Jueves Santo – 2010

April 1, 2010

Jesús nos pregunta: “¿Comprenden lo que acabo de hacer?” (Jn 13:12). Y, ¿qué es lo que Jesús hizo? Para poder contestar esa pregunta tenemos que recodar lo que las lecturas para hoy, Jueves Santo, narran de lo que aconteció la noche antes de que Jesús recibiera la muerte. Era el día anterior a la fiesta de la pascua. Jesús sabía que había llegado la hora de dejar este mundo para ir a reunirse con el Padre. Mientras estaban cenando, se levantó de la mesa, se quitó el manto y se ató una toalla a la cintura. Luego echó agua en una palangana y se puso a lavar los pies de los discípulos y a secárselos con la toalla que llevaba a la cintura. Cuando llegó el turno a Pedro, comenzó a quejarse diciendo a Jesús: ¡jamás permitiré que laves mis pies! Jesús les dijo a todos ellos: “Si yo, el Maestro y Señor, les he lavado sus pies, también ustedes deban lavarse los pies unos a otros”.

Lo que Jesús hizo fue darnos un ejemplo de cómo debemos vivir nuestra vida cristiana. No estamos llamados a crear monumentos en nuestro honor al mismo tiempo que despreciamos a los demás. Mientras que los discípulos discutían cuál de ellos iba a ser el más importante o cuál ocuparía el puesto de más peso, Jesús puso su mirada en lo que venía por delante. Podemos imaginarnos cuán solitario se sintió Jesús sabiendo que su tiempo en la tierra se hacía corto y su vida estaba en la balanza. Quizás lo más triste del momento era que sus amigos más allegados no tenían ni la menor idea de lo que Jesús iba a sufrir ni lo que le venía encima. No obstante, Jesús siguió preparando a los discípulos para que continuaran la misión por la cual había venido al mundo.

Jesús sabía que había llegado la hora en que dejaría este mundo para ir a reunirse al Padre. Con la muerte mirándole a la cara, san Pablo recuenta a los corintios lo que aconteció la noche antes de la muerte de Jesús: “Jesús tomó pan, y después de dar gracias a Dios, lo partió y dijo: Esto es mi cuerpo entregado a muerte para bien de ustedes. Hagan esto en memoria de mí. También tomó en sus manos la copa y dijo: Esta copa es el Nuevo Pacto confirmado con mi sangre. Cada vez que beban, háganlo en memoria de mí” (1Cor 11:23-26). Con esas palabras Jesús instituyó lo que hoy llamamos “la santa Comunión o la santa Eucaristía.

Jesús quiere que siempre tengamos memoria de quienes somos. Somos el pueblo redimido por su sangre en la cruz. También quiere que recordemos durante toda nuestra vida a quién pertenecemos. Jesús nos compró con su sacrificio en la cruz y Dios, por medio de ese sacrificio, acepta la ofrenda de Jesús así haciéndonos hijos adoptados en un nuevo pacto. Somos hijos por adopción y en eso tenemos nuestra identidad como cristianos. Por eso, podemos allegarnos a Dios por medio de Jesucristo y llamar a Dios, Padre. Lo que Jesús dijo a los discípulos, nos pide lo mismo a nosotros: que hagamos memorial de él cuantas veces que comamos del cuerpo y bebamos de la sangre. Y que hagamos ese memorial hasta que él vuelva a buscarnos, su pueblo redimido por su sangre derramada en la cruz. Haciendo memoria en este caso es celebrar nuestra redención, una redención que indica dónde estamos en esta vida y hacia dónde vamos en la vida venidera. Al celebrar el memorial de la muerte y la resurrección de Jesús participamos en la realidad de la obra salvífica de Jesús. Al arrepentirnos de nuestros pecados, recibimos el perdón de Dios; morimos a la vida vieja, manchada por el pecado, y somos renovados a vivir nuestra vida conforme a la voluntad de Dios.

Al arrepentirnos, Dios promete no abandonarnos al poder de la muerte sino que en su misericordia, vendrá a nuestra ayuda para que le encontremos. Sabemos que los problemas que tenemos en nuestras vidas y los pecados que cometemos nunca surgen repentinamente. Lo cierto es que esos problemas y esos pecados han venido formando parte de nuestra realidad unas veces a sabiendas y otras no. Lo cierto es que cometemos pecados. Pues dejemos de preocuparnos por lo ya pasado y enfoquémonos en el presente. El pasado es historia. El futuro sigue siendo un misterio. Pero tenemos este momento, el momento actual para arrepentirnos. Tenemos el presente que podría determinar nuestro mañana y culminar en nuestra entrada en la herencia eterna.

Jesús nos invita en este momento a acompañarle en su ofrenda y su sacrificio, y a participar en su misión. Jesús quiere lavarnos los pies; hacernos limpios y abrirnos el camino de la libertad y de la paz. Dios nos promete dar una paz que sobrepasa todo entendimiento. Una paz que guiará nuestros corazones y nuestras mentes en el amor de Dios y el conocimiento de la verdad. Con nuestras oraciones y súplicas a nuestro Padre celestial hagamos saber a Dios nuestras necesidades. Acerquémonos a Dios buscando consuelo y fortaleza, perdón y renovación para que podamos servir al mundo en su nombre con dignidad.

Hermanos, creemos que Dios actuó en Jesús para la salvación del mundo. Creemos que Dios envió a Jesús a nuestro mundo para ofrecerse como el Cordero que quita el pecado del mundo. Creemos que Dios aceptó la ofrenda de Jesús para el perdón de nuestros pecados. Creemos que después de su resurrección Dios le devolvió a Jesús la gloria que Jesús tenía antes de la creación del mundo. Creemos que Jesús ascendió a los cielos y está a la derecha del Padre. Creemos que Jesús ora al Padre para que nos cuide y nos proteja del mal con el poder de su nombre. Y sí creemos que Jesús nos pide que estemos completamente unidos como él y el Padre están unidos.

Esta noche al hacer memoria de lo que Jesús hizo la noche antes de entregar su vida a la muerte, nosotros sí entendemos lo que hizo para nosotros. Y al tomar el cuerpo de Cristo y al beber su sangre, la copa de salvación sabemos que Dios nos consagra nuevamente a sí mismo por medio de su Palabra, el mismo Jesús que es el camino, la verdad y la vida. Nos consagra para completar la obra en el mundo y llevar a plenitud la santificación de todos. Y como Dios envió a Jesús entre los que son del mundo, Jesús pide al Padre que no nos saque del mundo sino que nos proteja del mal del mundo. Jesús nos pide que nos amemos los unos a los otros como él nos amó. Y nos amó tanto que dio su vida para nosotros.

Así pues, hermanos, acatemos el mandato de Jesús amándonos los unos a los otros. Salgamos al mundo, renovados y fortalecidos, con el poder del Espíritu Santo. Salgamos con los pies limpios, calzados y vestidos. Salgamos con el bastón en la mano para cumplir fielmente nuestras promesas a Dios en presencia de todo el mundo a la gloria de Dios.

 
 
 
 
 
 
 

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