Domingo de la Trinidad (C) - 2016

May 22, 2016

La migración de los pájaros es un fenómeno casi milagroso. ¿Cómo es posible que cientos de miles de aves hagan vuelos anuales tan regulares y tan exactos? La pardela oscura, por ejemplo, es un pájaro de alas largas que puede volar hasta 900 kilómetros por día. Todos los años, una bandada de pardelas realiza una migración de catorce mil kilómetros, viajando desde las Islas Malvinas, en el sur de Argentina, hasta una zona norte del océano Atlántico en la costa de Noruega. ¡Todos los años realizan el mismo trayecto y encuentran el mismo sitio del año anterior!

La gente de ciencia ha descubierto que las aves usan una serie de mecanismos para orientar el vuelo, incluyendo un sistema que les permite orientarse según los campos magnéticos de la tierra. Es decir: estos pájaros tienen una brújula incorporada. Esto es algo formidable, porque una brújula puede orientarnos sin importar si es de día o de noche, si se trata de un día claro o si hay una gran tormenta.

¿Tenemos nosotros una brújula?

¿Tenemos un sistema de orientación que nos guíe de día, de noche, cuando está nublado e incluso cuando enfrentamos una gran tormenta?

La lectura de hoy, del evangelio de Juan indica el momento en que Jesús les prometió a sus seguidores que recibirían esa brújula. Jesús les dijo: “Cuando venga el Espíritu de la verdad, él los guiará a toda verdad”.

Aunque el Espíritu de verdad, o el Espíritu Santo, no aparezca mencionado con ese nombre en el Antiguo Testamento, sí se menciona el Espíritu de Dios que inspiraba a los profetas. Las lecturas de hoy nos invitan a identificar el Espíritu de verdad con esa sabiduría que, según Proverbios, existía con Dios antes de la creación del mundo. En el capítulo 14 de Juan, Jesús identifica ese Espíritu de la verdad, ese Espíritu Santo que les va a enseñar a los discípulos y recordarles todo lo que Jesús les había enseñado. En el evangelio de Juan, Jesús se identifica permanentemente con Dios Padre, y afirma que el Espíritu Santo—a veces llamado el Defensor o el Consolador—es una continuación de la presencia de Jesús. Hoy el calendario de la iglesia celebra el Domingo de Trinidad en el cual recordamos y celebramos el misterio de Dios como una Trinidad: Dios Padre Creador del universo, Dios Hijo nuestro redentor Encarnación de Dios, y Dios Espíritu Santo Defensor que nos santifica, nos inspira y nos recuerda las enseñanzas de Jesús. Un solo Dios.

Después que Cristo ascendió al cielo, la historia de la Iglesia se ha caracterizado por la presencia del Espíritu Santo. Los hombres y las mujeres de la Iglesia primitiva, al igual que los de la iglesia de hoy, sintieron que mediante el Espíritu Santo, Dios se seguía manifestando. Cuando en el Nuevo Testamento ocurren conversiones, sanaciones, visiones, y manifestaciones destacadas de fervor religioso, la Biblia suele indicar que ésas eran manifestaciones del poder del Espíritu Santo. Y en la lectura de hoy de la carta a los Romanos, Pablo les dice a los miembros de la Iglesia que ese Espíritu Santo proviene de Dios y nos llena de amor.

Creemos que en la iglesia seguimos gozando de la compañía del Espíritu Santo. Nos gustaría pensar que el Espíritu guía todas las decisiones que tomamos como iglesia e inspira las enseñanzas que impartimos. Pero la verdad es que no todos los líderes religiosos ni todos los miembros de la iglesia estarán de acuerdo con cuál es la decisión correcta que se debe tomar en un momento dado, o cuál es la mejor manera de interpretar el mensaje de la Biblia en ese caso.

Es posible e ideal que una familia que esté enfrentando una decisión importante ore para que Dios los inspire a tomar una decisión sabia. Sin embargo, también es posible que esos mismos padres, hijas e hijos no se pongan de acuerdo sobre la decisión correcta que deberían tomar. Ante tanto desacuerdo, ¿cómo podemos asegurarnos de que estamos recibiendo inspiración de Dios?

Aunque la brújula de Dios es perfecta, la manera en que leemos esa brújula es siempre imperfecta. Por eso es muy importante que recordemos lo que Pablo le dijo a los romanos: que el Espíritu Santo nos llena de amor. En Gálatas, capítulo 5 versículo 22, Pablo da una explicación todavía más detallada cuando se refiere a los dones del Espíritu: “Lo que el Espíritu produce es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”.

Más importante que entender la inspiración del Espíritu Santo con exactitud, es que hagamos que ese Espíritu resida en nuestras vidas. ¿Cómo sabemos que el Espíritu de Dios nos acompaña? Porque vemos los frutos del Espíritu en nuestra vida y en nuestra relación con los demás. Por ejemplo, si una familia está buscando inspiración divina para decidir si deben mudarse a una nueva ciudad, asegúrense de que en las discusiones y los debates que tengan haya “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”. Sin importar tanto la decisión que tomen, ese amor, esa alegría y esa paz son la prueba de que el Espíritu de Dios acompaña a la familia. Esos dones del Espíritu van a hacer que la familia sobreviva, cuando encuentren dificultades, incluso si más tarde llegaran a la conclusión de que no habían tomado la decisión más sabia.

Una congregación religiosa, una misión o una parroquia, funciona de manera similar: Puede haber desacuerdos; puede haber puntos de vista muy diferentes y puede haber debates muy fervorosos entre los líderes y los miembros de esa iglesia. Pero todos tienen que asegurarse de que predomine “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”. Sin importar tanto las decisiones que tomen como congregación, ese amor, esa alegría y esa paz son la prueba de que el Espíritu de Dios reside en la parroquia. Una parroquia que tiene amor, alegría y paz puede sobrevivir decisiones equivocadas, momentos dolorosos, debates acalorados y dificultades de todo tipo.

Algunos líderes religiosos creen que el Espíritu de Dios solamente se manifiesta de manera dramática: Por ejemplo, al hablar en lenguas; o desmayándose en medio de la adoración; o bailando durante la misa; pero el Espíritu Santo nos puede guiar y acompañar de manera más aquietada. El proceso de descubrir la presencia de Dios puede ser suave y sutil: En vez de un rayo fulminante que cae del cielo, puede ser una simple corazonada; puede ser un momento muy sencillo de descubrimiento personal; puede ser un momento en que cambiamos nuestro punto de vista y empezamos a ver un problema o una situación con ojos nuevos y con más claridad. ¡Descubrir el Espíritu de Dios es un proceso que nos lleva toda la vida!

Hay un episodio de la Biblia en el que el profeta Elías estaba buscando al Señor. Dice el primer libro de Reyes, capítulo 19 que “un viento fuerte y poderoso desgajó la montaña y partió las rocas ante el Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Después del viento hubo un terremoto; pero el Señor tampoco estaba en el terremoto. Y tras el terremoto hubo un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Pero después del fuego se oyó un sonido suave y delicado”. Y cuando Elías escuchó ese sonido suave y delicado, se cubrió la cara con una capa, porque sabía que el Espíritu de Dios se manifiesta a menudo en sonidos suaves y delicados, y no se requieren actos dramáticos y llamativos.

Cuando tengamos que tomar decisiones en nuestra vida, busquemos siempre que Dios guíe el proceso. Busquemos la voz suave y delicada que buscaba el profeta Elías. Y no olvidemos que incluso después de orar y pedirle ayuda a Dios, es posible que tomemos una decisión equivocada, o una decisión que produzcan tristeza y dolor. Pero si tenemos fe en Dios, vamos a asumir las consecuencias con humildad; vamos a seguir buscando paz espiritual; y vamos a seguir buscando la guía divina.

Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, tiene una armonía perfecta, una unidad que nosotros debemos imitar, aunque no lo logremos de manera completa. ¡Como seres humanos, no somos una unidad perfecta! Somos más bien como una bandada de pájaros, volando en el medio de la noche, buscando interpretar correctamente la brújula divina. Pero al mismo tiempo, sabemos que no estamos volando solos: Que somos uno de miles de pajaritos, y que la única manera de ser una bandada, de sobrevivir un largo invierno y de encontrar nuestra Tierra Prometida, es la de volar todos juntos. Por eso es que debemos alentarnos mutuamente en el trayecto, ayudarnos unos a otros, y decirnos el uno al otro, una y otra vez: “A mí me parece que la brújula hoy nos guía en esta dirección”.

 
 
 
 
 
 
 

Contact:
Christopher Sikkema