Último Domingo después de Epifanía (C) – 2 de marzo de 2025
March 02, 2025
LCR: Éxodo 34:29–35; Salmo 99; 2 Corintios 3:12–4:2; San Lucas 9:28–36, (37–43a).

Al escuchar las lecturas bíblicas de este domingo tal vez nos preguntemos ¿por qué estamos leyendo este texto de la transfiguración de Jesús hoy? La respuesta tiene que ver con el poder que tiene la liturgia y el año litúrgico: tiempo celebrativo de la Iglesia, en el cual, movido por el Espíritu Santo con un poder extraordinario, nos lleva a través de los diferentes momentos de la vida de Jesús y del pueblo de Dios con un ritmo propio para guiarnos y alimentarnos en nuestra vida de fe. La palabra de Dios no es sólo para ser escuchada como una historia que ya pasó, sino que es palabra actual que inquieta nuestro corazón y nos transforma, afirma y compromete a vivir nuestra vida cristiana en profundidad.
Es así como la liturgia nos prepara ahora para un cambio en esta dinámica dominical que venimos desarrollando en la reflexión acerca de la vida y obra de Jesús. Dejamos la lectura de sus enseñanzas y obras en Galilea, su cotidianidad en la construcción del reino de Dios, para saltar hasta la lectura de su revelación gloriosa y magnífica. Concluimos así esta estación de la Epifanía dejando abierto el camino y preparado nuestro espíritu para entrar en la etapa cuaresmal que se inicia el próximo miércoles de Ceniza.
Lucas -quien escribe el evangelio en un momento en que su comunidad estaba siendo perseguida- en este texto de la transfiguración, nos muestra un movimiento muy importante para afirmar la vocación de los discípulos de Jesús, antes de iniciar su viaje hacia Jerusalén que terminará con su muerte y resurrección.
En el monte Tabor, a donde Jesús lleva a Pedro, Santiago y Juan, Cristo se desplaza en el tiempo, primero hacia el futuro, donde se muestra glorificado a sus discípulos con todo su poder; de ahí que su apariencia sea llena de luz y blancura, es un cuerpo glorificado, lleno de vida total y unidad plena con Dios. Luego, durante esta gran revelación, el evangelista se mueve al pasado de la historia del Pueblo de Dios para revelar a sus discípulos, y a todos los que se preguntaban sobre su identidad, que en Él existía una clara continuidad entre Dios, la ley de Moisés y la tradición profética de Israel. Jesús es el cumplimiento de la ley y la palabra anunciada por los profetas. En Él no hay rompimiento con el pasado, sino plenitud de lo anunciado por los profetas. Luego vuelve al presente y mientras habla con sus discípulos de lo que está sucediendo, son interrumpidos por una revelación hecha por Dios mismo quien afirma: “Este es mi hijo elegido”,y les da un mandato clave: “Escúchenlo.”
La transfiguración de Jesús es parte de la gran revelación o Epifanía de Jesús; toda su vida es una Epifanía: su nacimiento, su bautismo, su vida y ministerio; Él revela su gloria y su divinidad encarnada en su humanidad. A pesar de ello persistía en las multitudes y líderes religiosos -especialmente- muchas dudas sobre quién era aquel Jesús de Nazareth. ¿Acaso no era el Hijo de José? Pero la presencia de Jesús, tanto en su humanidad como en su divinidad, era más poderosa que todas las dudas e incertidumbres reunidas, hasta el punto que muchos deciden seguirlo, dejándolo todo, y caminan con Él inclusive hasta la cruz.
Escuchar esa historia de la transfiguración de Jesús en nuestra propia cotidianidad nos ayuda también a romper nuestras dudas, a afirmar nuestra fe, a vencer la soledad, el miedo, la angustia, para afrontar los retos y desafíos de la vida desde la fe. En Jesús, no sólo tenemos puesta nuestra fe en alguien que ensenaba, sanaba, consolaba y se ganaba la admiración y respeto de muchos, sino en aquel que es Hijo de Dios, un Jesús triunfante que comparte con Dios todo su poder y toda su gloria y que ama compartir la gloria de su divinidad con todo aquel que se acoge a él.
Ojalá que este relato de la trasfiguración de Jesús, como tantas otras historias sobre Él, nos lleve a la práctica espiritual de: conocer, escuchar, amar, seguir y servir a Jesús, dando nuestra vida por Él y por su reino hasta llegar a nuestro propio final. Ésa es la meta de todo buen cristiano.
Hagamos hoy de la celebración de la Eucaristía una fiesta a Jesús por habernos dado a conocer el rostro de su divinidad, y con el salmista proclamemos su grandeza y adorémosle porque es santo y es nuestro Dios. Amén.
El Rev. Fabio Sotelo es Sacerdote Encargado de la Iglesia San Eduardo, en Lawrenceville, Georgia, una parroquia bilingüe. El recibió una maestría en filosofía y literatura en la Universidad Santo Tomas de Bogotá, Colombia, una maestría en Teología en la Universidad de Santa María, Emmitsburg, Maryland y actualmente adelante un Doctorado en Liturgia en la Universidad del Sur, Suwannee, Tennessee.
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