Domingo de Ramos (A) - 2011

April 17, 2011

El pasaje que narra la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, montado en un asno, está recogido en todos los evangelios aunque con diversidad de matices, de acuerdo a las diferentes tradiciones en las que se apoyó cada uno de los evangelistas.

El acontecimiento hay que situarlo en las circunstancias del judaísmo de la época de Jesús. La sociedad judía de ese entonces tenía una estructura marcadamente clasista y discriminadora, organizada en partidos alrededor de una concepción teocrática. Saduceos y fariseos, sacerdotes y levitas, campesinos, artesanos y cobradores de impuestos configuraban el complejo entramado de la sociedad judía. La dinámica de este tinglado social era sostenida por sus reglas y normas religiosas compendiadas en el Pentateuco.

En ese contexto nació Jesús y en él desarrolló progresivamente su conciencia mesiánica que lo impulsa a iniciar su ministerio público, cuya última semana se inicia con la entrada triunfal en Jerusalén que hoy conmemoramos.

Jesús inicia el trayecto final de su vida entrando intencionalmente en la ciudad sagrada de una manera sencilla y asombrosa. Por el lado opuesto de la misma ciudad amurallada se llevaba a efecto otra entrada, ésta con toda la parafernalia del poderío militar del gobernador impuesto por el Imperio Romano. La entrada del poder romano tenía el fin de prevenir, con su presencia, la ocurrencia de disturbios o levantamientos. Y es que, estando cercana la Pascua judía, multitud de judíos se acercaban a la ciudad santa para cumplir con ese día tan trascendental para ellos.

La entrada de Jesús no fue mera coincidencia. Su entrada deliberada suponía un desafío al poder romano que buscaba evitar revueltas, estableciendo orden. Los gritos de la gente clamando hosannas al Hijo de David, tuvo que poner en vilo a las autoridades romanas. Y podríamos preguntarnos, ¿cómo es posible que los soldados romanos no intervinieran para disolver tan inesperada entrada triunfal?

También podríamos preguntarnos: ¿Acaso Jesús quería ser aclamado y reconocido como el Mesías esperado durante tanto tiempo por el pueblo de Israel? ¿Se propuso explotar las expectativas mesiánicas de su pueblo? Puede que algunas expectativas de triunfo sí cupieran en las mentes de los discípulos y de algunos grupos mesiánicos. Y al ver a Jesús entrando en Jerusalén, montado en un burrito, creyeran llegado momento del cumplimiento de la profecía mesiánica: “Mira a tu rey que está llegando”.

Evidentemente, el gesto humilde de Jesús de entrar en Jerusalén montado en un saso revela que su mesianismo no seguirá los esquemas del poder y la gloria. Antes bien, su constante oposición a toda violencia, demuestra que su mensaje, nos es de odio y de batallas, sino de amor y reconciliación.

Para el poderío romano, la entrada de Jesús, una vez superado el primer susto, tuvo que resultar algo chistoso y de mofa: ¿cómo alguien sin armas, sin soldados y subido en un asno podría ofrecer peligro alguno?

El gesto de Jesús resultó curioso para la mayoría de los presentes, así que la población de Jerusalén se preguntaba: “¿Quién es éste?” La multitud humilde, es decir, el grupo que seguía a Jesús, contestaba: “Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”.

Según algunos expertos bíblicos este relato evangélico se escribió para comunidades de cristianos de primera y segunda generación después de Jesucristo, para fortalecer su fe ante las dificultades que empezaban a encontrar.

Al transmitir la narración de la entrada en Jerusalén, Jesús está planteando la forma cómo Jesús quiere entrar en la vida de las comunidades y en la vida de cada persona. Su mesianismo era liberador y salvador de toda atadura humana. Un reino de paz y de armonía interior. De igualdad de derechos y oportunidades en una sociedad donde las desigualdades abundaban.

La liturgia de este domingo tiene una segunda parte. El efímero triunfo desparece para dar lugar al relato de una de las condenas más vergonzosas que se registren en la historia de la humanidad. Jesús es traicionado por Judas, negado por Pedro, y los demás apóstoles lo abandonan. Pilato, que tiene poder para perdonarlo, porque no encuentra en Jesús acto que merezca castigo, decide enviarlo al suplicio de la cruz. Jesús muere en la cruz, como un criminal. ¿Dónde está el triunfo de hace unas horas? ¿Qué peligro suponía este hombre, humilde, sencillo, que todo lo había hecho bien? Así fue de vergonzosa la condena y muerte de Jesús.

Sin embargo, una revulsión interior se iría produciendo en el interior de las conciencias de muchos de esas personas. Pedro se arrepiente de haber negado a su maestro y el centurión y la tropa que custodiaba a Jesús reconocen, con toda sinceridad que han crucificado a un inocente, y se hace una confesión realmente asombrosa: “Realmente éste era Hijo de Dios”.

Este domingo de Ramos y de Pasión es una ocasión propicia para que cada creyente se pregunte cómo ha sido la entrada de Jesucristo en la propia vida. Su ingreso ocurrió en el bautismo cuando nacimos a la vida de Dios e ingresamos en la familia de Jesucristo.

¿Cómo hemos incorporado la vida de Jesús en nuestras vidas? Más específicamente, ¿cómo hemos incorporado la entrad triunfal de Jesús en Jerusalén y su siguiente pasión en nuestras vidas? ¿Recibimos a Jesús el domingo para olvidarnos de él el resto de la semana?

La semana que hoy iniciamos, con esta liturgia tan cardada de emociones y reflexiones, debe ayudarnos a pensar en nuestras propias vidas para ver cómo dan testimonio de aquel que por nosotros murió en la cruz.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema