Día de Pentecostés (C) – 2013

May 19, 2013

Como culmen de la máxima celebración de los misterios de Cristo, llegamos hoy a la celebración de Pentecostés, el acontecimiento que, unido a la pasión, muerte y resurrección de Jesús, se convierte en el más importante motivo sobre el cual queda confirmada o, si se prefiere, fundada, la comunidad de los creyentes; es decir, la Iglesia.

Sea esta pues, la ocasión para alabar al Padre y a su Hijo Jesús por el inmenso regalo que nos ha dado en el Espíritu. Que esta celebración nos ayude en verdad a entrar con fe y con alegría en ese misterio insondable de la presencia siempre actual de Dios-Padre-Madre, Hijo y Espíritu Santo en la comunidad y en cada uno de nosotros.

El evento de la venida del Espíritu Santo sobre los creyentes confirma, ratifica, la vida de la comunidad y, más aún, la fortalece y como que le da voz propia para que se lance a la tarea encomendada por Jesús: anunciar a todos los pueblos la Buena Nueva del Evangelio.

Significa esto que antes de Pentecostés ya había creyentes convencidos y quizás enamorados del proyecto de Jesús, pero que aún no se arriesgaban a lanzarse a la misión evangelizadora. Si volvemos a mirar cómo comienza la primera lectura que acabamos de escuchar, comprenderemos mejor este aspecto: “Cuando llegó la fiesta de Pentecostés, se encontraban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar”.

Vamos a tratar de ubicarnos en aquel ambiente que nos describe Lucas para aprovechar mejor el mensaje de este domingo. El ambiente inmediato es la celebración de la fiesta judía denominada Pentecostés o fiesta de las Semanas, una festividad que se celebraba cincuenta días después de la Pascua y que coincidía con la recolección de los primeros frutos de la cosecha.

Miremos muy bien entonces qué podía estar pasando por la mente de los creyentes que nos dice Lucas “estaban reunidos en un mismo lugar”: se está desarrollando una festividad judía, pero ya este grupo de creyentes no es judío; es más, probablemente ya los judíos han expulsado de la sinagoga a todo el que confesaba el nombre de Jesús (de hecho, esto ocurrió entre los años 85 al 90). El dilema salta a la vista: “no podemos meternos en la celebración judía, somos señalados por el pueblo judío como traidores o apóstatas… permanezcamos aquí, encerrados, mientras pasa la fiesta”. ¡Una buena solución!

Pero fijémonos bien: este encerramiento o distanciamiento de la religión judía va a marcar precisamente el inicio de una nueva manera de experimentar la vivencia personal y comunitaria de la fe: el grupo de los creyentes va a descubrir que es en y desde la comunidad como hay que comenzar a darle forma al proyecto de Jesús, y que esa comunidad que tiene que alcanzar una identidad propia, necesita algo más que buena voluntad, buenos deseos, entusiasmo para salir; necesita la fuerza y la animación del Espíritu Santo.

Esta convicción tan profunda, esta experiencia de fe, que de hecho es indescriptible, es la que trata de “describir” Lucas con la imagen de las llamas de fuego que se posaron en cada uno de los creyentes. A partir de aquí, la fiesta de Pentecostés judía que, como dijimos, coincide con el elemento natural de la cosecha y como elemento de tipo religioso espiritual recuerda el don del Ley en al Sinaí a través de Moisés, ya pierde por completo ese sentido para el seguidor de Jesús. Ahora, Pentecostés es la celebración del don del mismo Espíritu a cada creyente por parte del Padre y de Jesús. El don de las “tablas de la Ley”, ahora para el creyente es una fuerza viva, purificante, transformante. Esa es la imagen simbólica del fuego; fuego que no destruye, que no calcina a las personas ni las cosas, sino que purifica, transforma, da nueva vida, es decir, recrea, hace nuevas a las personas y las cosas.

Miremos, entonces, que el Espíritu Santo es como el elemento de ignición y el starter de la comunidad. Y viene aquí otro símbolo que introduce Lucas, que por supuesto, no podemos tomar al pie de la letra: el símbolo de la glosolalia: “los creyentes comienzan a hablar en lenguas” y todos les entienden. ¿Cuál podría ser el sentido de este símbolo?

Escuchamos en la lectura que en Jerusalén había judíos provenientes de diversas regiones del imperio, y en ese contexto, hemos identificado al grupo de los seguidores de Jesús que han tenido que ir encontrando la manera de establecer su propia identidad, identidad que queda sellada gracias a la experiencia de la presencia del Espíritu en cada uno y en la comunidad; esta identidad se muestra no tanto a través de palabras, sino a través del testimonio, de la vivencia de esa transformación que ha dado a cada uno la fe en la Resurrección y que se hace visible en la comunidad. Esto nos hace entender que no se trata de un acontecimiento que tuvo lugar el día X a la hora X, sino que fue un proceso de fe que, de todos modos, Lucas ubica en un instante preciso.

En síntesis pues, no se trata de que efectivamente, el grupo de creyentes hubiera comenzado a hablar palabras extrañas que la gente entendía en su propia lengua; se trata de ese nuevo lenguaje del testimonio que comienza a dar este grupo de creyentes ya no como un simple grupo, sino como una comunidad que se alimenta de la fe en Jesús resucitado y vive animada por la fuerza del Espíritu Santo. Si nos fijamos bien, el poder transformador del Espíritu está en que ese grupo que permanecía encerrado en un mismo lugar, es capaz de salir, es capaz de manifestarse públicamente y, sobre todo, es capaz de atraer la atención y, más que atraer la atención, está la capacidad de sembrar semillas de transformación en quienes los ven actuar.

Aquí es donde debemos marcar el origen concreto de la comunidad cristiana; los discípulos tenían una misma fe, fe en Jesús, muerto y resucitado; pero aún no eran una comunidad capaz de hacerse entender mediante el testimonio; vivían esa fe en la intimidad, y eso es lo que corrige de entrada el Espíritu Santo. Cada uno somos portadores del don de la fe; pero esa fe no tiene el mismo sentido cuando se vive de manera íntima, desconectada del medio en que vivimos, que cuando la hacemos vida en la comunidad; ahí se ve más palpablemente la acción del Espíritu.

¿Qué sentido tiene, entonces, para nosotros hoy la celebración de Pentecostés? Puede tener mucho sentido o puede que no tenga ninguno. No tiene sentido si no nos mueve a imitar las actitudes de la primitiva comunidad de los creyentes; es decir, a salir del encierro, del intimismo de la fe, para comunicar ante el mundo el mensaje de Jesús mediante el lenguaje del testimonio.

Quiere decir esto que Pentecostés para nosotros hoy cristianos y cristianas del siglo XXI, es todavía un oportunidad que nos regala el Señor para que abramos nuestro corazón, nuestra mente y nuestra voluntad, para ser llenados por la fuerza de su Espíritu, que dejemos de lado aquella fe egoísta que ingenuamente creemos tener simplemente porque decimos creer en Dios, en su Hijo Jesús y en el Espíritu, pero que no nos mueve a la transformación personal, que no nos anima a esa vivencia en la comunidad para hacer de la vida de la comunidad el testimonio visible de que hoy es posible apostarle a la propuesta de Jesús.

Abramos los ojos a la realidad en que vivimos, confrontemos nuestra fe y nuestra identidad cristiana y preguntémonos: mi manera de ser y de vivir como cristiano, ¿es un lenguaje que perciben y entienden los que me rodean, o ni siquiera se dan por enterados de que yo soy cristiano?

En una sola palabra: Pentecostés para nosotros hoy es la oportunidad que tenemos para “refundar” nuestra comunidad, no desechemos esa oportunidad; imploremos al Señor que derrame sobre cada uno ese fuego purificador y transformador; que nos dé la fuerza necesaria para salir de nuestro encierro, para mostrarnos como una comunidad que comunica el mensaje del Evangelio a través de su forma de vida, a través de su testimonio.

 
 
 
 
 
 
 

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Christopher Sikkema