Propio 18 (C) - 2013

September 8, 2013

Los salmos son una colección antigua de oraciones y poesías que reflejan nuestras experiencias humanas, nuestras luchas y emociones. Cuando reflexionamos sobre los salmos, desde el punto de vista de la fe, nos damos cuenta de que describen lo que sentimos en los momentos más grande de gozo, al igual que en los momentos más profundos de dolor o dudas. A través de siglos los salmos han sido preferidos por los creyentes porque en ellos, los deprimidos, los olvidados, los culpables y los que sufren han descubierto que Dios se preocupa por lo que nos sucede en nuestras vidas. En los salmos, pudiéramos decir, encontramos a Dios en nuestra condición y sentimos su presencia y consuelo en medio de nuestras circunstancias.

El salmo de hoy es significativo debido a su nivel de intensidad. El propósito central del salmista no es pedir a Dios por sus propias necesidades; sino más bien convertirse en el foco de atención para ser conocido, escudriñado por Dios. El mensaje de este salmo es que Dios sabe todo sobre cada uno de nosotros. Por un lado, este salmo nos hace sentir especiales, dándonos un sentido de intimidad con Dios, pero por otro lado, tal conocimiento de Dios de nuestros pensamientos y de quiénes somos, puede ser una idea aterradora para muchos de nosotros. La historia siguiente puede ilustrar esta última idea.

En un pequeño pueblo un abogado litigante llama al banquillo a su primer testigo. Era una anciana muy conocida por todos en el pueblo. El abogado se acerca y le pregunta: “¿Señora Morales, usted me conoce?” Ella respondió: “por supuesto, señor García. Le conozco desde que era joven y francamente usted ha sido un bochorno para este pueblo. Usted es un mentiroso, manipula a las personas y habla mal de otros a sus espaldas. Usted se cree que es la gran cosa pero lo cierto es que no tiene cerebro para darse cuenta de que no llegará a ser más que un abogado de tercera clase. ¡Por supuesto que le conozco Señor García, por supuesto!”

El abogado se quedó con la boca abierta, perplejo ante lo que dijo la anciana. Sin saber qué hacer, apuntó con el dedo al abogado defensor: “¿Señora Morales, usted conoce al abogado defensor, el señor Pérez?” “Por supuesto que lo conozco. De hecho, conozco al señor Pérez desde que era un bebe y cuidaba de él. Y él también ha sido un gran bochorno para este pueblo. Es un vago, racista ha estado lidiando con problemas de alcoholismo por un buen tiempo. No ha sido capaz de tener una relación estable y su oficina legal es una de las peores de todo el país. ¡Por supuesto que conozco al señor Pérez, por supuesto!” De repente, el juez llama a los dos abogados a pasar al frente y en voz baja, pero con firmeza y enojo les dice: “¡Si por alguna casualidad, a alguno de ustedes se le ocurre preguntar a la señora Morales si me conoce a mí, les aseguro que los voy a poner a ustedes en la prisión por desacato a la autoridad!”

Podemos suponer que una parte de nuestra condición humana es el deseo de querer vernos a nosotros mismos de una forma mejor de la que somos. Queremos ser diferentes, mejores, quizás intachables. Es muy posible que nos creamos que este nivel de inseguridad es algo que nos sucede cuando somos adolescentes, pero lo cierto es que a menudo nuestras imperfecciones nos siguen hasta la madurez. Muchas veces nos preocupamos pensando, ¿por qué no soy más sociable? ¿Por qué soy tan malo en las relaciones? ¡Me gustaría tanto ser más alto o más delgado! ¡Cómo me gustaría ser más fuerte, mejor parecido, hablar sin acento! ¿Cuántas veces nos la pasamos deseando ser otra persona en vez de ser nosotros mismos?

El salmo de hoy nos recuerda el hecho de que muchos de nosotros continuamos usando máscaras. Nos ponemos máscaras de felicidad, de fortalezas, de confidencia, de indiferencia o de piedad y finalmente descubrimos una espiritualidad vacía dentro de nosotros. Tanto es nuestro temor de ser vistos como lo que en realidad somos que terminamos dejando que esa crisis de identidad afecte nuestra relación con Dios y el resultado es que no somos capaces de tener una relación honesta con Dios y con nuestros semejantes.

Cuando venimos a la iglesia ¿estamos en verdad sonriendo o usando una sonrisa para enmascarar la realidad del dolor que llevamos dentro? Usamos la máscara de la felicidad con la esperanza de que se haga cierta. Sonreímos esperando que la alegría que proyectamos hacia otros se convierta en una realidad interior de nuestra vida. Muy a menudo cuando nos marchamos, cuando regresamos a nuestros hogares, o escuelas o trabajos o a nuestras parejas nos quitamos la máscara porque nos damos cuenta que usándola no nos cambió nuestra realidad interior.

En el salmo de hoy, David se presenta con absoluta franqueza y expuesto totalmente ante Dios. Dios ve su corazón y su vida. Toda pretensión, todo enmascaramiento es removido. Este salmo nos invita a considerar seriamente nuestra relación con un Dios real y a vivir nuestra vida con autenticidad.

Con más frecuencia de la que podemos imaginar la iglesia es un lugar donde muchas personas vienen sintiéndose inferiores, creyendo que debido a secretos ocultos, debido a heridas por algún rechazo, no son merecedoras del amor de Dios. Pero a pesar de su sentido de culpa, muchas de ellas escuchan el mensaje y ministerio de Jesús de inclusión radical. Y es en nuestras iglesias quizás el único lugar donde ellas pueden escuchar a Jesús diciéndoles que son bienvenidos, que Dios los acepta, los perdona y les ofrece la oportunidad de ser restablecidos en la comunidad y en una relación con Dios. Cuando la iglesia ejerce el misterio de reconciliación de Dios, lo más seguro es que veamos que algunas lágrimas corren silenciosamente por las mejillas de muchos. Seremos testigos del poder sanador de Dios en esas lágrimas. Como personas de fe, es un privilegio el ser testigos y formar parte del poder reconciliador de Dios que remueve nuestras máscaras para presentarnos a Dios tal como somos. Poder que nos libera de nuestras cargas pesadas que nos limitan el vivir la vida más allá de nuestros errores, más allá de nuestras faltas para poder ser auténticos y vivir como Dios nos creó.

En el evangelio de hoy Jesús nos hace un llamado al discipulado. Jesús sabe que en nuestros corazones y mentes existen muchas lealtades compitiendo por nuestra entrega total a Dios. Jesús ilustra, quizás las lealtades más grandes en nuestra vida humana para enseñarnos el costo de seguirle como discípulos. El amor a nuestros familiares más cercanos y el apego a nuestras posesiones pueden ser en verdad un obstáculo ante nuestra respuesta a Dios. Pero más que enseñarnos sobre el costo, Jesús nos invita a pensar en la autenticidad de nuestro ser, de quienes somos para entonces seguirle. Y este es un tema constante en el ministerio de Jesús. Debemos recordar la historia del joven rico que decide no seguir a Jesús por amor a sus riquezas. Sus posesiones habían creado un falso sentido de identidad. Es una forma de ser que nos hace pensar que lo que tenemos o no, determina quienes somos; mientras más tenemos más grandes nos creemos ser. Podemos argumentar que lo mismo sucede respecto a nuestro sentido de culpabilidad, nuestros errores pasados, nuestros pecados. Ellos no deben nunca definir nuestra vida, sino más bien ayudarnos a redefinir nuestra vida.

Dios nos conoce. Dios está compenetrado intensa y profundamente con nuestras cargas emocionales y psicológicas. Dios sabe que todas las cosas, incluyendo los secretos más profundos de nuestro corazón pueden ser un obstáculo para aceptarnos a nosotros mismos, un obstáculo que nos impide experimentar el poder redentor de Dios para tirar a un lado nuestras máscaras de falsedad. El Dios verdadero quiere “el usted” verdadero.

 
 
 
 
 
 
 

Contact:
Christopher Sikkema