Propio 17 (C) - 2013

September 1, 2013

En capítulo 14 del evangelio de san Lucas, Jesús dice: “Antes bien, cuando ofrezcas un banquete, llama a pobres, mancos, cojos, ciegos, y serás bienaventurado, ya que ellos no tienen para recompensarte; pues tú serás recompensado en la resurrección de los justos” (Lucas 14:13-14).

Uno de los mejores momentos se pasa en las celebraciones de bodas. La boda es la unión de dos adultos jóvenes, y sus familias. Los invitados piensan en la vida buena que la pareja va a tener, su futuro, sus hijos, y la nueva familia que se va a formar. La bendición del matrimonio y la sagrada eucaristía recuerdan a la congregación que Jesucristo estableció el sacramento del matrimonio con su presencia y primer milagro en las bodas de Caná de Galilea, y que el sacramento del matrimonio es un símbolo de la unión mística entre Jesucristo y su Iglesia.

Cuando la congregación sale de la iglesia va a la fiesta de la boda donde hay música, baile, comida y la oportunidad de visitar y hablar con amigos y familiares. Es una ocasión jubilosa de mucha celebración. Son amigos y familiares que han viajado largas distancias para compartir en la celebración. Los invitados hablan con entusiasmo de sus hijos y de sus vidas con los amigos y familiares separados por el espacio y los años. Cuando llega la hora de comenzar el banquete, los invitados buscan sus lugares en las mesas. ¿Dónde se encuentra su nombre puesto en la mesa? Encontrado su nombre en la tarjeta pequeña, cada invitado se sienta en el lugar que la pareja le asignó. Si el invitado conoce los demás invitados sentados a su mesa, es fácil seguir la conversación, si no los conoce, se presentan, explican cómo conocen a la pareja recién casada y empiezan a hablar de ellos y de su vida. Durante el banquete, mientras hablan de la pareja y de sí mismos, los invitados siguen conociendo a los demás. La gente empieza a entablar relaciones y amistades. Es una experiencia de júbilo.

Sería extraño, y posiblemente ofensivo, si uno de los invitados de repente se sentara a la mesa principal. ¡Esta mesa está reservada para la pareja recién casada, para las damas de honor y los compañeros del novio! Cualquier persona que no observara esta tradición parecería tonta cuando el padre de la novia, o el padrino de boda, le dijera que tiene que salir del puesto de honor y tomar su lugar asignado.

En el evangelio de hoy, Jesucristo nos habla de un banquete de boda. Pero este no es solamente un banquete de boda cualquiera. Cuando Jesucristo habla de un banquete de boda, está hablando de la fiesta del cielo, que es una experiencia de puro júbilo y del amor incondicional de Dios. La fiesta del cielo es una experiencia exquisita que sobrepasa cualquier encuentro humano. Es la unión con todos nuestros queridos. La fiesta del cielo incluye a toda persona que nos haya amado, guiado y cuidado. La fiesta del cielo incluye a todos los que han pasado a la vida eterna y comparten el amor eterno de Dios. Ahora todos están unidos en el amor, paz y gozo de Dios. ¡Qué imagen tan maravillosa!

En el evangelio de hoy, Jesucristo nos habla de una fiesta de boda. Jesucristo se encuentra en una cena, un día de descanso en el que un líder de los fariseos es el anfitrión. Los otros invitados eran fariseos y abogados. El evangelio nos dice mucho sobre los fariseos. Estaban dedicados a sus tradiciones y a la vida de los judíos fieles. Sus reglas eran sectarias con énfasis en la pureza ritual, el diezmo de la comida y las observaciones del día de descanso. En los evangelios, los fariseos son los enemigos principales de Jesucristo. Le atacan frecuentemente porque perdona a los pecadores, no observa todas las reglas del día de descanso y se asocia con los pecadores. Por su parte, Jesucristo critica a los fariseos por su observación solamente externa de la Ley y la multitud de preceptos formales que ni ellos mismos pueden cumplir. Por ejemplo, en capítulo 23 del evangelio de san Mateo, Jesucristo habla en detalle de la hipocresía de los fariseos. Les acusa de dar diezmo de menta, del anís y del comino, pero descuidan los preceptos de más peso de la ley: la justicia, la misericordia y la fidelidad (Mateo 23: 1-23).

En capítulo 18 de san Lucas, nuestro Señor habla del orgulloso fariseo y del humilde publicano. El fariseo da gracias a Dios porque él es mejor que otros que son estafadores, injustos, adúlteros, y que el mismo publicano, un recaudador de impuestos; y porque el fariseo ayuna dos veces por semana y da el diezmo de todo lo que gana. En el otro lado, el publicano de pie y a cierta distancia, no quería ni siquiera alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: “Dios, ten piedad de mí, pecador”. Jesucristo dice que el publicano descendió a su casa justificado. Todo el que se ensalza será humillado, pero el que se humilla será ensalzado (Lucas 18:9-14).

Así como los invitados a la fiesta de boda no insisten en tomar los lugares de honor pero toman los lugares asignados por los anfitriones, Jesucristo nos dice que el reinado de Dios ya ha llegado. La fiesta de boda ya ha comenzado. El amor, la misericordia y la compasión de Dios ya están presentes en nuestras vidas para nuestra integración espiritual. No hay necesidad de colocarnos en un lugar de honor. Dios nos quiere igualmente, y con una abundancia increíble, a todos y cada de nosotros, sus hijos e hijas.

Entonces, Jesucristo nos da una nueva enseñanza. “Antes bien, cuando ofrezcas un banquete, llama a pobres, mancos, cojos, ciegos, y serás bienaventurado, ya que ellos no tienen para recompensarte; pues tú serás recompensado en la resurrección de los justos” (Lucas 14:13-14). Jesucristo lleva la imagen de la fiesta del cielo a un nuevo nivel. Ahora la fiesta es por el amor de Dios. La fiesta incluye a todos los hijos e hijas de Dios. La fiesta no está limitada solamente a nuestros amigos y familiares. La fiesta no es solamente para la gente importante de nuestras propias vidas. La fiesta de que habla Jesucristo es para la gente que ha experimentado injusticia, sufrimiento, hambre, enfermedad, dolor, exclusión, explotación. El banquete del cielo es para los pobres, los incapacitados, los ciegos. Esta gente constituyó la clase baja de la sociedad de Jesús. La sociedad de Jesús consideraba a esta gente como pecadores, castigados por Dios. ¡Pero en el evangelio de hoy, escuchamos a Jesucristo anunciando a los fariseos una nueva enseñanza compasiva, cariñosa hacia los más vulnerables de la sociedad!

El líder de los fariseos que invitó a Jesús a cenar pensó que él era el anfitrión. Pero en este pasaje del evangelio es claro que Jesucristo se hizo el anfitrión. Jesucristo invita a los fariseos a que abandonen sus conceptos anteriores de normas religiosas y privilegio. Jesucristo invita a los fariseos a que entren en una nueva manera de vivir con humildad y hospitalidad. Jesucristo invita a los fariseos a que participen en el establecimiento del reinado de Dios – la fiesta del cielo – en el mundo hacia los más necesitados, más amados hijos e hijas de Dios. ¿Quién es el novio en esta fiesta del cielo? El novio es nuestro Salvador, Jesucristo. Sirviendo a nuestros hermanos y hermanas en esta actitud de humildad y hospitalidad, Jesucristo nos invita a formar parte de su obra redentora en nuestro mundo. Lo hacemos con corazones gozosos, con la misma alegría y celebración que compartimos en las bodas más recordadas con amor y cariño.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema