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La palabra del Obispo Presidente Michael Curry a la Iglesia: sobre nuestra teología del culto

March 31, 2020

Una palabra a la Iglesia, sobre la teología del culto durante la pandemia del COVID-19, de parte del Obispo Primado de la Iglesia Episcopal:

 

31 de marzo de 2020
John Donne, sacerdote, 1631

Estimados amigos en Cristo Jesús,

Nos encontramos en la extraña posición de prescindir de la reunión física para adorar a Dios todopoderoso, no por pereza o por desobediencia, sino en obediencia al Señor Jesucristo, para quien la primacía del amor a Dios y al prójimo es el estilo de vida. En el contexto de la pandemia del coronavirus, prescindir de reunirse físicamente para escuchar la santa palabra de Dios y recibir el sacramento de la Santa Comunión es en sí mismo un acto de amor a Dios y a nuestro prójimo.

Como uno de nuestros antepasados espirituales clamó una vez: “¿Cómo cantar las canciones del Señor en una tierra extraña?” (Salmo 137). ¿Cómo cantaremos las canciones del Señor en esta tierra extraña y hostil del COVID-19? ¿Cómo celebraremos el culto público del Dios Todopoderoso? ¿Cómo proporcionaremos ministraciones pastorales a las personas enfermas, moribundas y necesitadas? ¿Cómo vamos a bautizar? ¿A ordenar? ¿Cómo? Le doy gracias a Dios por los obispos, sacerdotes, diáconos y todo el pueblo de Dios que han estado buscando formas de cantar fielmente las canciones del Señor, de manera que en verdad adoren a Dios y, al mismo tiempo, ayuden a sanar y proteger la vida humana.

Tengo la convicción de que la manera anglicana de seguir a Jesús contiene en su interior una forma y hábito de adoración y de liturgia que es de gran ayuda para nosotros en este momento. Bien puede ser que la amplitud y profundidad de la forma anglicana de oración común pueda ayudarnos ahora, cuando, por el bien de los demás, nos abstenemos de la reunión pública y presencial para escuchar la Palabra de Dios y recibir el Sacramento.

Con esto en mente, convoqué a un grupo para ayudarme a componer una reflexión teológica sobre cómo esta forma anglicana brinda orientación en este momento. Espero que esto sea un marco, un contexto teológico o una señal que apunte en dirección a algo de la sabiduría de la forma anglicana de oración común. Esto no es en modo alguno un conjunto de pautas, directrices o mandatos. Les encomiendo esta labor.

Dios, nuestro apoyo en los pasados siglos
Nuestra esperanza en años venideros,
Sé tú nuestra defensa en esta vida
Y nuestro hogar eterno.

Dios les ama. Dios les bendiga.
Guarden la fe,

+Michael

El Reverendísimo Michael B. Curry
Obispo Presidente y Primado
La Iglesia Episcopal

Una ofrenda de reflexión del Obispo Presidente Michael Curry

Sobre nuestra teología del culto: preguntas en tiempos del COVID-19

A través de la Iglesia Episcopal, la pandemia actual ha dado lugar a muchas interrogantes sobre los retos que la misma le impone a nuestra vida litúrgica. A los obispos se les pregunta: “¿Podemos hacer esto o aquello? ¿Permitirán esta o aquella forma de celebrar la Eucaristía o de impartir la Santa Comunión a los miembros de nuestras congregaciones?”. Hace algunos años, en un ensayo titulado “¿Existe una ética sexual cristiana?”, Rowan Williams observó que en los debates que entonces tenían lugar sobre los ritos matrimoniales para parejas del mismo sexo, esta manera de plantear el diálogo entre “lo permisible y lo no permisible” resultaba un callejón sin salida. La verdadera interrogante (y mucho más productiva) para un pueblo sacramental, decía él, no era simplemente si una práctica dada era “correcta o errónea”, sino más bien “¿Cuánto estamos preparados para que esta o aquella acción litúrgica tenga sentido?” ¿Cuánto estamos preparados para que tenga significado? Los sacramentos surten efecto por lo que significan.

Los sacramentos son acciones que dan un nuevo significado a las cosas. Las preguntas actuales acerca de la forma en que adoramos en un momento de distanciamiento físico radical invita a la pregunta de cuán preparados estamos para un determinado encuentro sacramental que tenga significado. Los sacramentos son acciones comunitarias que dependen de “cosas materiales”: pan y vino, agua y aceite. Dependen de reunirse y dar gracias, de proclamar y recibir las historias de la salvación, del baño lustral, de comer y beber juntos. Estas son realidades físicas y sociales que no son duplicables en el mundo virtual. Contemplar una celebración de la Eucaristía es una cosa; participar en una reunión presencial y compartir el pan y el vino de la Eucaristía es otra. Y, por supuesto, Dios puede estar presente en ambas experiencias.

Y eso es seguramente lo más importante de recordar. Desde la época de Thomas Cranmer, el anglicanismo predominante ha insistido en que la Sagrada Eucaristía se celebre en comunidad, con no menos de dos personas. En contraste con algunas prácticas medievales, la tradición del Libro de Oración estaba profundamente interesada en restablecer la conexión esencial entre la celebración de la Eucaristía y la recepción de la Santa Comunión. Con el tiempo, por supuesto, muchos factores contribuyeron a un descenso general en la celebración de la Eucaristía hasta fines del siglo XIX y principios del XX, y la Oración Matutina se convirtió en el oficio común del culto en el Día del Señor. Y aunque es bueno y correcto que la situación haya cambiado drásticamente y que la Santa Eucaristía haya vuelto a ser el principal acto de culto dominical en toda nuestra Iglesia, pocos sugerirían que la experiencia de la Oración Matutina de alguna manera limitó la presencia y el amor de Dios a generaciones de cristianos anglicanos. Hay miembros de nuestra iglesia en la actualidad que no disfrutan de una sostenida y regular celebración eucarística por una variedad de razones amén de esta pandemia: no son menos miembros del Cuerpo de Cristo por ello.

Prácticas como “llevar la comunión” presentan problemas de salud pública y distorsionan aún más el vínculo esencial entre una celebración comunitaria y la culminación de esa celebración en la recepción del pan y el vino eucarísticos. No quiere esto decir que la presencia del Cristo que muere y resucita no pueda recibirse por cualquiera de estos medios. Quiere decir que, desde una perspectiva humana, el pleno significado de la Eucaristía no se manifiesta obviamente en ellos. Nuestra teología es generosa al afirmar la presencia de Cristo en todos nuestros tiempos de necesidad. En una rúbrica en el servicio de Ministración a los Enfermos (p. 379), el Libro de Oración Común expresa claramente la convicción de que incluso si alguna persona no puede recibir físicamente el Sacramento por razones de extrema enfermedad o discapacidad, el solo deseo de la presencia de Cristo es suficiente para recibir todos los beneficios del Sacramento.

Richard Hooker afirmó que la oración comunitaria de los cristianos tiene una significación espiritual mucho mayor que la suma de las oraciones individuales de los miembros del Cuerpo [de Cristo]. A través de la oración colectiva, dijo, los cristianos participan en la comunión con Cristo mismo, “unidos ... a ese cuerpo visible y místico que es su Iglesia”. Hooker no tenía en mente solo la Eucaristía, que, en su tiempo, podría haber tenido lugar trimestralmente o, en el mejor de los casos, una vez al mes. Tenía muy presente la asamblea de fieles cristianos reunidos para el Oficio Diario.

Aunque no sea exclusivamente el caso, el culto virtual puede adecuarse más a los tipos de oración representados por las formas del Oficio Diario que por las dimensiones físicas y materiales que exige la Eucaristía. Y en nuestras circunstancias actuales, al hacer un mayor uso de este oficio, puede haber una oportunidad para recuperar aspectos de nuestra tradición que apuntan a la sacramentalidad de las Escrituras, la eficacia de la oración en sí, la santidad del hogar como la “iglesia doméstica” y la seguridad de que los bautizados ya están marcados para siempre como propiedad de Cristo. Somos miembros vivos del Cuerpo de Cristo, donde sea y como sea que nos reunamos. Las preguntas que les hacen a los obispos sobre estos asuntos son invitaciones a un compromiso más profundo con lo que queremos decir con la palabra “sacramento” y cuánto estamos preparados para que la Iglesia misma —con o sin nuestras habituales celebraciones de la Eucaristía— signifique respecto a la presencia de Dios con nosotros.

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