Pascua 5 (A) – 2014

May 18, 2014

Yo creo en el sol, incluso cuando no está brillando
Yo creo en el amor, incluso cuando no lo siento
Yo creo en Dios, aun cuando Dios guarda silencio
Yo creo en el silencio.

Estas palabras fueron escritas en la pared de un sótano donde se escondía una persona judía, la cual huía de la Gestapo en la Alemania nazi durante la Segunda Guerra Mundial. En aquel entonces, seis millones de judíos fueron asesinados por razón de su origen étnico y su práctica de fe.

Puedo imaginarme que en ese momento, para este hombre, el silencio significaba creer en algo, aferrarse a aquello que finalmente le salvaría su vida. El silencio. En efecto, para intentar salvar su vida necesitaba ocultarse, permanecer completamente inmóvil. No podía hacer ningún ruido, incluso en momentos apenas si debía respirar; por esto, para él era muy importante creer que Dios era tanto el Dios del silencio como el Dios de las palabras y la acción.

Todos aquellos que han sido expuestos a la migración, el hecho de haber salido de su tierra querida para adoptar un nuevo lugar, bien pueden conectarse con lo dicho por este judío. Bien hemos escuchado de las varias historias de aquellos que han cruzado el agua, brincaron la línea, usaron un coyote, caminaron a través del desierto, o escondidos en un carro, en un barco, en el contenedor de un tráiler. ¿Será esta nuestra historia o algo semejante? Pero aquellos que lo han vivido, saben que las personas hacen su camino, y mientras tanto se mezclan y se mantienen calladas. En los momentos de peligro, el silencio bien puede ser la salvación.

Aquellos ya nacidos aquí tienen un aprecio diferente, y es más relacionado con el sentido del derecho al uso de la palabra. En la cultura norteamericana la persona es animada a decir lo que piensa, para así defender su punto de vista y ejercer su libertad de expresión. Pero en estos casos, a veces, la gente se olvida del poder del silencio y no se le respeta.

Hoy, celebramos el quinto domingo después de la resurrección de Jesús. Celebramos que Dios, se dio a conocer a Sí mismo en el Cristo resucitado. En Jesús, se nos dice muy claramente quién es Dios. Mediante Jesús sabemos cuán amados y valorados somos; y que la gracia es un regalo total y completo para todos nosotros. Sabemos que no importan dónde estemos atrapados en la vida -en esa lucha cotidiana-, sabemos que la gracia divina permanece ahí para nuestro bien. Incluso en los lugares o momentos donde y cuando Dios pareciera estar en silencio en nuestras vidas. La gracia divina -aquel amor y perdón de Dios que quizás no merecemos- puede ayudarnos a superar esos momentos y espacios de desespero. Es esta misma gracia la que habitaba en Cristo durante su muerte. Y es ésta misma la que le levanta y le saca de la tumba.

Pero, como la historia es narrada, la resurrección de Jesús fue un evento silencioso. La historia que escuchamos no nos habla de la primera respiración de Jesús, o de su primer estirón del cuerpo, o del sonido de la piedra que rodó… La historia es silenciosa en todos estos sus detalles. Nadie estaba allí para verle.

Mientras esto hace que algunos duden que la resurrección sea un hecho absoluto, creo que esta historia también expande nuestra manera de pensar de cómo Dios nos salva. Siempre asumimos que la salvación viene por medio de palabras y acciones. Y sin embargo, ¿no será que Dios también salva a través del silencio? El silencio está en el corazón de nuestra historia cristiana. Es en el silencio donde se produce el punto clave de la transición de la muerte a la vida. Nuestra historia de salvación se basa en un profundo silencio.

Cuando las palabras aparecen en el relato de la resurrección, no surgen para realizar señalamientos audaces y grandes, sino para indicar ajustes y reinicios sutiles. O sea, estas palabras son intercambios inciertos en una conversación extraña. Es un reconocimiento tan sutil, como el hecho de Jesús frotarse los ojos después de volver a la vida y volver a ver como si fuera la primera vez.

Los discípulos, al verle, probablemente también necesitaban frotarse los ojos de sus corazones y mentes para poder entender todo aquello que sucedía a su alrededor. “¿Será verdad que todo esto esté sucediendo? ¿Estoy realmente aquí? ¿Está el Señor realmente aquí?” Sus palabras llegan lentamente a ellos conforme se imaginan cómo será su nueva vida. Les habrá de tomar unos días. Mientras tanto, caminan, hablan, comen y están presentes con Jesús. Ahora no están callados, dóciles y ensimismados; están juntos, en comunidad. He aquí donde encontramos lo que implica el hacerse parte de algo, hacerse parte de un proyecto, de una comunidad. ¿No será esto lo que la Iglesia debiera ser para aquellos que están empezando a conocer a Jesús? ¿O para aquellos que estamos todavía procurando un lugar? Sí, un lugar apacible donde todos puedan venir y caminar y hablar y comer… y estar con el Señor.

A pesar de las dudas, representadas en Felipe en el evangelio, las voces de los discípulos se van haciendo más fuertes conforme pasa el tiempo -las voces de los migrantes bien lo pueden entender-. Se vuelven más fuertes y claras mientras se adentran en el espíritu de la resurrección. Así como los primeros discípulos unieron sus voces, hoy precisamos que la historia de la resurrección sea contada nuevamente. Muchas personas necesitan escuchar esta buena noticia. Todos somos invitados a disfrutar de la vida nueva en Cristo. Nuestra voz, está destinada a ser utilizada para invitar a todos. Nuestro trabajo de discernimiento comunitario es sobre el cómo invitamos, no si debemos hacerlo. ¿Será que aquellos que exploran nueva vida procuran quietud, silencio y delicadeza? ¿Será que necesitan palabras claras? Para todos nosotros que, desde hace algunos años, formamos parte del cuerpo resucitado de Cristo, nuestra tarea no es el decidir si debemos invitar a los demás a participar de la experiencia de la resurrección, sino cómo hacerlo.

Ahora, permítanme expresar una palabra en favor del “uso de palabras”, valga la redundancia. El silencio no siempre es adecuado. Desafortunadamente, como Iglesia no siempre nos callamos porque ésta sea la manera correcta para compartir la buena noticia, sino porque nos falta valor. En varios momentos de la historia, muchos han guardado silencio y demasiadas vidas se han perdido porque no tuvimos el valor de proclamar la gracia divina y la esperanza que ésta contiene. No hemos dicho de forma clara que a través de Jesús, todas las cosas son hechas nuevas. Que todo el mundo tiene una nueva oportunidad. Que existe la justicia y la dignidad para todos.

Piensen en todos aquellos lugares donde es importante que se escuchen nuestras voces el día de hoy. Por ejemplo, en nuestra propia ciudad, ¿debemos hablar contra la violencia y la injusticia? Varias personas se sienten atrapadas y silenciadas en ese tipo de vida. Asimismo, debemos abogar para obtener una reforma sobre los derechos humanos, una legislación adecuada para los trabajadores, lo mismo que sobre detenciones injustas e inhumanas. Hay que decir algo sobre los muros fronterizos también. Indicar que tales violaciones contra la dignidad humana ciertamente refleja la manera como Dios quiere que vivamos.

Aquí en Estados Unidos, tenemos que cambiar nuestras leyes sobre la portación de armas. Los niños tienen derecho a ir a la escuela y todos tenemos el derecho a ir a ver una película o a un centro comercial o a caminar por la calle sin la preocupación de ser víctimas de un asesinato casual. Tenemos que hablar.

Así, como Jesús resucitó de entre los muertos de manera suave y gentil para emerger y dar nueva vida; así como los discípulos aprendieron a vivir en el poder de la resurrección; así como la Iglesia ha intentado compartir esta buena noticia por más de dos mil años; espero que todos nosotros -el cuerpo vivo de Cristo- hagamos ahora de esta nueva vida que Dios nos da, una realidad duradera para todos.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema