Jueves Santo – 2011

April 21, 2011

En esta memorable tarde y bella liturgia, aunque cargada de recuerdos nostálgicos, vamos a centrarnos en el lavatorio de los pies realizado por Jesús a sus discípulos. Curiosamente el evangelio de Juan es el único en narrar el lavatorio de los pies.

En las memorias que Juan conservaba de su convivencia con su maestro y los otros discípulos, optó por elegir comunicarnos lo que consideraba de gran importancia en el contexto de las enseñanzas de Jesús.

El relato del lavatorio de los pies a sus discípulos nos muestra una acción intencional con propósitos pedagógicos claros. Jesús conocía muy bien su grupo de discípulos. Jesús sabía que no todo era armonía entre ellos. Conocía sus rivalidades y discrepancias entre ellos. Conocía que estaban hambrientos de poder y de fama. Esto le preocupaba profundamente, y, como el mejor de los maestros pasó a la enseñanza directa.

“¿Comprenden lo que acabo de hacer? Ustedes me llaman maestro y señor, y dicen bien. Pues si yo, que soy maestro y señor, les he lavado los pies, también ustedes deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo para que hagan lo mismo que yo hice con ustedes” (Juan 13:12-15).

En tiempo de Jesús, como calzado se usaban unas sandalias, o simplemente se andaba descalzo. Para ocasiones como ésta el anfitrión disponía de servidumbre (generalmente esclavos) que lavaba los pies de los invitados antes de pasar a la mesa, ya que se comía reclinado sobre una especie de divanes alrededor de ésta. Lavar los pies era pues una acción denigrante que no hacían las personas libres. Pero, Jesús decide realizarla personalmente.

El propósito de Jesús al hacerlo nos lo clarifica él mismo en el relato que nos transmite Juan. Pero preguntémonos: ¿Por qué simplemente no se lo advirtió a quienes integraban su grupo, hombres y mujeres y así evitar hacerlo él?

Se han dado muchas respuestas e interpretaciones. Hoy nosotros vamos a reflexionar sobre esta acción de Jesús en el momento supremo de su cena de despedida.

Se dice que la acción de Jesús fue un ejemplo de profunda humildad. ¿Qué entendemos por humildad? En esta dirección actúa Jesús directamente. Sabe cuantas veces las personas aparentamos ser humildes y somos más bien lobos rapaces disfrazados de mansas ovejas.

Dice el diccionario que humildad es: “La actitud de la persona que conoce sus limitaciones y debilidades y se comporta de acuerdo con ese conocimiento”.

Por aquí es por donde tenemos que empezar a reflexionar. Es humilde quien actúa según su propia condición humana, según sus propias fragilidades y limitaciones. Ello implica que para ser humildes tenemos que conocer todas nuestras debilidades y limitaciones y aceptarnos como somos.

El problema es que en asuntos de la personalidad, de nuestro conocimiento interior, como dice el refrán: las cosas no son del color del cristal con que se miran. Conocerse y aceptarse como uno es, en medio de la vorágine en que vivimos en una sociedad competitiva y clasificadora según el rendimiento, se nos ha vuelto un asunto lacerante y doloroso.

Jesús en vísperas de sacrificar su vida obediente y amorosa, enseña con el ejemplo a sus discípulos cómo vivir en la comunidad de fe. Como dice Pablo, “no tuvo a menos tomar la condición de esclavo” (Filipenses 2:6).

¿Cuál es nuestra asimilación práctica de este maravilloso ejemplo? Una mirada retrospectiva nos lo puede confirmar. Dos mil años después continuamos empeñados en ser los mejores, no en ser mejores, que no es lo mismo. Nuestro orgullo nos coloca por encima del espíritu de unidad y fraternidad, amor y servicio que Jesús continúa empeñado en enseñarnos.

En el recuerdo indeleble de Juan, aquella escena del lavatorio de los pies se integraba profunda y sustancialmente con el milagro del pan y el vino utilizados para alimentarnos con su presencia espiritual cada vez que quisiéramos hacerlo en su memoria.

Hoy debemos hacerlo vivencia permanente en nuestras vidas, más allá del simple ritual de la conmemoración litúrgica. Hemos de asumir la necesidad impostergable de incorporar a nuestro comportamiento esta enseñanza de la cena de despedida: “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mateo 11:29).

Durante su última cena Jesús reafirma el ejemplo del lavatorio de los pies, cuando dice a sus discípulos y, en ellos, a todos nosotros: “Un mandamiento nuevo les doy, que se amen unos a otros como yo los he amado: ámense así unos a otros” (Juan.13:34).

Lo que Jesús espera de nosotros hoy, como esperó de sus discípulos en su momento, es arrepentimiento de nuestras faltas y cambio de conducta en el diario vivir. No un homenaje intrascendente y fugaz como el humo.

Hoy tenemos la oportunidad de hablarle en vísperas de su sacrificio en la cruz y decirle que queremos cambiar y mejorar en la dirección de sus enseñanzas. Que queremos grabar entrañablemente en nuestro ser el sentido profundo y radical de su ejemplo.

Digámosle también humilde y sinceramente que queremos aceptar, cuantas veces podamos, su invitación a su cena, participar en ella y alimentarnos de su presencia espiritual en el sacramento de la Eucaristía a través del pan y el vino.

Esta es una ocasión para encontrarle sentido personal y darle significado activo en nuestra vida diaria a esta celebración del Jueves Santo. Pidámosle que nos acoja como seguidores suyos desde ahora y durante toda nuestra vida.

Está en nuestras manos, que con la gracia de Dios y la acción del Espíritu Santo en el nombre de su Hijo Jesucristo podamos aprovechar fructíferamente el ejemplo de Jesús para el fortalecimiento de nuestra fe y nuestra bondad como seres humanos, hijos de Dios, por el sacramento del bautismo.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema