Propio 16 (C) - 2013

August 25, 2013

Alrededor de las especulaciones que se dieron el año pasado, sobre el fin del mundo, un editorialista, compartió una reflexión que tituló: “Los mayas tenían razón”. Usando una metáfora argumentó que el mundo que se estaba acabando no era precisamente nuestro sistema galáctico en el que vivimos, sino el mundo de la privacidad, el cual está ahora dominado por las redes sociales, “…la posibilidad de encerrarse en sí mismo y liberarse de los demás, así sea por un rato, ha fenecido. A uno lo encuentran hasta debajo de las piedras. ¡Cuántas veces “testeamos” a deshoras interrumpiendo una cena en familia o un momento de pareja, sin ninguna consideración…!” (Gabriel Silva Lujan, ElTiempo.com).

Esta idea de Silva me llevó a pensar que en realidad hay mundos que se han acabado, algunos que se van acabando y otros que están naciendo.

Dentro de los que se han acabado, por ejemplo, están los que llamamos el mundo primitivo, el mundo medieval, la era industrial, el mundo de la modernidad, entre otros.  Hoy hablamos que estamos viviendo en la era o mundo de la postmodernidad

El mundo que nos presenta Lucas en el texto que hemos leído hoy, es el mundo iniciado por Jesús, el mundo gobernado por su amor y su misericordia, en el cual tanto el hombre como la mujer tienen igual participación tanto en la vida política como social y religiosa. El mundo de Jesús, es el mismo creado por Dios donde el hombre y la mujer, hechos a imagen y semejanza de su Creador, gozan de la misma dignidad y libertad (Génesis 1:26).

Se nos cuenta que Jesús, como era su costumbre, el día sábado fue a participar en el culto en una sinagoga. Según la tradición del pueblo de Israel, este día de descanso debía guardarse siguiendo a pie de letra lo que indicaban sus leyes (Éxodo 21:11). Al llegar allí, Jesús se encuentra con una mujer que por dieciocho años había padecido de una enfermedad que le impedía enderezarse. Entonces Jesús se dirige a ella y le dice: “Mujer eres libre de tu enfermedad. Y le impone las manos para que quede sana” (Lucas 13).

Esta mujer encorvada representa a cualquier mujer, de ahí que no se le conoce su nombre, y es un símbolo de la incapacidad que tiene esa mujer, u otra de esa época, para llevar una vida en sociedad con dignidad de hija y heredera del reino de Dios. Su encorvamiento, postura no recta, significa que se encuentra en desigualdad frente al hombre, y los dieciocho años significan que es un largo tiempo, o en otras palabras, que su estado de encorvamiento es permanente, su recuperación, un imposible. Pero Jesús, que está en favor del débil, del pobre, del necesitado, del oprimido, y que ha venido a liberar a los cautivos (Lucas 4:18), actúa en su favor para sanarla y devolverle su libertad y dignidad. Aquí vemos como Jesús inicia con ella, y con ella en toda mujer, un proceso de emancipación, que es característico de su mundo, su reino.

Esta mujer del evangelio acude a la sinagoga porque para una hija de Abrahán, es en la sinagoga, el tempo, en el cual se debe iniciar una obra de liberación y devolución de la dignidad.  Sin embargo, Jesús también encuentra que en el centro de la comunidad, en la sinagoga, en el lugar de liberación, hay resistencia al cambio y afirmación de la diferencia/enfermedad de esta mujer, tal es la actitud del jefe de la sinagoga, que opuesto al pueblo y a la acción de Jesús se enoja y discute con él.

Sabemos que no solo han pasado años, sino siglos desde que Jesús realizó esta acción liberadora, sin embargo, este proceso de liberación de la mujer ha sido largo, difícil y aún no logrado totalmente. Debía pasar mucho tiempo para que la sociedad llegara a entender y a aceptar que no solo esa mujer, sino que toda mujer debe gozar de plena libertad. Que  tanto la mujer como el hombre, gozan juntos del valor de la libertad que su dignidad les da. Gracias a la acción de Dios, hoy la mujer del siglo veintiuno es una mujer que compite a la par con el  hombre, la vemos ejerciendo ejemplarmente altos roles sociales, políticos, y por supuesto, eclesiales. Este cambio se ha dado gracias al valor, a la lucha, al sacrificio, y a la perseverancia de la mujer y de todos aquellos que favorecen su causa. Aunque reconocemos que todavía quedan por dar pasos grandes y fundamentales para que ella conquiste su igualdad total a todo nivel incluidos los núcleos eclesiales de algunas religiones de nuestro tiempo.

Otro mundo que ha terminado, es aquel de considerar el día del Señor, en nuestra cultura cristiana, el domingo, como un día solo reservado para la iglesia, el culto, y nada más.  Hoy bien sabemos que este día es el día primordial de la misericordia, de la redención, de la caridad, y de las buenas obras. Hoy vemos a muchas personas que luego de la participación en la Eucaristía dominical ocupan parte de su tiempo para visitar a un enfermo, llevarle comunión ya sea a su casa o al hospital, hacer una visita a un preso, o a colaborar en una cafetería que da comida a las personas de la calle.

A diferencia de aquella prescripción antigua  del día sábado, nuestro día del Señor no es un día pasivo y de descanso, sino un día de la acción salvadora de Jesús, en el cual predominantemente se alaba a Dios en la liturgia celebrada y se le adora en el servicio que se le da al pobre, al enfermo y al más necesitado; hoy el domingo, es el día de la misericordia de Dios, reflejada en la acción de sus fieles.

¡Qué mejor día de la semana para ser redimidos, sanados y renovados no solo para Dios, sino para la vida familiar, social y eclesial! Este es el efecto de la acción liberadora de Jesús, que da sentido y plenitud a cada día que vivimos, y renueva el sentido total del día del Señor.

Sin embargo, este mundo del domingo, día del Señor, se ve amenazado por el mundo del activismo del mundo secular, al convertirlo en el día de compras, día del parque, del paseo, de la televisión y diversión, olvidando su origen y sentido, su conexión con el Dios rompió su tumba al tercer día, y que ahora quiere actuar para derribar en nosotros nuestras propias tumbas en las que nos encontramos asfixiados y alejados de la vida real y verdadera que solo él nos puede dar.

Hay mundos que nacen, mundos que crecen entre nosotros y mundos que también deberían acabarse, y por lo cual oramos. … Pero esos mundos no se acaban sin la participación activa de personas de fe, sembradores de esperanza. A nosotros nos pide Dios nuestra participación y nos invita a ser agentes de cambio: “Te escogí, te llamé” (Jeremías 1), nos dice hoy en la primera lección. El renueva en nosotros hoy, en este día consagrado a él, su presencia, y nuestro rol profético para que junto a él trabajemos por la transformación de esos mundos o submundos de pecado y de muerte, en mundos de gracia y plenitud de vida.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema