Día de Pentecostés (C) - 2016

May 15, 2016

¿Alguna vez han estado tan apasionados por algo, tan llenos de convicción y de energía frenética que pareciera como si estuvieran encendidos con el fuego de su pasión? ¿Han sentido que su corazón late con fuerza y a su mente las ideas se agolpan ante la posibilidad y el deseo de trabajar por el reino de Dios así en la tierra como en el cielo?
Si ha sido así, entonces han experimentado algo parecido a lo que se llama Pentecostés. Pentecostés es la fiesta en el calendario de la Iglesia cuando el Espíritu Santo desciende sobre compartiendo al lado de su Maestro Jesús. Pentecostés fue una ocasión sorprendente y significativa. Como se describe en la lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles, el Espíritu Santo vino “de repente” y en la forma de un “viento violento”. Este viento “llenó toda la casa” y causó que lenguas de fuego aparecieran entre ellos y descendieran sobre cada persona allí reunida. Es posible que ustedes hayan visto representaciones artísticas de los discípulos con estas llamas en forma de lengüeta que descansa sobre la parte superior de sus cabezas. En ese momento, todo el mundo, “lleno del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba la habilidad de hablar” ¡Qué imagen más intensa y poderosa!

El Espíritu Santo es la poderosa expresión y presencia del Dios vivo en medio de nosotros. Una vida de fe arraigada en el Espíritu Santo es una fe de fuego. Es una fe en fuego. No es una fe tímida. Es viva, dinámica y valiente. Es una fe que busca la paz, que busca la justicia y sana las heridas, los lugares en los que el pueblo de Dios – toda la humanidad – ha sido pisoteada, rechazada, profanada. Es una fe que impulsa los límites del amor, de la compasión y de la liberación de Dios más allá de nuestra comprensión y capacidades humanas. El Espíritu Santo enciende el corazón en llamas, y pone nuestras mentes y cuerpos a trabajar en el camino de Jesús.

Al reflexionar sobre este don del Espíritu que Dios concede a los seguidores de Jesús, podemos imaginar cómo y dónde este Espíritu se ha manifestado en nuestro mundo contemporáneo, y hoy en día, en nuestras propias vidas. Desde los grandes movimientos históricos sociales de la humanidad, que nos han impulsado hacia el reconocimiento y a la afirmación de la dignidad humana de cada persona en este planeta, a las obras individuales de gracia, valor y compasión, todo ello es obra del Espíritu Santo. Como ejemplos tenemos el trabajo de los abolicionistas en Estados Unidos como Harriet Tubman, que nació como esclava, pero se escapó y ayudó a lanzar lo que se conoció como el “ferrocarril subterráneo”, la red de casas seguras y activistas que proporcionaron un camino a la libertad para miles de personas de ascendencia africana. La misma Tubman fue al menos a trece misiones, arriesgando ser capturada y asesinada al tratar de rescatar a setenta familias esclavas y a amigos. Comenzó su obra como una forma de libertad personal, y luego se convirtió en catalizadora de un movimiento de personas que buscaban la liberación contra un injusto y horrendo sistema de prisión y servidumbre impuesto sobre todo un pueblo. Tubman, conocida como la “Moisés” por su incansable compromiso para liberar a su pueblo, y por la fortaleza espiritual que proporcionó, realmente vivió una vida en el Espíritu, caminando y siguiendo a Jesús con humildad, compasión y un corazón de lucha incansable por la justicia.

Podemos vivir apasionados sobre toda clase de cosas: la música, los deportes, la comida, la familia. Pero ¿qué enciende su corazón en el fuego de una pasión por lo espiritual? Hoy en día parece que hay necesidad de que vuelvan a aparecer lenguas de fuego; necesidad de voces valientes que proclamen la verdad del Evangelio. En muchos casos, hemos perdido el espíritu de Pentecostés en la Iglesia. Cambiaremos las vestimentas y los altares con el color rojo litúrgico, que simboliza el fuego, pero ¿realmente sentimos el fuego? ¿Lo vivimos de manera práctica? ¿Estamos llenos del Espíritu cuando salimos de la iglesia y lo llevamos con nosotros a nuestros hogares, a los lugares de trabajo y a las calles, donde persisten el sufrimiento, la injusticia y el trauma?

En el pasado, hemos observado a otros con un liderazgo carismático para que nos guiaran en el camino. Tuvimos voces poderosas como la del Dr. Martin Luther King. Pero ¿nos hemos olvidado de lo que les ocurrió a nuestros queridos líderes carismáticos, que allanaron el camino? ¿Hemos olvidado lo que le pasó al Dr. King? ¿A Gandhi? ¿A Jesús? Nuestros sistemas de poder y de autoridad los mataron. Los matamos. Porque desconfiamos de su mensaje profético, amoroso, pentecostalmente rico, debido a que estaba demasiado cerca de donde Dios quiere que estemos. A veces observando a estos líderes que se han convertido en algo más grande que la vida misma, nos resulta a nosotros, gente “regular”, difícil de seguirlos. Pero recordemos que Harriet Tubman y muchos otros mismos abolicionistas sin nombre, eran esclavos, o simplemente gente común y que lucharon por su propia libertad, y luego se dieron cuenta de que Dios les había dado la responsabilidad de liberar a otros. Recordemos que, en la lectura de los Hechos de hoy, todos los presentes se llenaron del Espíritu, ¡lenguas de fuego cayeron sobre todos los que estaban reunidos! Podemos encontrar más afirmación de esto, más adelante en la lectura de los Hechos, cuando el discípulo Pedro pronuncia las palabras del profeta Joel:

“En los últimos tiempos-dice Dios-
Derramaré mi Espíritu sobre todos:
sus hijos e hijas profetizarán
sus jóvenes verán visiones
y sus ancianos tendrán sueños.
También sobre mis servidores y mis servidoras,
derramaré mi Espíritu aquel día y profetizarán.
Haré prodigios arriba en el cielo
y abajo en la tierra:
sangre, fuego, humareda;
el sol aparecerá oscuro,
la luna ensangrentada,
antes de llegar el día del Señor,
grande y glorioso.
Todos los que invoquen el nombre del Señor se salvarán”. * 

El propósito de estas palabras, no fue el que la gente esperara a los últimos días, en la esperanza de que el Espíritu apareciera. Su objetivo fue, y continúa siendo, el que el pueblo de Dios, en el aquí y ahora y en todas las edades, acepte el poder del Espíritu Santo que continuamente está siendo derramado sobre toda la humanidad. En este momento. Sobre toda gente: hijos e hijas, jóvenes y viejos, esclavos y libres. Homosexuales y heterosexuales, documentados e indocumentados, sobre los que están sanos y los enfermos. Sobre TODOS.

Necesitamos desesperadamente un resurgimiento, una insurgencia de fuego pentecostal en la Iglesia de hoy, de tal manera que pueda romper y abrir las paredes de la Iglesia. De modo que la falsa división de lo sagrado y de lo profano en el mundo pueda ser destruida y reconciliada. De tal manera que nosotros, como personas de fe, tengamos el valor de entrar en los márgenes, y ser la constante, amorosa presencia del amor y de la justicia en los lugares de mayor sufrimiento y dificultad.

No podemos esperar a otro Martin Luther King o a otros líderes carismáticos para que nos muestren el camino. Todos debemos hacer algo de nuestra parte para ser los/las Harriet Tubmans de hoy, y abrirnos el camino. Cada uno de nosotros debe encontrar la libertad personal que nos da Dios, y ver que esta libertad se entrelaza con la libertad de los demás. Este es el camino que Jesús creó para sus discípulos. El Espíritu ardiente de Dios de Pentecostés nos ayudará a conseguirlo. ¡Así que miren alrededor de su vida, de su iglesia, de su comunidad, abran los corazones, y vean dónde está el Espíritu que les guía! Amén.

* La Biblia de nuestro pueblo: Biblia del peregrino.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema