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Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal: palabras de apertura de la presidente de la Cámara de Diputados

June 9, 2020

Lo que sigue son las palabras de apertura de la presidente de la Cámara de Diputados, Gay Clark Jennings, en el Consejo Ejecutivo de la Iglesia Episcopal que actualmente sesiona en una reunión virtual hasta el 11 de junio.

Consejo Ejecutivo
8 de junio de 2020
Palabras de apertura

Buenos días. Me alegra estar con todos ustedes esta mañana y quiero darles la bienvenida, por primera vez, a personas de toda la Iglesia Episcopal a través de una transmisión en vivo en YouTube.

Dos veces en los últimos años, he viajado a Cape Coast, en Ghana, y en ambas ocasiones visité el castillo de Cape Coast, donde miles de africanos esclavizados fueron retenidos y luego embarcados a la fuerza para llevarlos más allá del Océano Atlántico. Quizás conozcan esa fortaleza, que incluía una iglesia anglicana construida directamente encima de las mazmorras donde recluían a los esclavos hombres. A las mujeres las retenían al otro lado de la fortaleza, más cerca de los dormitorios de los hombres blancos que las esclavizaban.

En este momento en Estados Unidos, cuando personas en todo el país se están levantando contra la injusticia racial, la brutalidad policial y el racismo sistémico, no debemos apartarnos de esta historia profundamente dolorosa, nuestra historia. Allí, en esa fortaleza, nuestra Iglesia se erigió, literalmente, sobre los cuerpos de negros esclavizados; y blancos de ambos lados del océano, que profesaban nuestra fe, lucraron enormemente, creando fortunas que han beneficiado a nuestra Iglesia durante siglos.[1]

Especialmente ahora, no debemos alejarnos de esa iglesia anglicana construida sobre la mazmorra de los esclavos. Es un símbolo atroz de lo que sucede cuando una institución predominantemente blanca como la nuestra valora su proximidad al poder y la riqueza más de lo que valora el evangelio. En nuestro caso, lo que ha sucedido es siglos de complicidad institucional con la esclavitud, con la segregación, con el encarcelamiento masivo y con las prácticas económicas y sociales del racismo sistémico.

Con demasiada frecuencia, nos enorgullecemos de que once presidentes hayan sido episcopales, de que presidentes y miembros del Congreso y magistrados del Tribunal Supremo adoren en nuestras iglesias, y de que los enterremos con pompa y solemnidad cuando mueran. Nos enorgullecemos de que, en los bancos [de las iglesias] episcopales de todo el país, puedan encontrarse a líderes cívicos y magnates de negocios y superestrellas de los medios de difusión. Todavía nos gusta nuestro acceso al poder y la riqueza.

Actualmente, hay muchos lugares en la Iglesia donde la gran riqueza a la que tenemos acceso se está utilizando para hacer mucho bien. Y nos sentimos justificadamente orgullosos de que nuestra historia también incluya a profetas como Absalom Jones, Pauli Murray, Thurgood Marshall y al mártir Jonathan Daniels. Pero en los últimos años, nuestra identidad como la Iglesia del establishment a veces ha obstaculizado nuestra voluntad colectiva de decir la verdad sobre las políticas y acciones racistas, xenófobas, antidemocráticas y las brutales acciones y prácticas policiales que las sustentan. Al igual que los anglicanos que adoraron en el castillo de Cape Coast, hemos ayudado a normalizar la opresión y el racismo y a las personas que lo imponen, porque nos hemos sentido demasiado cómodos con nuestra relación con el poder temporal.

La semana pasada, publicamos en el sitio web de la Cámara de Diputados un ensayo del Dr. Reuben Varghese, miembro del Equipo de Trabajo de la Teología de la Promoción de la Justicia Social, creado por la Resolución A056 de la Convención General de 2018. Reuben también es miembro de la iglesia de San Juan of [John’s], en Georgetown, Diócesis de Washington. En este ensayo Reuben dice que, con demasiada frecuencia, los episcopales blancos se comportan como si nuestras cuatro promesas bautismales —todas las cuales abordan modos de desmantelar el racismo sistémico e institucional— fuesen una opción y no un mandato.

«La interrogante que se nos presenta», escribe él, «es de qué manera, como miembros de la Iglesia Episcopal, colaboramos mutuamente para luchar por la justicia, no convirtiendo en opcional el hacer algo para ayudar a desmantelar el racismo sistémico e institucional».

«Las lamentaciones forman parte de nuestra tradición», prosigue él. «Dios ha oído esta lamentación de los oprimidos a lo largo de milenios: “¿Hasta cuándo, Señor, hasta cuándo?” Yo cambio esto», escribe él, «por “¿hasta cuándo, episcopales blancos, hasta cuándo?” Es decir, cuánto tiempo ha de pasar antes de que los episcopales blancos asuman la carga emocional de los oprimidos por la supremacía blanca en la Iglesia y fuera de ella porque es su obligación y su deber como parte del pacto bautismal, como personas bautizadas. Hay muchos que están cansados, incluido yo. De aquí que vuelva a preguntar: “¿hasta cuándo, episcopales blancos, hasta cuándo?”». Gracias, Reuben.

Ha pasado mucho tiempo desde que los anglicanos adoraban en esa iglesia construida sobre la mazmorra de los esclavos. No le quitemos los ojos hasta que nos hayamos arrepentido de la maldad que allí se cometió —y de otros innumerables lugares mucho más cercanos a casa— en nuestro nombre. No hay nada más importante que esto en nuestra agenda del Consejo Ejecutivo.

 

[1] La Resolución A123 de 2006 ha orientado una importante labor, particularmente en la Diócesis de Nueva York, para asumir el legado económico de la esclavitud que nos beneficia hasta el día de hoy.

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Nancy Cox Davidge
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