Pascua 5 (A) – 2011

May 22, 2011

Vamos a centrar nuestra reflexión hoy en el evangelio que acabamos de leer. En primer lugar será conveniente recordar que el evangelio de san Juan está escrito con un estilo peculiar. Se diferencia de los otros tres que llamamos sinópticos. El estilo de los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas es más popular, Jesús habla con parábolas, con frases cortas y refranes llamativos. La gente podía memorizar mejor los evangelios de los sinópticos que el de Juan. El evangelio de san Juan adquiere un tono místico y de intimidad. Cuando habla Jesús, con frecuencia lo hace con discursos largos que en realidad son meditaciones del escritor sobre Jesús.

El pasaje del evangelio de hoy trasluce bien a las claras esa intimidad que se da entre Jesús y sus discípulos. Jesús prepara su despedida. Habla de irse al Padre. A los discípulos les cuesta entender. A pesar de que les habla en términos positivos: “Les prepararé un sitio, volveré para llevarlos conmigo, para que donde yo esté, estén también ustedes” (Juan 14:3). Sin duda alguna que estas palabras entristecieron mucho a los discípulos que dependían tanto de Jesús: ¿Cómo es posibles que nos vaya a dejar solos?, pensarían.

Todas las despedidas son tristes. Lo sabemos por experiencia. Cuando nos despedimos de un ser muy querido, a veces lloramos. Las despedidas aquí en la tierra suelen ser temporales, duran unos días, unos meses, o unos años. Pero las despedidas definitivas como cuando parte un ser querido para el más allá son profundamente dolorosas. Es difícil para nosotros imaginarnos lo difícil que tuvo que ser para los discípulos el separarse de su Maestro, ¡de Jesús que tenía palabras de vida eterna y que tanto amor les había demostrado!

Jesús trata de consolar a sus discípulos, y les dice: “Ya conocen el camino para ir a donde yo voy” (Juan. 14:4). Sin embargo, Tomás, más atrevido que los demás, protesta: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podremos conocer el camino?” (Juan.14:5). Entonces Jesús hace dos revelaciones: primera, él es el camino, la verdad y la vida; y segunda, conocer a Jesús es tanto como conocer al Padre celestial.

El Antiguo Testamento habla con frecuencia de los caminos del Señor. En el capítulo quinto del Deuteronomio leemos: “Sigan el camino que les marcó el Señor, su Dios, y vivirán” Deuteronomio 5:32). “Éste es el camino [del Señor] caminen por él” (Isaías30:21), dice el profeta Isaías en el capítulo treinta. Y el salmista suplica a Dios en el salmo veintisiete que “le enseñe el camino”. Finalmente Jesús, se hace eco de esa larga tradición y afirma: “Yo soy el camino” (Salmo 27:11).

¿En qué manera es Jesús nuestro camino? Probablemente nos haya sucedido a muchos el estar perdidos en una gran ciudad. Preguntamos cómo se llega a un sitio, y, la mayoría de la gente, nos da una larga explicación, tome la calle de la derecha, luego la de la izquierda, vuelva a la derecha, siga adelante y luego vuelva a la izquierda. Al final de esa explicación estamos tan perdidos como al principio. Sin embargo, si una persona dice: “sígame yo voy con usted”. Esa amabilidad nos ofrece una confianza que nos salva de la angustia. Así es Jesús. Nos da la mano. Nos acompaña siempre. Depende de nosotros el no soltar la mano. Si lo hacemos estamos perdidos. Ahora bien, el ir de la mano de Jesús va a implicar sacrificio y renuncia, pero también nos ofrece seguridad, alegría y confianza. Por eso, Jesús añade que, además del camino, es la verdad y la vida.

¿Cuántas veces nos escapado de la mano del Jesús? Hemos querido, como niños rebeldes, buscar la verdad, la vida y la felicidad por nosotros mismos. Nos hemos lanzado por los caminos de este mundo…y nos hemos perdido. ¡Cuánto sufrimiento! Por querer ser libres y gozar más de la vida, hemos sufrido muchísimo más. Y, luego, como el hijo pródigo, regresamos a la casa paterna suplicando comprensión.

Hay otro punto intrigante en el relato de este evangelio. Jesús nos revela que: “En la casa de su Padre hay muchas habitaciones” (Juan 14:2). ¿Qué quiere decir esa misteriosa frase? Los comentaristas bíblicos han querido dar sentido a esa frase y han ofrecido miles de sugerencias. Ya los Santos Padres desde Irineo a Clemente de Alejandría, y pensadores como Orígenes han querido resolver el misterio. Han hablado de estancias, de peldaños, de grados, de etapas, y definitiva, podríamos decir que no hay una solución clara y evidente, porque del más allá no sabemos nada a ciencia cierta. Del más allá solamente tenemos fe.

A todos los humanos nos preocupa la idea del más allá. Y más aún nos intimida la idea de la retribución. Es decir, se usará una justicia parecida a la que utilizamos en la tierra. ¡Si así fuera estaríamos perdidos! Ese es otro de los grandes obstáculos a que tenemos que hacer frente. En verdad, los seres humanos hemos proyectado hacia Dios nuestra manera de ser, de pensar y de juzgar. Es lo que se suele designar con un término un poco difícil: hemos “antropomorfizado” Dios. Es decir, hemos hecho de Dios algo semejante al hombre. Cuando la Biblia nos dice que Dios creó al ser humano, afirma que lo hizo a su imagen y semejanza. Lo cual quiere decir que a la hora de hablar de Dios, solamente lo debiéramos hacer desde perspectiva divina. Lo cual es prácticamente imposible. Sin embargo, ha habido algunos santos a quienes llamamos místicos que han estado tan unidos a Dios, que al hablar de él nos revelan cosas maravillosas.

Ahora bien, nadie más “místico” que Jesús. Él nos aseguró: “¿Quien me ha visto a mí ha visto al Padre?” (Juan 14:9). Escuchar a Jesús es escuchar a Dios. Y Jesús nos dice que no nos angustiemos porque en la casa del Padre cabemos todos. Si leemos con atención los evangelios quedará patente el inmenso amor de Dios, cuya misericordia no tiene límites. De ahí que el cielo será tan grande como el corazón de Dios.

En el siglo XIV vivió una gran mística llamada Juliana de Norwich. En su obra Revelaciones del amor divino nos habla del inmenso amor de Dios, que no solamente tiene características de padre sino de madre. Dios nos ama como una madre amorosa lo hace con sus hijos. Juliana también andaba preocupada por la salvación del género humano. En una revelación, Dios le manifestó su infinito amor y poder y le dijo estas maravillosas palabras. “Todos acabarán bien, y toda clase de cosas acabará bien”.

Queridos hermanos y hermanas: Ya nos lo dijo Jesús: No se inquieten, no se angustien, no tiemblen, no tengan miedo; Donde yo esté también estarán ustedes.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema