Domingo de Ramos (C) - 2013

March 24, 2013

Liturgia de las Palmas: en las congregaciones donde se acostumbra realizar la procesión de ramos, se invita a la comunidad a escuchar con atención el pasaje del evangelio y a proclamar el salmo con clara conciencia de que hoy acompañamos desde nuestra fe el último tramo del recorrido de Jesús en su ministerio público. Mientras caminamos hacia la celebración de la eucaristía dominical, meditamos en lo siguiente:

De acuerdo con la narrativa de san Lucas, Jesús ha concluido su ministerio público en toda la región de Galilea y Samaria; es decir, su labor evangelizadora en la periferia, fuera de Jerusalén, ha terminado y ahora arriba al mismo centro de su país, a la ciudad santa, Jerusalén.

Con toda seguridad, en la mente de Jesús y en la mente de todos los que celebran alborozados su llegada a la ciudad, incluidos sus discípulos, hay un mismo pensamiento: el desenlace definitivo del conflicto de Jesús con el judaísmo oficial, ante las autoridades del templo. Sin embargo, a pesar de tratarse de un mismo pensamiento, las perspectivas son muy diferentes: para los discípulos y para toda la gente sencilla que bate palmas a su paso, el desenlace tendrá que enmarcarse en la demostración definitiva de su poder mesiánico; por eso, ¡nadie quiere perderse el espectáculo! Todos quieren estar “en primera fila”.

En la perspectiva de Jesús, la puntada final de su ministerio público no tiene nada de espectacular ni llamativo; ya lo había anunciado él mismo a sus discípulos: “El Hijo del Hombre tiene que padecer mucho, ser rechazado por los ancianos, sumos sacerdotes y letrados, tiene que ser condenado a muerte y resucitar al tercer día” (Lucas 9:22; 9:44; 18:31). No es posible determinar a ciencia cierta qué tanta claridad tenía Jesús sobre su destino en manos de las autoridades de Jerusalén; eso es algo que aún se discute; pero lo que sí es absolutamente cierto es que sabía muy bien que ciertamente no iba a ser felicitado ni condecorado por los sumos sacerdotes ni nada por el estilo. Su arribo a Jerusalén podía determinar un rumbo diferente para su ministerio y quizás ponía en riesgo su propia vida. Con todo, Jesús no tiene en mente hacer un trato con las autoridades judías; él llevará hasta sus últimas consecuencias el ministerio que inició aquel sábado en la sinagoga de Nazaret, pase lo que pase…

Liturgia de la Pasión: en el mismo ambiente de silencio y contemplación en el que hemos escuchado el relato de la Pasión que nos narra san Lucas, meditemos profundamente en el significado de este desenlace entre Jesús y las autoridades de su pueblo.

Cada vez que escuchamos alguno de los relatos de la pasión que nos narran los cuatro evangelistas, son muchas las ideas que vienen a nuestra mente. Este año nos ha correspondido meditar sobre el relato que nos presenta san Lucas y bien vale la pena que centremos nuestra atención al menos en los siguientes aspectos:

En primer lugar, el marco inmediato del prendimiento de Jesús que nos presenta el evangelista: la última cena. Más allá de las palabras con que Jesús instituye el sacramento de la eucaristía, es importante recuperar dos elementos que a veces pasan desapercibidos: el testamento de Jesús a sus discípulos: “les encomiendo el reino como mi Padre me lo encomendó” (Lucas 22:29). Este testamento es tal vez el más íntimo deseo de Jesús, que no podía separarse nunca de aquella intencionalidad eucarística de compartir la mesa entre los hermanos. En efecto, celebrar la eucaristía debería ser en todo momento el signo visible de la aceptación de esa encomienda de Jesús: “a ustedes les encomiendo el reino…”.

El otro aspecto, ligado sustancialmente al primero, es el testimonio que Jesús pide a sus discípulos: “Los reyes de los paganos los tienen sometidos y los que imponen su autoridad se hacen llamar benefactores.  Ustedes no sean así; al contrario, el más importante entre ustedes compórtese como si fuera el último y el que manda como el que sirve…” (Lucas 22: 25-26). En la lógica del mundo, el que está a la mesa es el amo, el señor; sin embargo, en la comunidad de seguidores de Jesús, la lógica es a la inversa; no es más el que está a la mesa, sino el que sirve; esta es la lógica del reino que veintiún siglos después nos cuesta demasiado entender y practicar, lamentablemente.

Continuando con el desarrollo del juicio y la condena de Jesús, decíamos que vienen a nuestra mente tantos motivos de reflexión. Contemplemos otro más: nos preguntamos ¿cómo es que los representantes de la religión judía llegan al extremo de juzgar y condenar a muerte a un hombre que no ha hecho otra cosa que actuar en nombre del mismo Dios de los judíos? ¿Dónde estuvo la falla de Jesús? ¿Qué es lo que las autoridades religiosas no percibieron y en cambio sí percibió el centurión que al pie de la cruz llega a exclamar ‘realmente este hombre era inocente’? (Lucas 23:47), o en Marcos: “Realmente este hombre era el Hijo de Dios” (Marcos 15:38).

Vamos por partes: la actitud de las autoridades de Jerusalén tiene su respuesta en la manera cómo han percibido a Dios y cómo han hecho de su imagen un argumento perfecto para justificar cada una de sus acciones. Aquel Yahvé enamorado de unos esclavizados por el poderío egipcio, que no da el brazo a torcer hasta verlos libres, que marcha con ellos hasta la tierra de la libertad, ese Emmanuel, Dios-con-nosotros, ha desaparecido, o más exactamente, lo han hecho desaparecer los intereses de cierta clase, de ciertos grupos. La auténtica religión ha dado paso a una ideología con tintes religiosos que no admite ningún tipo de antagonismo. Todo lo que suene contrario al sistema establecido por la ideología, está automáticamente condenado a desaparecer: sea condenado el que diga o piense algo contrario a lo establecido por la “oficialidad”.

En tal sentido, entonces, la actuación de las autoridades del templo, está en perfecta lógica, en clara coherencia con la manera de ver y de entender la religión y con la imagen que la ideología se ha fabricado de Dios: un dios ajeno por completo a la realidad del pueblo, que no entiende de otra cosa que leyes y preceptos, un dios que NO VE, NO OYE NI ACTÚA, como el Yahvé de la liberación: “HE VISTO la opresión de mi pueblo en Egipto, HE OÍDO sus quejas contra los opresores, ME HE FIJADO en sus sufrimientos, y HE BAJADO a librarlos de los egipcios…” (Éxodo 3:7-9).

Así las cosas, Jesús no podía tener un trato diferente en el centro mismo del judaísmo oficial. Su mensaje y sus acciones, nunca fueron un apoyo para la ideología dominante; todo lo contrario: cada palabra, cada gesto, cada acción fueron desde el mismo inicio de su ministerio, un claro desafío o, si se prefiere, un continuo peligro para el oficialismo acantonado en la capital y, de un modo u otro, representado en ciertos ambientes oficialistas a lo largo y ancho del país. Recordemos que el mismo día que Jesús lanzó formalmente su proyecto de vida, por poco es lanzado por un despeñadero por algunos paisanos suyos que estaban en “comunión” con Jerusalén (Lucas 4: 28-30).

No se trata, entonces, de “justificar” el juicio y la condena a muerte de Jesús, eso jamás. Se trata sí de entender las circunstancias históricas que la motivaron; y lo más importante de todo: entender y cuestionarnos muy desde el fondo de nuestros corazones, por qué aún hoy subsisten ideologías con aquellos detestables tintes religiosos que hacen creer al pueblo que se presta un verdadero servicio a Dios cuando se excluyen, se eliminan y se pretenden hacer callar las voces de quienes claman justicia, trato justo en sus trabajos, igual dignidad por encima de cualquier raza o proveniencia. Todos quizás conocemos la historia de aquellos grandes mártires, hombres y mujeres, que han entregado sus vidas por causa del evangelio, de la verdad y de la justicia; y lo más sorprendente de todo: no los han asesinado incrédulos; han sido martirizados por “creyentes cristianos”, pero, como en el caso de quienes condenaron a Jesús, cegados por falsas ideologías religiosas que llevan a hacer creer que lo bueno es malo y lo malo es bueno. He ahí el extremo más peligroso y mortal del fanatismo religioso; el que mató a Jesús y sigue matando a los auténticos testigos de su reino.

En este ambiente de contemplación, de silencio y admiración ante Jesús crucificado, y durante toda esta semana de pasión, pidamos a Dios con toda la fuerza de nuestra fe que abra cada día más nuestros ojos, que no nos deje enceguecer por las falsas ideologías religiosas, que jamás nos dejemos convencer de que matar, eliminar, o siquiera excomulgar a un hermano porque piensa diferente, es una manera de agradarle o de servirle. Que los sucesos de Jerusalén… África, Asia, Europa, Oceanía, Norte, Centro y Sur América, nos hagan entender que el Dios de Jesús no necesita estos “servicios”, sino hermanos y hermanas construyendo juntos su reino y dando más y más testimonio de justicia, solidaridad y generosidad.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema