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Sermón del Miércoles Santo del Obispo Presidente Michael Curry del oficio transmitido en vivo desde la iglesia de San Lucas del Campo, Nueva York

April 8, 2020

Lo que sigue es el texto del sermón del Miércoles Santo del obispo primado Michael Curry desde la iglesia de San Lucas del Campo [St. Luke in the Fields], Nueva York, Nueva York. Este sermón fue grabado con antelación para incluirlo en el culto a distancia de la Iglesia el 8 de abril.

Este sermón se puede ver en cualquier momento haciendo clic aquí.
El video aparece en la sección de "Semana Santa 2020" en la parte inferior de la página web. Busque dónde cambia el fondo de la página web de blanco a negro.

 

Iglesia de San Lucas del Campo

Miércoles Santo

8 de abril de 2020

 

Michael B. Curry

 

Y ahora en el nombre de nuestro Dios, amoroso, liberador y vivificador, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Les traigo saludos de sus hermanos y hermanas que son la Iglesia Episcopal, dondequiera que estén, y espero estar con ustedes en otra ocasión cuando podamos reunirnos para adorar a nuestro Dios y cantar juntos la canción del Señor.  Al entrar plenamente en esta Semana Santa, permítanme presentarles un texto de las Escrituras que los cuatro Evangelios invocan al comienzo de esta Semana Santa el Domingo de Ramos.

Proviene de Zacarías, su profecía registrada en el capítulo 9:

¡Alégrate mucho, hija de Sión!
    ¡Grita de alegría, hija de Jerusalén!
Mira, tu rey viene hacia ti,
    justo, Salvador y humilde.
Viene montado en un asno,
    en un pollino, cría de asna.
Destruirá los carros de Efraín
    y los caballos de Jerusalén.
Quebrará el arco de combate
    y proclamará paz a las naciones.
Su dominio se extenderá de mar a mar,
    ¡desde el río […]  hasta los confines de la tierra!

¡Alégrate mucho, hija de Sión! Mira a tu rey.

Hay otra manera. Si miran a esta semana que llamamos santa —y cómo se desarrolla a partir del Domingo de Ramos avanzando a lo largo de la semana hasta llegar al Jueves Santo y al Viernes Santo y a esa meseta desierta del Sábado Santo—, comienza con una gran procesión, la entrada de Jesús en la ciudad de Jerusalén, eso ya lo sabemos. Lo que a menudo se pasa por alto es que esa procesión de Jesús en Jerusalén no fue un accidente. No fue mera coincidencia; fue un acto de divina providencia planeado por Jesús y ejecutado estratégicamente para enviar un mensaje.

Hay otra manera, piensen por un momento, el escenario es la Pascua. Jesús y sus seguidores iban a Jerusalén para observar, celebrar y conmemorar la Pascua. Esta antigua ciudad santa de Jerusalén estaba llena de peregrinos de la Pascua. La ciudad estaba llena de gente por todas partes. Jesús lo sabía. Sabía que la ciudad estaba llena de gente y más hasta el punto de saber de qué se trataba la Pascua. La Pascua fue y es una celebración de la libertad. La Pascua recuerda cuando el pueblo judío, el pueblo hebreo, era esclavo en Egipto, y fue esa Pascua en que, después de una larga y prolongada serie de negociaciones entre Moisés y el Faraón, después de una larga campaña de plagas, que fueron boicots en su día, que fueron intentos de cambiar la mente de Faraón, después de que todo eso había fallado, Dios actuaría decisivamente, en esa noche de Pascua, para liberar a los cautivos.

La Pascua era una celebración de la libertad. La Pascua era una celebración de la libertad que Dios decreta y destina para todos los hijos de Dios. Fue en la Pascua que Jesús fue a Jerusalén. Fue en la Pascua que entró en la ciudad, en este festival de la libertad. Eso no fue un accidente. Al principio de la historia de ese Domingo de Ramos, Jesús les dice a algunos de sus discípulos que vayan a la ciudad, a cierto lugar, donde encontrarán un asno atado. Desaten el asno y tráiganmelo. Alguien se les acercará y les preguntará, ¿por qué están desatando el asno? Díganle tan sólo que el Señor lo necesita. Ahora bien, ese no es un curioso relato religioso, se trataba de un código, de una señal. Jesús era el líder de un movimiento clandestino, apasionadamente comprometido con el camino del amor de Dios como nuestra forma de vida, con un amor desinteresado y sacrificado y decidido a transmitir ese mensaje que libere a todo el pueblo de Dios, tanto opresores como oprimidos, que los libere a todos. Esa fue una contraseña.

En el relato se cuenta que cuando algunos de los discípulos entraron en Jerusalén hicieron exactamente lo que Jesús dijo, desataron el asno en ese lugar en particular. Alguien se les acercó y les dijo: ¿por qué desatan el asno? Y ellos respondieron: el Señor lo necesita, y la persona les entregó el asno. Eso no es un accidente. El Domingo de Ramos fue planeado. Jesús planeó entrar en Jerusalén el Domingo de Ramos. Planeaba entrar en la ciudad de Jerusalén en el festival de la Pascua.

Ahora bien, ¿por qué? Bueno, porque la Pascua era una fiesta de la libertad y el pueblo judío era un pueblo oprimido bajo la bota de hierro del imperio romano, un imperio brutal. Era una colonia, era un pueblo sometido. Vivía ahora en un nuevo tipo de servidumbre, un nuevo tipo de esclavitud. No ya en Egipto, sino en su propia tierra, bajo la bota de Roma. Era en la Pascua, cuando la ciudad estaba llena de peregrinos, que los gobernadores romanos entraban en la ciudad santa por la puerta occidental de la ciudad. Imagínense por un momento, Poncio Pilato entrando en Jerusalén con una legión de soldados delante de él, con la caballería que lo acompaña, con soldados que portan insignias: “César, hijo de Dios, emperador de Roma”. Pilato entró en la ciudad, nos dicen los historiadores, por la puerta occidental [por la ruta] que viene de la fortaleza de su palacio [de Cesarea] junto al mar Mediterráneo, entra en la ciudad con atuendo real, montando un caballo de guerra.

Los eruditos nos dicen que Jesús entró a la ciudad por la puerta oriental. Estuve en Jerusalén en la Semana Santa hace unos años y vi esa puerta oriental, el lugar por donde Jesús entró en la ciudad. Es probable que haya entrado aproximadamente al mismo tiempo que entraba Pilato enviando un mensaje: ni siquiera piensen en la libertad. Ni siquiera piensen en la libertad. Sois súbditos de Roma, esclavos del imperio. Ni siquiera lo piensen. Y Jesús entró en la ciudad no con un caballo de guerra, ni con una legión de soldados delante de él, ni con una caballería, entró en la ciudad humildemente cabalgando en un asno.

Bendito el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las alturas. Estaba enviando un mensaje a Pilato: esa es la manera del mundo. Dios tiene otra manera.

¡Alégrate mucho, hija de Sión!
    ¡Grita de alegría, hija de Jerusalén!
Mira, tu rey viene hacia ti,
    justo, Salvador y humilde.
Viene montado en un asno,
    en un pollino, cría de asna.

Y luego escuchen esto en la profecía:

Destruirá los carros de Efraín
    y los caballos de Jerusalén.
Quebrará el arco de combate
    y proclamará paz a las naciones.
Su dominio se extenderá de mar a mar,
    ¡desde el río […]  hasta los confines de la tierra!

Hay otra manera ¿No dijo él bienaventurados son los pobres y los pobres en espíritu? Hay otra manera, bienaventurados los pacificadores. Hay otra manera, bienaventurados los que son perseguidos porque se atrevieron a amar. Hay otra manera, bienaventurados los que viven apasionadamente para que la justicia equitativa de Dios pueda prevalecer. Hay otra manera, ama a tus enemigos, bendice a los que te maldicen, reza por los que te utilizan malignamente. Hay otra manera, padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Oh, hay otra manera, por esto todos sabrán que ustedes son mis discípulos, dice Jesús, en que se amen unos a otros.

Hay otra manera, amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este es el primer y grande mandamiento. Él dijo esto en Semana Santa, ama a Dios con todo lo que tienes y luego ama a tu prójimo como a ti mismo, de esto depende toda la ley y los profetas. Todo sobre lo que Moisés escribió, todo sobre lo que los profetas clamaron atronadoramente, todo lo que las Escrituras intentan enseñarnos, todo lo que la tradición está tratando de decirnos. Ama a Dios. Ama a tu prójimo. Ámate a ti mismo. Esta es la otra manera.

El amor es esa otra manera. Para mostrarnos cuánto, para mostrarnos ese camino.

Él deliberadamente entró a Jerusalén en ese asno. Deliberadamente renunció a su vida para mostrarnos que el amor no es egoísta, que el amor busca el bien, la prosperidad y el bienestar de los demás. Hay un viejo cántico espiritual, que dice de este modo: “Si cual Pedro hablar no puedes, ni orar cual Pablo oró, ve y cuenta que por todos Jesús murió en la cruz”.

Él no murió por sí mismo ni por lo que podía obtener de eso. Murió, entregó su vida, por los demás. Así es el amor. Entonces, cuenta del amor de Jesús, de cómo murió, no por sí mismo, de cómo murió para salvarnos a todos, y luego el cántico prosigue: “Bálsamo de amor hay en Galaad que alivia el dolor; bálsamo de amor hay en Galaad que sana al pecador”.

El mensaje de esta semana que llamamos Santa es que hay otro manera. La manera del amor desinteresado, sacrificial y redentor.

¡Alégrate mucho, hija de Sión! ¡Grita de alegría, hija de Jerusalén! Mira, tu rey viene.

El Rey de amor, dice el himno, es mi pastor,

su amor es verdadero;

su amparo no me faltará

pues yo soy su cordero.

Dios les ama. Dios les bendiga. Que Dios nos sostenga a todos en esas todopoderosas manos de amor.

 

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Nancy Cox Davidge
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