Sermones que Iluminan

Cuaresma 3 (C) – 23 de marzo de 2025

March 23, 2025

LCR: Éxodo 3:1-15; Salmo 63:1-8; 1 Corintios 10:1-13; San Lucas 13:1-9.

Nos encontramos a la mitad del camino cuaresmal y la palabra del Señor nos propone, en el evangelio según San Lucas, una parábola que invita a comparar la vida espiritual con una planta productiva de la cual se esperan abundantes frutos para alimentar a muchos y para el deleite de su cultivador.

Los que hemos tenido la oportunidad de labrar la tierra, o por lo menos visitar los campos, sabemos que, con el correr del tiempo, y más aún en épocas de sequía, el suelo puede tornarse duro y árido y requiere ser removido, abonado, tratado con insumos especiales y regado con agua fresca para que recupere su productividad; así nos lo enseña el mismo Jesús en la parábola del sembrador donde pone de presente que existen suelos pedregosos y espinosos y otros de tierra buena y productiva.

En este sentido, nuestra vida interior puede llenarse de abrojos y tornarse difícil, árida y a veces vacía o incluso puede aparecer ante los demás muy bien cuidada -como la higuera del evangelio de hoy, la cual se muestra verde y frondosa, aparentemente saludable y fuerte-, pero que no produce ningún fruto que pueda transmitir amor, bienestar y alegría al entono en que vivimos, particularmente en los espacios más valiosos de nuestra existencia como la familia, la iglesia o nuestro lugar de trabajo o estudio.

Como creyentes que somos, podemos asistir a los ritos penitenciales de esta cuaresma, aplicar ceniza sobre nuestra cabeza o en nuestra frente, dejar de consumir determinados alimentos e incluso abstenernos de cosas buenas como sacrificio de ofrenda a Dios; pero si no ablandamos el corazón frente a las necesidades de nuestros hermanos y nos disponemos al servicio, si no flexibilizamos los juicios hacia los otros aceptándolos tal como son, si no abrimos la conciencia hacia la comunidad en la cual formamos una familia de fe para construir relaciones sanas y duraderas con Cristo y con el prójimo, es posible que todos los gestos externos, aun siendo  importantes, bien intencionados y estéticamente hermosos, se queden en la sola apariencia de la higuera y, por más que se busquen verdaderos frutos en ellos, no se encuentren evidencias de una verdadera vida cristiana en la que la misericordia sea la marca fundamental, tal como nos lo propone Jesús,

Somos seres espirituales en constante construcción y, aunque estamos llamados a la perfección, el camino para alcanzarla abarca toda nuestra vida. Somos personas ordinarias, como Moisés; quizá nuestro fuerte no son los discurso elaborados y llamativos, tal vez no tengamos suficiente credibilidad frente a nuestros hermanos porque caminamos por la misma senda que ellos y padecemos las mismas limitaciones; no somos los super humanos que quisiéramos ser, no somos superiores y seguramente ni siquiera mejores que ellos, como lo recuerda Jesús en el Evangelio de hoy al mencionar a los galileos sacrificados por Pilatos o  a las víctimas del desplome de la torre de Siloé, pero hemos sido escogidos y llamados por Él, quien nos fortalece y capacita permanentemente para dar testimonio de su amor.

Moisés tenía dificultades con su expresión verbal, era un hombre inseguro y temeroso, arrancado de su hogar por la violencia y criado por extraños en una cultura extraña, sin embargo Dios le revela su fuerza a través del fuego que no se extingue, su santidad en la tierra sagrada y su santo nombre “Yo Soy” para mostrarnos que Él es el único Dios verdadero, a quien se le puede identificar, conocer y amar, y quien nos creó a su imagen y semejanza, y nos dio un nombre, el día de nuestro Bautismo, otorgándonos una identidad propia y particular que debemos dignificar en nosotros y en los demás, ya que todo ser humano, como hijo de Dios, debe ser respetado, reconocido y amado.

Toda estructura humana política, económica, social o incluso religiosa que degrade al ser humano, no puede tener su origen y permanencia en el Dios de amor. Cuántos hermanos nuestros sufren y anhelan consuelo para sus vidas, en palabras del salmista como tierra seca, agostada, sin agua, deseando oportunidades de vida que les permitan liberarse del yugo de la esclavitud del pecado personal y social. Como iglesia estamos llamados a denunciar esas estructuras injustas que oprimen a los pueblos y no les permiten descubrir su dignidad de hijos de Dios. El mensaje cuaresmal está dirigido a todos, a cada cristiano llamado a recuperar su conciencia individual de criatura con vocación a la libertad y a la felicidad. También como colectivo debemos reconocer el valor de la casa común, generando espacios donde haya bienestar para todos y no solo para unos pocos, donde haya trabajo digno y bien pagado, educación, salud, recreación y descanso.

Han pasado siglos de historia y la humanidad necesita seguir escuchando la voz del Señor que nos ha hablado desde siempre. El apóstol Pablo, en la carta a los Corintios, nos recuerda que ya desde el caminar del pueblo de Israel por el desierto Cristo estaba presente en cada momento, en la mano poderosa de Dios cuidando de su pueblo, en la nube protectora y refrescante contra el candente sol; evoca a Cristo como la verdadera y eterna peña de Horeb y la luz resplandeciente y orientadora de la columna de fuego que indicaba el camino como presencia iluminadora del Espíritu Santo.

La historia de la salvación, desde el principio hasta nuestros días, muestra la presencia amorosa de Dios que nos invita a no repetir los errores del pasado, sino a reflexionar en ellos como ejemplo para construir un mundo mejor, libre de guerras, fanatismos, segregaciones y destrucción.

Es necesario dirigir nuestros anhelos más profundos a una verdadera conversión, removiendo de nuestros corazones todo lo negativo para permitir que el agua fresca de los sacramentos y el fertilizante de la Palabra Divina nos cambie por dentro y por fuera, permitiéndonos construir comunidades nuevas y transformadoras, selladas por el amor, que sirvan de ejemplo al mundo para que surja una nueva generación de cristianos que demos frutos abundantes de testimonio para llegar a la consolidación de una Iglesia pascual renovada.

El Rvdo. Ricardo Antonio Betancur Ortiz, es Abogado de profesión y Presbítero en la Diócesis de Colombia, ha practicado la docencia en temas de Anglicanismo y estudio del Libro de Oración Común en el Centro de Estudios Teológicos de la Diócesis. Actualmente es sacerdote asociado a la catedral de San Pablo en Bogotá.

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Contacto:
Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.

Editor, Sermones que Iluminan

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