Domingo de Ramos (A) - 2014

April 13, 2014

Estamos al comienzo de la gran semana cristiana. La pregunta que debemos hacernos en este día nos la presenta san Mateo: “Cuando Jesús entró en Jerusalén, toda la ciudad se alborotó, y muchos preguntaban: ¿Quién es este?, y la gente contestaba: Es el profeta Jesús, el de Nazaret de Galilea” (Mateo 21: 10-11).

Los que no pertenecía a este agasajo triunfal y lo presenciaban formularon una pregunta absolutamente lógica: ¿Quién este hombre? Cualquiera de nosotros, en ocasión semejante, lo hubiéramos hecho. Sin saberlo, estaban formulando una pregunta que, muchísimos hombres y mujeres de todas las razas y edades, se han preguntado, se preguntan y se preguntarán.

Se acerca el final de la vida terrena de Cristo y se aproxima el momento de la gran verdad. El momento en que tendrá que demostrar hasta qué punto su doctrina y su vida no eran pura teoría sino durísima práctica.

Esta semana es un auténtico compendio de la vida de Jesús. Una semana, en la que brillará con luz propia la sencillez, la serenidad, la humildad, la entrega, el amor más allá del que merece la propia vida. Acabará esta gran semana con el triunfo de Pascua, el día por excelencia.

La tradición de la entrada triunfal de un rey a una ciudad viene de los reyes de Israel cuando el rey David, ordenó: “Háganse acompañar de los funcionarios del reino, monten a mi hijo Salomón en mi mula y llévenlo a Guijón” (1Reyes 1:33). Pero Jesús escoge un animal más humilde, una borrica, que era la montura del pueblo pobre. No es un rey guerrero y violento, sino que entiende el servicio como lema de su reino.

El estilo de Jesús difiere con las expectativas del pueblo que quiere ver en él la restauración de la monarquía de Israel y la liberación política de los romanos opresores. La multitud que le ha seguido desde muy lejos, a la hora de afirmar el compromiso, se han echado atrás. Incluso, hasta los discípulos estaban confundidos y no entendían su programa.

En su soledad silenciosa, seguro de su misión y fiel a su proyecto, Jesús avanza hacia Jerusalén, hacia la muerte que sabe pronto llegará. No necesita fijarse mucho para ser consciente de que sus enemigos tienen bien pensada y decidida su muerte. Pero él avanza tranquilo con valentía. Es coherente, y confía en la causa que ha proclamado en toda su corta vida, el reino de Dios.

Así lo expresa el profeta Isaías, refiriéndose a un siervo de Dios: “El Señor es quien me ayuda: por eso no me hieren los insultos; por eso me mantengo firme como una roca, pues sé que no quedaré en ridículo” (Isaías 50:7).

Jesús confía plenamente en el Padre, aunque sienta, como hombre normal que es, la debilidad. De ella serán testigos los olivos de Getsemaní. Con todos estos sentimientos encontrados, su entrada en Jerusalén este día es una demostración de su entera libertad.

Avanza hacia la muerte porque quiere, a sabiendas de lo que le espera en la ciudad dentro de pocos días. No puede saber cuántos; para que sean los más posible, por eso no dormirá en la ciudad en estos días. Por algo tiene en Betania amigos fieles.

Mateo no los menciona; pero los niños en este día son personajes muy importantes; junto al borrico, gritando su alegría y levantando ramos y trapos al viento, adornan la fiesta y la llenan de alegría. Es su manera de expresar su adhesión a Jesús. Jesús antes los ha bendecido muchas veces, hoy les sonríe complacido.

Los niños, ajenos a la malicia de los adultos, abren su corazón a la amistad y a todo lo noble. Jesús lo sabe y los quiere. Mientras tanto, el borrico sigue a compás lento su camino. Hoy es pieza clave. En él hoy todo lo humilde, simple y sencillo quedó ensalzado por el noble uso que de él hizo el maestro.

Así lo relata san Mateo: “Vayan a la aldea que está en frente. Allí encontrarán una burra atada y un burrito con ella. Desátenla y tráiganmelos. Y si alguien les dice algo, díganle que el Señor los necesita y que en seguida los devolverá” (Mateo 21: 2-3). Esta era una orden.

En general, en cuanto a la pasión, Mateo sigue a Marcos; acentúa la responsabilidad del pueblo judío en la muerte de Jesús. Así lo expresa el evangelista: “Toda la gente contestó: nosotros y nuestros hijos nos hacemos responsables de su muerte” (Mateo 27: 25).

Mateo presenta a Cristo en el centro de la pasión. Él domina de forma magistral la situación. Sus sufrimientos quedan iluminados por tres hechos: primero, Jesús entrega su vida por la salvación de todos; segundo, hace ver que Jesús cumple libremente la voluntad de Dios; y, tercero, hace ver que sabe cuándo ha llegado su hora.

Mateo aporta reflexiones propias y las formula con textos y salmos del Antiguo Testamento. Son detalles propios de él: “Las treinta monedas de plata, el sueño de Pilatos, su lavatorio de manos, la confesión pública de Judas y su arrepentimiento” (Cfr. Mateo 27:3ss.).

Esto nos hace tomar conciencia de los sufrimientos y dolores que Cristo pasó para salvarnos. La pasión de Cristo es también nuestra pasión. Jesús continúa sufriendo la muerte en todos los hombres y mujeres privados de libertad, sin lo necesario para vivir dignamente, esclavos de ídolos, drogas, pobrezas e ignorancia. Muchos se venden o son vendidos por lo que no tiene sentido ni valor.

Unos, nos lavamos las manos de la pobreza estructura del mundo o queremos suponer que no tenemos ninguna parte en ella. Otros, huimos de la verdad y de los problemas, como Pilatos. Mientras a los más necesitados les toca avanzar en soledad con su cruz a cuestas, como Jesús. Si somos amigos de Jesús, tenemos que infundir fortaleza solidaria y disminuir el peso de la cruz en nuestros hermanos.

La misión de nosotros como cristianos la formula Pablo en este himno de la carta a los filipenses 2: 5-11. En él se proclama la trayectoria de Jesús bajando hasta lo más profundo de la experiencia humana y levantado luego por Dios hasta la altura de la divinidad.

Así lo relata Pablo: “Aunque existía con el mismo ser de Dios, no se aferró a su igualdad con él, sino que renunció a lo que era suyo y tomó la naturaleza de siervo” (Filipenses 2:5). Es decir, se vació por dentro y por fuera. Quiso experimentar la debilidad, el dolor, el miedo y la soledad total.

Por esto tenemos un intercesor válido ante el Padre que conoce por experiencia lo que es ser criatura de barro. Solo el amor puede empujar tan abajo y alcanzar profundidades tan hondas. Nos salvó desde dentro, penetrando en el misterio del pecado que cargó sobre sus hombres.

Su ejemplo nos estimula a la solidaridad, a la humildad y a la esperanza, ya que estos campos de soledad y de muerte, por donde pasó el pecado han sido pisados por Jesús con la cruz a cuestas. Sus hondas huellas han hecho brotar vida y esperanza donde solo había sombre y muerte.

 
 
 
 
 
 
 

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