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Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal: sermón del Obispo Primado

July 29, 2020

Lo que sigue es el texto del sermón del obispo primado Michael Curry en la Cámara de Obispos, que se reúne virtualmente los días 28 y 29 de julio de 2020.

Cámara de Obispos
28 de julio de 2020
Sermón

En el nombre de nuestro Dios amoroso, liberador y vivificador, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Amén.

Según el capítulo 5 de Mateo, en el Sermón del Monte, Jesús dijo:

Han oído que se dijo: «Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo».  Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo.

El viejo góspel dice de esta manera:

Puse la mano en el arado del evangelio.
No he de tomar nada para el trayecto.
Con los ojos fijos en la recompensa. Persistan, persistan.
Con los ojos fijos en la recompensa. Persistan.

Nuestro tema para esta breve reunión es la comunión, divina y humana, la Sagrada Eucaristía y la reconciliación racial. Ahora, sospecho, de un vistazo, que el tema puede que no parezca tener mucho sentido: la Sagrada Eucaristía, la reconciliación racial, la comunión, divina y humana, en tiempos de pandemia. Y para estar seguros, parte del tema surge al escuchar las conversaciones que han tenido lugar en nuestra comunidad de obispos. Se ha hablado mucho sobre la Sagrada Eucaristía, y todos le hemos echado de menos [a la Santa Comunión]. Se ha hablado sobre el sacramento, y Señor, cómo lo hemos extrañado. Se ha hablado sobre el racismo y la realidad, y la realidad impuesta, redescubierta o develada, en el asesinato de George Floyd, de Breonna Taylor, de Tony McDade y de muchos otros.

Sagrada Eucaristía y justicia y reconciliación raciales; la comunión, divina y humana, pueden no parecer estar relacionadas, pero están íntimamente relacionadas. Están íntimamente relacionadas porque, en la superficie, parecen desconectadas, pero detrás de cada una está la lucha por la comunión y la relación con Dios, que es el creador de todos nosotros, y la necesidad de comunión y relación entre nosotros como hijos de un solo Dios, que es el creador de todos nosotros. Quiero decir, estos dos [elementos] están íntimamente relacionados, la visión del Reino de Dios que ven en el Nuevo Testamento; con sólo escuchar a Jesús. Es un reino donde la gente acude por las calzadas y los caminos, cuando gente de todas clases y condiciones se reúnen alrededor del trono. Cuando incluso Juan, en el Apocalipsis, dice: «Después de esto miré, y apareció una multitud tomada de todas las naciones, tribus, pueblos y lenguas; era tan grande que nadie podía contarla. Estaban de pie delante del trono…» Esa es la visión del cielo de Dios.

Y oramos, como el Señor nos enseñó: «Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo». No, la Sagrada Eucaristía no es un sacramento incorpóreo. Es, si mi teología es correcta (tengo que tener cuidado, sé que estoy entre teólogos), creo que hablamos de la Eucaristía como un anticipo del reino. Es un anticipo del sueño de Dios, lo que Dios pretende que suceda. Que cuando todos los hijos de Dios se reúnan alrededor del trono, cuando aprendamos a deponer nuestras espadas y escudos, a la orilla del río, y no nos adiestremos más para la guerra, donde no hagamos daño ni perjuicio, y todo [sea] el santo monte de Dios. Esa es la visión de la Eucaristía. Ese es el sueño de Dios, a lo que Jesús probablemente se refería, sospecho, cuando dijo: «En verdad, les digo que no volveré a beber del fruto de la vid». Lo dijo en la última cena. "No volveré a beber de la vid, del fruto de la vid, hasta que lo beba con ustedes en el reino».

Oh, hay una relación profunda, íntima y real entre el sacramento del altar y una forma sacramental de vivir la vida, y de ver la presencia de Dios, la presencia de Cristo en las especies del pan y el vino, y realmente ver la presencia de Dios, la imagen de Dios en la especie llamada el ser humano hijo de Dios, y si pueden adorar la presencia de Dios en el sacramento, y no nos atrevemos a adorar la presencia de Dios en el sacramento de todos sus hijos, eso bien puede ser el verdadero fruto del movimiento de Oxford. No se trataba de vestimentas. No se trataba de tabernáculos. Me encantan las vestimentas. Por eso soy obispo. Me encanta vestirme bien, pero no se trata de eso. Se trata de la comunión de todos los hijos de Dios reunidos alrededor del trono, donde Dios está en el centro, y la nueva comunidad, la amada comunidad, se hace real.

Puse la mano en el arado del evangelio.
No he de tomar nada para el trayecto.
Con los ojos fijos en la recompensa. Persistan, persistan.
Con los ojos fijos en la recompensa. Persistan.

No estamos aquí para discutir la mecánica de la Eucaristía. ¿Cómo va a suceder? Tenemos que resolver eso, lo sé, pero ahora no se trata de eso. Se trata de la comunión con Dios y la comunión de los unos con los otros. No estamos aquí sólo para resolver el problema de la raza. Estamos aquí para resolver el problema de la raza humana. Este no es el problema de los negros. Y voy a dejar que los blancos se liberen también. No es su problema. Este es nuestro problema. Tenemos que resolver esto juntos, comunión, eucaristía, y raza. Ambas tratan sobre la comunión con Dios y entre los individuos.

Algunas personas de la prensa le preguntaron al Dr. King, al final del boicot de autobuses de Montgomery, «¿qué fue, pues, el boicot? ¿Fue exitoso, de qué se trató? ¿Se ha logrado el objetivo?» Y él dijo: «No. Buscamos la desegregación del transporte público y ese tipo de cosas, pero queda trabajo por hacer». Y luego dijo una cita que estaba casi olvidada. Dijo: «Sí, tuvimos que desegregar el transporte público, y tenemos más que desegregar. Tenemos sistemas de injusticia que deben hacerse justos. Debemos encontrar el camino hacia una sociedad pluralista. Debemos abogar por la igualdad y la justicia. Debemos poner fin a la violencia criminal y a la violencia policial. Debemos hacer un mundo y un país, y nuestros países, donde todos los hijos de Dios sean tratados como hijos de Dios, sin importar quiénes sean».

Él dijo: «No. El fin no es la reconciliación». Dijo: «No. El fin no es la redención». Y luego dio un paso atrás y dijo: «No. el fin, el objetivo, es la creación de una amada comunidad». Mantengan sus ojos fijos en esa recompensa. El objetivo es la realización del reino, el reinado, la regla del amor de Dios, cuando Dios sea todo en todos. Mantengan sus ojos fijos en la recompensa. Nunca lo advertí en ese texto, y hoy voy a ser muy breve. Estoy a punto de concluir. Estamos cerca de eso. En Mateo capítulo cinco, donde Jesús, en el sermón del Monte dice: «Han oído que se dijo: “Ama a tu prójimo y odia a tu enemigo”.  Pero yo les digo: Amen a sus enemigos y oren por quienes los persiguen, para que sean hijos de su Padre que está en el cielo». Nunca se me ocurrió que estaba allí. Existe lo que a veces llamamos esa amada comunidad que se crea cuando el amor, el amor que Jesús nos enseñó, el amor que nos mostró cuando renunció a su vida, no por nada que pudiera obtener, sino por esa forma de amor desinteresado y sacrificado. Ese es el camino hacia la amada comunidad de Dios. Es el manera de redimir a nuestras naciones. Es la forma de superar la división entre nosotros. Amor desinteresado y sacrificado que busca el bien, ese amor es el camino.

Es el único camino. Es el camino al corazón de Dios, y el de unos a otros. Es el camino hacia la amada comunidad. Venga tu reino, hágase tu voluntad. Les he contado antes, en otras ocasiones, cómo mis padres se volvieron episcopales. Ambos crecieron bautistas en la antigua y clásica tradición bautista negra. Mi madre fue a la universidad; ella era matemática, de manera que estaba instalada en la racionalidad. [Pero] leyó a C. S. Lewis; y el acercamiento de éste a la fe la convenció y finalmente se confirmó. Mi padre se convirtió en su novio años después, y un día fueron a una iglesia episcopal. Esto fue a fines de la década del 40, entraron a una iglesia episcopal y sospecho que eran los únicos negros en la congregación. Y cuando llegó el momento de la comunión, él advirtió que había una copa común. Nunca antes había estado en una iglesia predominantemente blanca, y nunca había estado en una iglesia donde la gente estaba a punto de beber de la misma copa. Y cuando vio que mi madre bebía de una misma copa, el cáliz, y los blancos bebían del cáliz, se dijo: «En cualquier iglesia donde negros y blancos beben de la misma copa, hay algo acerca del Evangelio del que quiero ser parte». Les he contado esa historia antes. En ese momento, no lo dijo. Esas no fueron sus palabras. Sospecho que vio algo de esa amada comunidad, un anticipo del reino, y pasó el resto de su vida tratando de hacer que eso sucediera aquí en la tierra.

Sin embargo, hay otra parte de esa historia. Después de ver esa visión de la amada comunidad de Dios reunida alrededor de la mesa, de todas las razas, clases y tipos, decidió, porque había estado estudiando para convertirse en un predicador bautista, decidió convertirse en sacerdote episcopal. Y el sacerdote que lo estaba preparando para la confirmación, finalmente lo envió al obispo para la discusión sobre ir al seminario, a un seminario episcopal. Y fue a ese obispo, y después de que el obispo lo escuchó, el obispo le dijo y lo cito: «Lo siento, pero ya tengo un chico negro, no necesito otro». Y lo rechazó.

Bueno, afortunadamente, en aquellos días, había una red clandestina de clérigos negros. Solíamos ser de color entonces, pero había redes clandestinas, y la gente tenía sus costumbres. Y finalmente, alguien, mi padrino, lo llevó a la diócesis de Jeff Lee, la Diócesis de Chicago, donde finalmente fue ordenado y fue al seminario. La misma Iglesia donde había tenido esa visión de la comunidad amada en el sacramento del altar, era la misma Iglesia donde vio esa visión negada, y sin embargo no se rindió. No se rindió hasta que esa Iglesia realmente viviera las enseñanzas de su Señor, Jesús. Su camino del amor, donde habría mucho espacio para todos los hijos de Dios. Persistan en eso, en la visión de Dios, en la misión de Jesús, mantengan fijos los ojos en esa recompensa.

Eso fue lo que vi el domingo, cuando vi el cajón que llevaba el cadáver de John Lewis envuelto en una bandera estadounidense, cruzando el puente Edmund Pettus, pero no se trataba solo de John Lewis. Se trataba de Jimmy Lee Jackson, que había sido asesinado días antes. Se trataba de Jonathan Daniels que sería asesinado, de Viola Liuzzo. Se trataba de todas esas personas que caminaron aquel día, personas que fueron golpeadas aquel día, mientras llevaban el cadáver de John Lewis sobre ese río. Se trataba de ellos. ¡Era una gran multitud que ningún hombre podía contar, negros y blancos, ricos y pobres, gente de todas las religiones, de todas las tendencias, todos! Todos los hijos de Dios cruzaron ese puente juntos, y los soldados estatales saludaron el cadáver de un hombre que los soldados estatales, 50 años antes, habían golpeado.

Y por un breve momento, lo vi. Estados Unidos no ha estado a la altura de su ideal. Ha faltado a su propia promesa y, sin embargo, la promesa no se trata de Estados Unidos. Se trata de Dios. Hay un Dios que se sienta en lo alto, decían los mayores, y mira hacia abajo. Hay un Dios que es el creador de todo lo que es, y de todos los hijos de Dios. Hay un Dios que no descansará, y nosotros no debemos descansar, hasta que la justicia corra como impetuoso arroyo, hasta que cada hombre, mujer y niño, no importa quiénes sean, cada ser humano, sea tratado como un hijo de Dios, y sea visto a los ojos de la ley, a los ojos del Estado y a nuestros ojos, como alguien hecho a imagen y semejanza de Dios.

Mantengan los ojos fijos en esa recompensa. Eso es lo que sucede en la Eucaristía. Eso es lo que sucede en la justicia y la reconciliación raciales. Para eso Jesús nos ha llamado a dar nuestras vidas.

Entonces caminen juntos, hijos. No se cansen. Oh, no, porque realmente hay una gran reunión de acampada en la tierra prometida.

Dios los ama. Dios les bendiga. Y que Dios nos sostenga todos nosotros en esas todopoderosas manos de amor. Amén.

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