Domingo de Ramos (C) – 2010

March 28, 2010

A nadie le gusta un fracasado. Cuando Jesús entró en Jerusalén el Domingo de Ramos montado en un burrito, la gente estaba loca de alegría. Cortaron palmas para saludarle y aclamarle como el Mesías prometido: ¡El que les iba a resolver todos sus problemas y a expulsar a los invasores romanos de la tierra santa! Seis días después se volvieron contra él y pidieron a Pilato que lo sometiera a la muerte más cruel que existía en ese tiempo, es decir que lo crucificara.

¿Por qué cambió la gente de opinión de una manera tan rápida y radical? ¿Por qué muchos ahora están perdiendo la fe y vacilando después de algún sufrimiento personal o de una catástrofe masiva como los terremotos de Chile y de Haití? ¿Por qué después de más de dos mil años todavía no entendemos la naturaleza de la salvación que Dios nos ofrece en Cristo Jesús? En términos de la fe estamos todavía al nivel de un niño de tres o cuatro años que espera que su padre o su madre pueda solucionar todos sus problemas. Por eso, pensaron que Jesús era un fracasado y un farsante y se volvieron en contra suya.

Pero el poder de Dios no es el de evitar el sufrimiento en este mundo sino algo muy distinto de lo que se piensa. El poder de Dios no es evitar los terremotos, el desempleo o la tragedia humana, sino hacernos capaces de superar cualquier desgracia que pueda ocurrirnos, incluso el abandono o la misma muerte. El gran poder de Dios es el amor que ha puesto en nuestros corazones a través de su Espíritu Santo. Ese amor no solamente es para ayudarnos unos a otros, sino para que podamos seguir adelante a pesar de todas las dificultades de la vida que a veces parecen insuperables.

Es cierto que él nos ha prometido un reino donde ya no existirán el sufrimiento y la injusticia. No tenemos que esperar hasta la muerte para experimentar la realidad de esa promesa. El reino de Dios ha comenzado ya de la manera más inesperada a través de la muerte de un hombre que cumplió la voluntad de Dios y todo lo que Dios había anunciado por medio de los profetas. La prueba de su reino es el amor que él ha puesto en nuestros corazones.

Si creemos que nuestra felicidad consiste solamente en ser multimillonarios como Bill Gates, Warren Buffet, o cualquier estrella de cine entonces no hemos entendido todavía la buena nueva del evangelio de nuestro Señor Jesucristo. La verdadera felicidad se encuentra no fuera sino dentro de nosotros en una vida de perdón, amor y misericordia.

Cuando el millonario Aristóteles Onassis, el esposo de la viuda del presidente Kennedy murió, alguien dijo en el funeral: “Este hombre era muy rico. Y preguntó: ¿Cuánto dinero habrá dejado?” Alguien contestó: “¡Este hombre lo dejó todo!”

Solamente podremos llevarnos el fruto del amor de Dios en nuestros corazones. Ese amor de Dios es lo que nos produce una felicidad más grande que lo que puede dar el poder, la fama y el dinero. Ésta es la promesa del Mesías que el pueblo no pudo entender y por eso lo crucificaron. Pero para los que podamos entenderlo, Jesús no fue un fracasado sino que triunfó sobre el pecado y sobre la muerte. Ésta es nuestra victoria. Otra vez vamos a tener el privilegio de recordar y celebrar la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Y en esa celebración estaremos celebrando el triunfo definitivo del Salvador, y los eventos sagrados de la semana más importante en toda la historia.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema