de san Lucas.

El evangelio de san Lucas es uno de los más bellos entre los sinópticos porque nos muestra la misericordia divina de una manera palpable. Es el evangelio que nos ofrece dos inmortales parábolas, la del Buen Samaritano y la del Hijo Pródigo. Con solo estas parábolas san Lucas ya se hubiera inmortalizado como transmisor y revelador de lo más esencial del cristianismo: el amor de Dios Padre-Madre y el amor al prójimo.

La lectura de hoy nos ofrece dos pequeñas parábolas que son como la introducción a la bellísima del Hijo Pródigo. Ya desde el inicio de la lectura se presenta un escenario lleno de tensión: por un lado los pecadores que escuchan a Jesús y por otro los fariseos y doctores que en vez de escuchar murmuran y condenan a Jesús.

Jesús y los fariseos representan dos posturas que se han mantenido firmes durante toda la historia del cristianismo. La postura de Jesús defensor del amor, la compasión y la misericordia. La postura de los fariseos aferrados a la ley, al legalismo y a la intransigencia.

El legalismo concede a la práctica de la ley un valor absoluto. La ley adquiere importancia de primer orden y no hay excepciones. Con ello se excluye la posibilidad de una comprensión, de un entendimiento, en otras palabras, se impide que la gracia de Dios actúe en el ser humano en forma de compasión y misericordia.

Para los legalistas del tiempo de Jesús, los que no cumplían la ley eran personas sin valor moral, eran pecadores y como tales no valía la pena dedicarles tiempo, ni atención, en otras palabras, eran desechables y marginados. En esa sociedad, ser desechable equivalía a estar perdido. Un desechable no cabía en el círculo de los “santos”, según los parámetros fariseos.

No es de extrañar pues, el asombro de los fariseos al ver a Jesús dedicando tiempo y amor a esa gente perdida. ¿Cómo es posible? No lo podían entender. Por eso, Jesús, con esa manera de actuar, pasaba por ser un revolucionario que pervertía el orden oficial establecido. El judaísmo oficial se veía suplantado por aquellos a quienes realmente despreciaban. Se veía suplantado por los pecadores. Esto era algo inconcebible.

Jesús sabía que su Padre Celestial no podía excluir a nadie. Jesús sabía muy bien que Dios Padre-Madre siempre sale al encuentro de lo perdido. El gran místico san Juan de la Cruz dice que por mucho que busquemos a Dios, Dios nos está buscando siempre primero.

Los fariseos no interpretaban bien a Jesús. No se daban cuenta que por amar y buscar a la oveja perdida, no significa que no amara a las otras noventa y nueve. Dios amaba y buscaba a los fariseos, pero éstos ofrecían siempre resistencia, no se dejaban encontrar, y antes bien, presentaban un muro de oposición.

Con todo, Dios está ahí constantemente esperando. No cesa de buscar a los fariseos y a todos los que somos pecadores. Para ello es capaz de esforzarse hasta el punto de: “dejar a las noventa y nueve ovejas”, “buscar la perdida”, “hallarla”, “cargarla sobre los hombros”, “buscar a los vecinos y comunicarles su alegría”. Estas son acciones simbólicas que demuestran hasta qué punto se preocupa Dios de nosotros.

En la parábola de la moneda perdida, es significativo el que Jesús utilice como ejemplo a una mujer. Aprovecha así para dar un tono especial a todo el ejemplo. La sensibilidad y ternura de la mujer aparecen palpables en todos los pasos que da: “enciende una luz”, “barre”, “busca”, “encuentra”, “se legra”, “convoca a las vecinas”. Aquí también se trata de acciones simbólicas que detallan el incesante amor que Dios nos tiene.

Y al final de ambos ejemplos se da una explosión de alegría. “Alégrense conmigo, porque encontré la oveja perdida”. “¡Alégrense conmigo, porque encontré la moneda perdida!” Y al final, se organiza una fiesta. Una gran fiesta como la de la parábola del Hijo Pródigo.

Estas parábolas, estos ejemplos de Jesús, debieran estimularnos a pensar. ¿Cómo actuamos hoy ante el hermano, con la ley en la mano o con compasión?

No era de extrañar que a Jesús lo siguiera la gente. En aquella sociedad en la que la mayoría era una masa de personas marginadas y condenadas, Jesús se presentaba en medio de todos ofreciendo esperanza, amor y compasión. Y la gente lo seguía.

Por el contario, los fariseos y doctores de la ley, en su ceguera, cada vez se llenaban más de odio y tramaban cómo cazar a Jesús para condenarlo. Así, la gente cada vez se separaba más de la religiosidad de los legalistas.

Lo asombroso para nosotros es que después de dos mil años no hayamos aprendido. Y es que desde el principio se incluyeron en el cristianismo semillas que darían fruto pernicioso. Al adoptar la cultura romana y con ella la ley romana, el cristianismo, sin darse cuenta, aceptó algo que causaría mucho dolor y sufrimiento a millones de cristianos, durante muchos siglos.

Así vemos que todavía hoy, la iglesia como institución, en muchísimas ocasiones, opta más por la ley que por la misericordia. Y según esa norma se rechaza a gente que no pueda reunir ciertos documentos para recibir la gracia de Dios en los sacramentos. Y esa pobre gente es excluida, rechazada y tiene que andar mendigando hasta encontrar un “pastor” que, lleno de compasión,  se esfuerce por encontrar a la oveja perdida.

Mientras no demos prioridad al ser humano sobre la ley, estaremos del lado legalista. Siempre que nos esforcemos por encontrar una solución a un problema que hace sufrir al hermano nos encontraremos del lado de Jesús, manifestando amor y misericordia.

San Pablo lo confiesa de esta manera: “Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores de los cuales yo soy el primero. Pero Cristo Jesús me tuvo compasión, para demostrar conmigo toda su paciencia dando un ejemplo a los que habrían de creer y conseguir la vida eterna” (1Timoteo 1: 16).

Las palabras clave de esa afirmación son: “salvar a los pecadores”, “tuvo compasión”, “paciencia”, “dio ejemplo a los creyentes”. Ese ha de ser nuestro programa de vida, incluyéndonos nosotros mismos entre los pecadores. Ayudémonos mutuamente, con compasión y paciencia para que, con la gracia de Dios, consigamos la vida eterna.

 

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema