Epifanía 4 (A) - 2017

January 29, 2017

El sermón de la montaña es el primer acto público de Jesús en el evangelio de Mateo y según varios comentaristas, este sermón como muchos le llaman, es una síntesis del ministerio de Jesús. Originalmente las beatitudes o sermón de la montaña como se le llama a este pasaje, pronuncia las bendiciones para una comunidad de la que era parte el escritor de este evangelio, que en la Palestina del primer siglo era una comunidad perseguida estando bajo la dominación y el yugo del imperio romano.

Es interesante notar que la traducción al español utiliza el término “dichosos” en lugar de “bendecidos” como se usa en la traducción al inglés. El adjetivo de la palabra bendecido “makarios” en griego-la lengua original en la que fue escrito este evangelio – significa ser afortunado, ser feliz, estar en una situación privilegiada y en el contexto de este sermón, significa estar bendecido por Dios.

El estar bendecido por Dios hace eco al entendimiento en la tradición judía de bienaventuranza como una provisión de Dios para llevar una vida en plenitud incluyendo el conocimiento de Dios y la seguridad material. Pero aun cuando la seguridad material llegase a fallar, la bienaventuranza aún llega del reconocimiento de la presencia y el propósito de Dios en nuestras vidas.

Mateo nos habla de nueve bienaventuranzas, y estas bienaventuranzas son para los que son pobres de espíritu, para los que sufren, para los humildes, para los que tienen hambre y sed de la justicia, para los compasivos, para los de corazón limpio, para los que trabajan por la paz, para los perseguidos por hacer lo que es justo y para quienes son insultados y maltratados por causa de Jesús.

Tal vez para nosotros como lectores en este siglo nos puede ser imposible entender cómo el ser pobre de espíritu, el sufrir, el ser humilde, el ser perseguido e insultado pueden ser razones para ser bendecidos.

¿Acaso no nos dicen las escrituras que Dios quiere que tengamos vida en plenitud?

Hasta cierto punto, estas bienaventuranzas pueden sonar como una contradicción. Y en esta contradicción indudablemente no estamos muy alejados de la realidad, pues Jesús a lo largo de los evangelios invierte, vuelca y contrapone el sistema habitual de valores al pronunciar bendiciones para los pobres, los hambrientos y para aquellos que sufren.

Pero hagámonos esta pregunta: ¿Qué significa para nosotros estar bendecidos aquí y ahora? ¿Qué significa estar bendecidos en nuestro tiempo?

Cada época tiene su propia definición de lo que significa el ser afortunado, de lo que significa el ser feliz, y de lo que significa el ser bendecido.

Tal vez para muchos de nosotros que vivimos en el mundo occidental el ser bendecido o afortunado de acuerdo a los valores que nos impone nuestra sociedad actual, puede ser el de acumular riquezas y bienes, el tener poder, el ser populares, o tal vez el tener prestigio y reconocimiento.

Nuestra sociedad nos fuerza al individualismo que nos lleva a no darnos cuenta de lo que realmente importa en esta vida, es nuestra relación con Dios, con nuestros semejantes, con el resto de la creación y con nosotros mismos.

En el sermón de la montaña Jesús propone una definición de ser dichoso y bendecido muy diferente a lo que estamos acostumbrados a escuchar.

Esta cultura nos puede tender trampas si no ponemos atención. Si el valor es acumular riquezas, es posible que nosotros pasemos todo el día trabajando pensando que el pasar más tiempo en el trabajo nos dará más dinero, cuando en realidad estamos perdiendo un tiempo precioso en fortalecer nuestras relaciones con nuestros amigos, familiares, nuestras parejas y tal vez con nuestros hijos.

Esta cultura nos dice que el acumular poder es lo que debemos hacer y una vez acumulado podemos tener la libertar de hacer lo que se nos dé la gana. Podemos denigrar, insultar, excluir y dividir, al fin y al cabo, podemos pensar que este es nuestro derecho.

Esto es lo que hemos visto a través de varios meses. Hemos presenciado un resurgimiento en nuestro país de aquellos que han obtenido el poder de darse la libertad para promover sus mensajes de odio y exclusión.   Hemos presenciado en nuestro país el resurgimiento de aquellos que promueven el denigrar al ser humano.

Y es en estos momentos cuando el sermón de la montaña tiene sentido. Dichosos y bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán satisfechos. Dichosos y bienaventurados los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos.

Estas son las buenas noticias que el evangelio proclama en estos momentos. Estas buenas noticias nos son reveladas en estos momentos. Y es aquí cuando nos damos cuenta de que las escrituras no son solo palabras escritas sobre papel. Esas palabras que proclama el evangelio están vivas hoy. Y es en esos precisos momentos cuando nos damos cuenta de que Dios continúa hablándonos aquí y ahora.

Para muchos el veinte de enero marcó un día de victoria, pero para aquellos que en su pacto bautismal prometieron buscar y servir a Cristo en todas las personas y prometieron luchar por la justicia y la paz entre todos los pueblos, respetando la dignidad de todo ser humano, este día de triunfo para muchos pudo tal vez haber sido un día de lamentación para éstos otros.

Y es aquí cuando las buenas nuevas que proclama el evangelio hoy tienen sentido.

Dichosos y bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán satisfechos. Dichosos y bienaventurados los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos.

Alguien una vez dijo que el lamento es el principio de la esperanza y que la verdadera esperanza debe adoptar el lamento y todo lo aplasta nuestros espíritus. La esperanza es dolorosa, pero nos da la fuerza y la voluntad para seguir adelante en las circunstancias más oscuras.

Y ese destello de esperanza lo presenciamos con miles de personas que salieron a marchar un día después de que el presidente de los Estados Unidos tomo posesión del poder.

La marcha de las mujeres en Washington fue la mayor protesta coordinada en la historia de la República Americana. Parece que uno de cada cien estadounidenses salió a las calles el sábado en protesta de la ya pensada agenda del presidente y su nuevo gobierno que propone denigrar la dignidad de los más vulnerables de sus habitantes, usar como chivo expiatorio a la gente de color, culpando a los musulmanes, pretendiendo privar a las mujeres y hombres del control sobre sus vidas, profanando la creación de Dios y enriqueciendo a los ricos a expensas de los pobres.

¿Pueden sentir que el Dios que pretende llevar la unidad a todos tiene algo que decirnos algo aquí y ahora?

¿En lugar de miedo, pueden ver estos acontecimientos y nuestro tiempo actual como un desafío enviado para fortalecernos y probar nuestros lazos como hijos de Dios?

Dichosos y bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque serán satisfechos. Dichosos y bienaventurados los que trabajan por la paz, porque Dios los llamará hijos suyos.

En el sermón de la montaña Jesús propone una definición de ser dichoso y bendecido muy diferente a lo que estamos acostumbrados a escuchar en nuestra época. El sermón de la montaña nos anuncia las buenas noticias de que Dios estará con nosotros y nos bendecirá en los tiempos de tribulación y desafío.

El sermón de la montaña termina diciéndonos que los profetas que vivieron antes que nosotros también fueron perseguidos. Y fueron perseguidos porque tuvieron hambre y sed de justicia y trabajaron por la paz. Y siempre nos recordaron como lo hizo el profeta Miqueas, diciéndonos:

Oigan ustedes ahora lo que dice el Señor… El Señor ya te ha dicho, oh hombre, en qué consiste lo bueno y qué es lo que él espera de ti: que hagas justicia, que ames la bondad y que camines humildemente con tu Dios.

 
 
 
 
 
 
 

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