Sermones que Iluminan

Cuaresma 4 (C) – 30 de marzo de 2025

March 30, 2025

LCR: Josué 5:9–12; Salmo 32; 2 Corintios 5:16–21; San Lucas 15:1–3,11b–32

La parábola del Padre misericordioso, tradicionalmente conocida como “El hijo pródigo”, es una de las más predicadas a lo largo de la historia de la Iglesia y uno de los textos más bellos del evangelio de san Lucas. Por su contenido, es también una de las enseñanzas “subversivas” y más audaces de Jesús, quien una vez más invierte nuestra manera tradicional de pensar, pues nos habla de la lógica del Reino, que es la lógica de la vida, la reconciliación, la gratuidad del perdón y el amor incondicional del Padre Dios por la humanidad; una lógica muy distinta a la de los dos hijos en la parábola y muy distinta a nuestra lógica en cuestiones como el castigo y la impunidad.

La parábola hace parte de las tres enseñanzas sobre la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. Jesús está en Jerusalén junto a sus discípulos y es seguido por mucha gente del pueblo que le ve sanando a los enfermos, expulsando los demonios y enseñando a través de parábolas o historias cortas para invitar a la conversión. Pero también está siendo seguido y amenazado por el poder romano y judío, especialmente los fariseos y sacerdotes que ya están pensando como desembarazarse de Jesús. Nos dice el evangelista que, como el Maestro, aun delante de los poderosos no oculta su acogida y amor por los pecadores y los publicanos, les cuenta esta parábola sobre la acogida y el perdón.

Se trata de la historia de la relación que se establece entre tres personajes: un padre y sus dos hijos, considerados en la tradición el uno “perdido” y el otro “fiel”. Quizás el público de Jesús al escuchar el inicio de la narración: “Un hombre tenía dos hijos…”, esperaba una historia sobre dos hermanos, como Caín y Abel, Ismael e Isaac, o Jacob y Esaú. Pero Jesús los confunde al mostrar un hijo menor que aparece como díscolo e inepto, y uno mayor celoso. Veamos la dinámica al detalle.

La parábola incluye tres diálogos que sostiene el Padre con sus hijos, en los que se muestran tres expresiones del amor. En el primer diálogo el hijo menor le dice al Padre: “dame la parte de la herencia que me toca”. Mucho se ha cuestionado si la solicitud del hijo es insolente, pues pedir la herencia de un tercio de la fortuna del padre, equivale a desear que el padre estuviera muerto. Y la narración continúa: “Entonces el padre repartió los bienes entre ellos”. Esto es verdaderamente llamativo: ¡no hay una reacción, oposición o intento de disuadir al hijo por parte del padre! Un padre así lo calificamos inmediatamente de débil o demasiado permisivo.

El amor que muestra el padre se puede entender como un amor ágape, cuya expresión primera es la aceptación de la forma única de ser del otro; una rendición frente al otro, un reconocimiento del derecho a realizarse del otro y la otra. En otras palabras, el padre no impone sus propios modelos, patrones o experiencias sobre cómo debería ser el hijo, sino que acepta y reconoce los ritmos, necesidades, voluntades del hijo. La aceptación es opuesta a la imposición, a la coerción, incluso al consejo. Sin duda una enseñanza sobre las dinámicas a seguir en las familias de hoy, cuando debemos reconocer el derecho de nuestros hijos e hijas a ser diferentes e independientes, a equivocarse incluso, acorde a su madurez y sus anhelos de vida.

Es difícil ser y actuar como este padre en nuestras culturas patriarcales y paternalistas. Tendemos a enjuiciarlos con el pretexto de nuestro amor y con la clásica afirmación de que “es por tu bien”. Apenas si “toleramos” y nos resignarnos frente a las posturas auténticas, acciones u opciones de vida de nuestros hijos o de nuestros próximos. Pero Jesús nos enseña que como madres y padres no podemos coartar, ahogar sus anhelos, ni proyectar en ellos nuestras propias experiencias: el padre hizo aquello que el hijo más deseaba, aunque muy probablemente el padre intuía que al hijo podría no irle bien.

Y efectivamente, ya sabemos que las decisiones y acciones del joven no le llevaron por buen camino. Al final malgastó la fortuna y se convirtió en un trabajador en condiciones de servidumbre, prácticamente. Y aquí aparece el segundo diálogo: el hijo regresa abatido, arrepentido y reconoce frente al padre que no tiene derecho de llamarse su hijo. Pero incluso antes que el hijo hablara, sólo con verlo de lejos, el padre “lo vio y sintió compasión de él. Corrió a su encuentro y lo recibió con abrazos y besos”. ¡Qué hermosa imagen gráfica podemos hacernos de ese encuentro!

Hubiera sido razonable, lógico, “normal” que el padre aceptara las condiciones del hijo. Al menos tendría que regañarlo, reprenderlo, darle un escarmiento, aunque después –sólo más tarde, no ahora- lo perdonara. Un “buen” padre o madre actuaría así. Pero Jesús no nos llama a ser “buenos” a la manera de nuestras culturas y tradiciones: nos llama a ser madres y padres como lo es Dios, en perfección de amor, perdón y entrega. Se ha entendido esta dimensión del amor ágape como rehabilitación. El padre acoge y satisface las necesidades del hijo: le viste, le calza, le pone un anillo como señal de restauración de su dignidad, le alimenta y hace una fiesta con el becerro más gordo, le besa, abraza y da cariño. En suma, le devuelve el sentido de pertenencia del hogar ante de toda la comunidad. Descubrir las necesidades, acoger y amar a los nuestros con un amor que restaure su dignidad pisoteada por la sociedad, allí cuando hay malas decisiones, bulling (acoso, matoneo), violencia de cualquier tipo, es la enseñanza del Maestro en este diálogo.

Por último, el amor ágape incluye a los otros y otras en la perspectiva de la conciliación y la reconciliación. El hijo mayor, que sí estaba trabajando, con toda razón expone su descontento. Es entendible que no quisiera ni entrar a la casa, ni participar de la fiesta; y desde nuestro juicio sería un acto de justicia tomar en cuenta sus quejas y lamentos. Por su parte, el padre podría hacerlo entrar con criterios de autoridad pues no se trata de que llegue a perturbar la alegría de la fiesta o dejarlo afuera y esperar que se le pasara el mal genio. Eso sería razonable también. Sin embargo, con amor, “su padre tuvo que salir a rogarle” que entrara y le dice: “tú siempre estás conmigo, y todo lo que tengo es tuyo. Pero había que celebrar esto con un banquete y alegrarnos, porque tu hermano, que estaba muerto, ha vuelto a vivir; se había perdido y lo hemos encontrado”. Este amor es inclusivo e incluyente, no deja por fuera a los terceros.

La conversión a la que llama el Maestro implica transformar nuestra manera de pensar, aquello que consideramos un razonamiento sensato, prudente, coherente, justo y necesario basado en nuestros códigos sociales, culturales y morales. No porque sea la manera habitual, razonable y “normal” de pensar, es la mejor. Jesús desordena nuestras lógicas sobre “cómo deben ser las cosas” en el orden personal y social, especialmente cómo concebimos el castigo, la culpa, la impunidad y la retribución frente a la falta. Jesús nos enseña un amor verdadero y más auténtico que el que nosotros damos. Ambos hijos necesitaban experimentar ese amor y misericordia. Dios no utiliza una lógica de premios y castigos; él acoge a todo el que necesita perdón y misericordia. La alegría del padre consiste en ver a sus hijos juntos, superando los conflictos como hermanos reconciliados.

La Rvda. Loida Sardiñas Iglesias es Presbítera de la Iglesia Episcopal, Diócesis de Colombia, donde ejerce su ministerio como Vicaría Auxiliar de la Catedral San Pablo, en Bogotá. Es doctora en Teología por la Universidad de Hamburgo y profesora de la Pontificia Universidad Javeriana en Colombia. Sus áreas de interés son la Teología Sistemática, el Ecumenismo y la Ética teológica.

¡No olvide suscribirse al podcast Sermons That Work para escuchar este sermón y más en su aplicación de podcasting favorita! Las grabaciones se publican el jueves antes de cada fecha litúrgica.

 
 
 
 
 
 
 
 

Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

Click here