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Sermón de Pentecostés del obispo primado Michael Curry en el oficio transmitido en directo desde la Catedral Nacional de Washington

May 31, 2020

Lo que sigue es el texto del sermón de Pentecostés del obispo primado Michael Curry en el oficio transmitido en directo desde la Catedral Nacional de Washington el 31 de mayo de 2020.

Este sermón puede verse en cualquier momento haciendo clic aquí.

Este oficio de Pentecostés incluyó la colecta «Una oración por el poder del Espíritu en medio del pueblo de Dios», escrito especialmente para esta ocasión. Esta oración se incluye al final del texto del sermón.
 

Catedral Nacional de Washington
Pentecostés
31 de mayo de 2020

Pentecostés en una pandemia
 

Y ahora en el nombre de nuestro Dios amoroso, liberador y vivificador, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén

Hoy es el día de Pentecostés, al que a veces llamamos el cumpleaños de la Iglesia, el comienzo del movimiento de Jesús que se lanzó al mundo. Cuando el Espíritu de Dios, el mismo Espíritu que se posó sobre Jesús, cuando el espíritu de Dios descendió sobre los primeros apóstoles y seguidores reunidos. Fue el comienzo de lo que llamamos la Iglesia, este movimiento de los que siguen a Jesús. Pero este año, celebramos Pentecostés en medio de una pandemia, y de eso me gustaría hablar con ustedes por unos momentos. Pentecostés en una pandemia

Para un texto, las palabras del apóstol Pablo en Romanos capítulo 5:

Nosotros. . . nos gloriamos en nuestras tribulaciones, porque sabemos que la tribulación produce la paciencia, de la paciencia sale la fe firme y de la fe firme brota la esperanza. Y la esperanza no quedará defraudada, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestro corazón por el don del Espíritu Santo.

El viejo cántico espiritual lo dice de esta manera. Si no puedes predicar como Pedro y no puedes orar como Pablo, ve y cuenta que Jesús murió en la cruz por todos. Bálsamo de amor hay en Galaad que alivia el dolor. Bálsamo de amor  hay en Galaad para sanar el alma enferma de pecado.

Pentecostés en una pandemia. Realmente celebramos este Pentecostés en medio de una pandemia. La pandemia del COVID-19 es real. Es dolorosa. Y rezamos para que los científicos e investigadores y todas las personas que se esfuerzan en ello encuentren una manera de poner fin a esta pandemia. Pero hay otra pandemia, no del tipo viral, sino del tipo espiritual. Es una pandemia del espíritu humano, cuando nuestras vidas se centran en nosotros mismos, cuando el yo se convierte en el centro del mundo y del universo. Es una pandemia de egocentrismo. Y puede ser incluso más destructiva que un virus.

Esta pandemia de egocentrismo, por así decir, ha sido la causa raigal de todo mal creado por el hombre que alguna vez haya lastimado o dañado a cualquier hijo de Dios o incluso a la Tierra misma. La epístola de Santiago dice, y cito: «¿De dónde nacen las peleas y las guerras sino de los malos deseos que siempre están luchando en su interior? Ustedes desean algo y si no lo obtienen asesinan; envidian, y si no lo consiguen, pelen y luchan». Esa es la pandemia del egoísmo, del egocentrismo. Es la pandemia en la que yo soy el centro del universo y si soy el centro del universo, entonces todos los demás y todo lo demás, incluido ustedes, es la periferia.

Y esa pandemia es la causa raigal de todo mal humanamente creado que jamás se haya hecho. Cada guerra que se ha librado, cada fanatismo, cada injusticia, cada mal que se ha cometido. Cada vez que un ser humano ha lastimado a otro ser humano hijo de Dios, directa o indirectamente, explícita o implícitamente, la causa fundamental es que yo estoy en el centro del mundo y tú en la periferia. El Dr. Martin Luther King llamó a esto la revolución copernicana a la inversa. Donde no es el sol el centro del universo, sino el yo. El amor es el antídoto para eso. El amor es la cura para eso. El amor es lo que puede ayudarnos a eliminar esa forma de vida y a establecer una forma de vida donde encontremos la vida para todos nosotros.

Si cual Pedro hablar no puedes,
ni orar cual Pablo oró,
ve y cuenta que por todos,
Jesús murió en la cruz.

Existe el bálsamo en Galaad que puede sanar a los heridos. Existe el bálsamo en Galaad que puede sanar el alma enferma de pecado. Hay una cura para esa pandemia. Amor sacrificial desinteresado. Si escuchan al autor del cántico espiritual, eso es lo que captaron. Jesús no murió por sí mismo, murió por los demás. Murió por el bien y el bienestar de los demás, no por nada de lo que pudiera sacar provecho. Fue un acto desinteresado, por así decir, un acto de sacrificio. Y es esa forma de vida desinteresada, incluso sacrificada, la que tiene la capacidad espiritual innata de salvarnos y ayudarnos a todos.

Jesús, siguiendo las enseñanzas de Moisés, nos dijo hace mucho tiempo: amarás al Señor tu Dios y a tu prójimo como a ti mismo. Amar a Dios y amar al prójimo y amarse de verdad a uno mismo. No es un amor propio falso, sino genuinamente amarse a uno mismo. Ese es el camino. Ese es el camino a la vida. No sólo para nosotros individualmente, sino también para nosotros colectivamente como sociedad y para nosotros globalmente como una familia humana mundial. El amor es el camino. No es un simple sueño utópico. Es nuestra esperanza. Nuestra única esperanza Y es la cura para esta pandemia causada por el espíritu humano.

Pero que nadie les engañe. No se trata de gracia barata o de religión edulcorada. No es fácil. No es fácil vivir una vida desinteresada. No es fácil. Y la verdad es que mucho de lo que vemos a nuestro alrededor es el fruto de este insano egoísmo, que al parecer se impone. Pero una vez más, lo espiritual puede venir en nuestra ayuda. El cantor lo expresó de esta manera:

Cuando siento que en mi vida,
es vana mi labor;
mi espíritu renueva
el buen Consolador.

Bálsamo de amor hay en Galaad
que alivia el dolor;
bálsamo de amor hay en Galaad
que sana al pecador.

El amor es el camino, pero no siempre tenemos el poder de vivir de esa manera. Pero el espíritu del Dios viviente tiene ese poder, porque creo que si leo mi Biblia correctamente, 1 de Juan capítulo 4, dice: «Queridos, amémonos unos a otros, porque el amor viene de Dios; todo el que ama es hijo de Dios y conoce a Dios, porque Dios es amor». Si Dios es amor, y el Espíritu de Dios es el espíritu de la esencia, la vida y el corazón de Dios, entonces cuando ese espíritu se derrama sobre nosotros, el amor que es el corazón de Dios se derrama sobre nosotros y el amor se hace posible. Pero es difícil

La semana pasada, no solo tuvimos que sufrir una pandemia ocasionada por un virus, una pandemia viral, sino que también tuvimos que sufrir y enfrentar una pandemia espiritual. Las raíces del egocentrismo donde una persona puede mirar a otra y despreciarla y rechazarla, y ni siquiera considerarla como su igual hijo de Dios. Hemos visto una vez más lo inimaginable hecho posible. Ha causado un gran sufrimiento o mejor aun [ha acentuado], en la Tierra, el gran sufrimiento que ya estaba allí.

En Minnesota, el asesinato de George Floyd fue una violación de la decencia y la dignidad humanas básicas. Y todos lo vimos. Todos lo vimos. Quizás el dolor más profundo que viene con eso es que no fue un incidente aislado. Le sucedió a Breonna Taylor el 13 de marzo en Kentucky. Le sucedió a Ahmaud Arbery el 23 de febrero en Georgia. ¿Y debo mencionar a Melissa Ventura, Paul Castaway, Sandra Bland, Eric Garner, Michael Brown, Trayvon Martin? Este es un camino doloroso que hemos recorrido durante mucho tiempo. Hemos progresado tanto en nuestras relaciones humanas y en nuestras relaciones raciales y, sin embargo, esto parece no haber cambiado en absoluto.

Tengo 67 años. A fines de la década de los sesenta y principios de los setenta, cuando era adolescente, sucedía lo mismo entonces. Mi padre, que era sacerdote episcopal, rector de San Felipe en Búfalo, también se desempeñó no sólo como párroco, sino como director de relaciones humanas del municipio de Búfalo. Y en ese carácter, luego de los disturbios de la década sesenta, lo contrataron y atrajo a otros para dirigir sesiones de entrenamiento de sensibilidad para agentes de la  policía en la fuerza pública de Búfalo. Eso era necesario porque algunos de los disturbios que tuvieron lugar resultaron precisamente de lo mismo que sucedió la semana pasada en Minneapolis.

Yo era un adolescente entonces y eso estaba ocurriendo en ese momento. Yo era un adolescente cuando mi padre me advirtió, al tiempo que aprendí a conducir, que «si alguna vez tienes encuentros con la policía, obedece, haz lo que te digan. No respondas y fíjate cómo mueves las manos». Me advirtieron eso en la década del 60 y aún tenemos que advertirlo hoy. De ahí provienen parte de la ira y la frustración que estamos viendo en nuestras calles. Es dolor y desilusión acumulados. Pero no sólo para los que se encuentran en las calles, sino para las personas decentes y de buena voluntad de todas las razas, de todas las tendencias, de todas las religiones, de todo tipo.

Hay una parte de nosotros que solo quiere levantar las manos, y en palabras del Salmista clamar, ¿por cuánto tiempo? ¿Por cuánto tiempo, oh Señor? ¿Por cuánto tiempo? Y sin embargo, no somos víctimas del destino. Somos personas de fe. No estamos destinados ni condenados a continuar nuestro pasado en nuestro presente y nuestro futuro. No necesitamos ser esclavos del destino. Seguimos las huellas de Jesús. Y Jesús nos enseñó que el amor se abrirá paso a toda costa. Nos enseñó que a veces uno tiene que tomar su cruz y seguir sus pasos. Y que si te atreves a seguir su camino del amor, encontrarás el estilo de vida de Dios. No nos someteremos al destino. No debemos ceder ante el destino. Debemos atrevernos a seguir a Jesús en el camino del amor que puede salvarnos a todos.

Pero yo no tengo el poder para hacer eso todo el tiempo. Y sospecho que ustedes tampoco. Pero Dios lo hace. Y es por eso que el autor del cántico espiritual decía:

Cuando siento que en mi vida,
es vana mi labor;
mi espíritu renueva
el buen Consolador.

Bálsamo de amor hay en Galaad
que alivia el dolor;
bálsamo de amor hay en Galaad
que sana al pecador.

El amor es el camino. Puede salvarnos a todos. Y tal vez hemos visto una señal de ello. Y tal vez hemos visto una prueba de que, por el poder del Espíritu, podríamos ser capaces de hacerlo.

Los funcionarios de salud pública nos han dicho que todos debemos comenzar a usar —estas mascarillas faciales— cuando salimos en público. Y resulta interesante, cuando uno se pone la mascarilla no resulta divertido usarla. Nos han dicho que realmente la usas no para salvarte. No la usas para protegerte. La razón para usar la mascarilla es para no propagar nada. La usas para proteger a los demás. Es un pequeño inconveniente, un pequeño sacrificio que en realidad puede ser un símbolo de lo que significa amar. Y el posible milagro podría ser que si la uso para protegerte de mí, y la usas para protegerme de ti, o del virus dentro de ti, nos protegemos mutuamente y todos ganamos. Y ese es el poder del amor.

Si te doy lugar, y tú me das lugar, y si trabajamos juntos para crear una sociedad donde haya espacio para todos los hijos de Dios, donde cada ser humano, cada uno de nosotros sea tratado como un hijo de Dios, creado a imagen y semejanza de Dios, donde todos sean amados, todos sean honrados, todos sean respetados, todos creados como hijos de Dios. Si colaboramos para construir ese tipo de sociedad y no nos rendimos, entonces el amor puede salvarnos a todos.

Si cual Pedro hablar no puedes,
ni orar cual Pablo oró,
ve y cuenta que por todos,
Jesús murió en la cruz.

Bálsamo de amor hay en Galaad
que alivia el dolor;
bálsamo de amor hay en Galaad
que sana al pecador.

Entonces, caminen juntos hijos míos. Y no se cansen porque hay una gran acampada en la tierra prometida.
 

Un comentario acerca de Una oración por el poder del Espíritu en medio del pueblo de Dios:

Desde el Domingo de Pentecostés hasta el primer domingo de septiembre, el obispo primado Michael Curry y su homóloga luterana, la obispa presidente Elizabeth Eaton, invitan a las congregaciones e individuos a rezar regularmente «una oración por el poder del Espíritu en medio del pueblo de Dios». Esta oración, elaborada por un equipo de líderes de oración luteranos y episcopales a la luz de la pandemia del COVID, tiene como objetivo unirnos en una plegaria común y revivirnos para una misión común, dondequiera y como sea que nos reunamos.
 

Una oración por el poder del Espíritu en medio del pueblo de Dios
Dios de todo poder y amor,
te damos gracias por tu constante presencia
y por la esperanza que brindas en tiempos de incertidumbre y de necesidad.
Envía tu Espíritu Santo a encender en nosotros tu fuego santo.
Revívenos para vivir como cuerpo de Cristo en el mundo:
un pueblo que ora, adora, aprende,
parte el pan, comparte la vida, atiende a sus prójimos,
es portador de buenas nuevas, busca la justicia, descansa y crece en el Espíritu.
Dondequiera y de cualquier manera que nos reunamos,
únenos en oración comunitaria y envíanos en una misión común,
que nosotros y toda la creación podamos ser restaurados y renovados,
mediante Jesucristo nuestro Señor. Amén.
 

Las congregaciones pueden desear incorporar la oración al culto junto con la Colecta del Día, como parte de la Oración de los fieles o al final del oficio antes de la bendición o la despedida. Los individuos pueden rezarla en cualquier momento como parte de su propia disciplina personal de oración.

Este movimiento para la oración ecuménica es especialmente significativo a medida que nos acercamos al vigésimo aniversario del Llamado a la Misión Común, el acuerdo luterano-episcopal para compartir la plena comunión en aras del mayor objetivo de Dios en el mundo. El concordato se firmó el 6 de enero de 2001.

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Nancy Cox Davidge
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