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Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal – Marzo 2020: Mensaje de apertura del Obispo Presidente, 10 de marzo de 2020

March 13, 2020

Como medida de precaución máxima a raíz del coronavirus, hemos cambiado la reunión del 2020 de la Cámara de Obispos de la Iglesia Episcopal en Camp Allen en la Diócesis Episcopal de Texas a una reunión virtual, y los obispos participarán utilizando software en línea y programas para seminarios en internet (“webinars”).

A continuación, compartimos el mensaje de apertura del Obispo Presidente, el cual ha sido ligeramente editado.

Reunión Virtual de la Cámara de Obispos, 10 de marzo de 2020
Debemos convertirnos en parte de una Gran Familia
Palabras del Obispo Presidente Michael Curry

Permítanme iniciar con las palabras y la sabiduría de los esclavos, quienes en su momento vivieron profundamente la tristeza, la adversidad y la incertidumbre. Uno de sus cantos negros espirituales bien podría servirnos de consejo. El canto decía así:

Caminen juntos niños
Y no se cansen
Porque habrá una gran reunión campal
En la tierra prometida.

I

En este momento específico en que nos vemos afectados por el coronavirus y sus efectos e impactos colaterales, sean directos o indirectos, sean físicos, emocionales, espirituales o económicos, todos estamos siendo afectados. La verdad es que estamos en esto juntos. No lo escogimos así. Pero lo estamos.

Hemos estado en esto juntos, sea que hayamos o no tenido conciencia de ello, sea que lo hayamos o no reconocido.

Estamos en esto juntos. Y, de hecho, somos parte los unos de los otros, para bien o para mal. Somos una sola familia humana. Y quizá seamos una familia disfuncional, pero al fin y al cabo somos una familia. Y la verdad es que Dios nos hizo así. Dios nos hizo para Dios y nos hizo para nuestro prójimo. Y somos nuestra mejor versión cuando somos uno con Dios y uno con nuestro prójimo.

La historia de Adán y Eva podría estarnos dando ese preciso mensaje. Mientras Adán y Eva se mantienen en relación amorosa con Dios, con el otro y con la creación, están en el paraíso. Y cuando esas relaciones se rompen o se fracturan por el egocentrismo que en nuestra tradición llamamos “pecado”, son expulsados del jardín, del paraíso. “El Paraíso perdido.”  El dicho Ubuntu es muy cierto, “Yo existo porque nosotros existimos.” Y debemos andar este camino no solos, sino juntos.

Caminen juntos niños
Y no se cansen
Porque habrá una gran reunión campal en la tierra prometida.

II

El fin de semana pasado estuve con algunos de ustedes en Cuba para el servicio de readmisión y reunión de la Iglesia Cubana y la Iglesia Episcopal. En marzo del año pasado, en el último sínodo que se celebró estando aun la iglesia de Cuba separada de nosotros, la hermana Obispa Griselda Delgado Del Carpio dijo que la reunión o readmisión era importante porque, “Debemos convertirnos en parte de una gran familia.”  Palabras proféticas. Fue la palabra del Señor. Fue el Espíritu hablándole a las iglesias. Fue profecía, no sólo para la iglesia de Cuba dentro de la Iglesia Episcopal. No sólo para la Iglesia Episcopal dentro de la Comunión Anglicana. No sólo para la Comunión Anglicana dentro de la totalidad del mundo Cristiano. ¡Debemos convertirnos en parte de una gran familia!  ¡Esas sí que fueron palabras proféticas!

Estoy convencido que Dios vino para estar entre nosotros en la persona de Jesús de Nazaret, para mostrarnos la forma de vivir en relación buena y reconciliada con el Dios y Creador de todos nosotros, y a mostrarnos la forma de vivir en relación buena y reconciliada los unos con los otros, como hijos de ese Dios: como hermanos y hermanas… juntos como hermanos.

Jesús vino a mostrarnos que el camino del amor de Dios es el camino de la relación buena y reconciliada con Dios y con el prójimo. Es la forma de vivir no sólo como grupos individuales con intereses propios y egocentristas. Es la forma de convertirnos en algo que va más allá de nuestras identidades nacionales, de nuestras identidades raciales, de nuestras identidades políticas, de nuestro género y de nuestras otras identidades. Él vino a mostrarnos que sí podemos ser más que esas identidades, vino a enseñarnos la forma de vivir como comunidad amada de Dios, vino a enseñarnos la forma de vivir como familia de Dios, abrazándonos y acogiéndonos unos a otros, y abrazando y acogiendo a la creación que Dios mismo nos dio.

Y eso representa una esperanza para todos nosotros.

Caminen juntos niños
Y no se cansen
Porque habrá una gran reunión campal en la tierra prometida.

Y Jesús lo dijo sin ambigüedad alguna, fue inequívocamente claro al indicar que el camino para llegar hasta allí, que el camino hacia la comunidad amada, que el camino para convertirnos en la familia de Dios, es el camino del amor de Dios. Es la única manera de convertirnos en esa comunidad amada. Gracias al amor. El amor y sólo el amor tiene la capacidad de mover a Michael Curry más allá del egocentrismo y otrocentrismo de Michael: Hay que centrarnos en Dios y en el prójimo. El amor puede lograr eso, el amor nos mueve más allá de nosotros mismos y nos acerca al prójimo. Y esa forma de amar es el camino del amor desprendido, sacrificado y redentor que busca el bien del prójimo… que a veces está más allá de mi interés propio e insensato. Esta forma de amar es el camino de la cruz. Es el camino de la esperanza y el camino de la vida. Es el camino para convertirnos en la familia humana que representa la visión, el sueño y la intención de Dios.

Caminen juntos niños
Y no se cansen
Porque habrá una gran reunión campal en la tierra prometida.

Esto no es una quimera. Esto es una esperanza. Bien lo dijo el Dr. King desde hace mucho tiempo: O aprendemos a convivir como hermanos y hermanas o pereceremos juntos como tontos. La decisión es nuestra: El caos o la comunidad.

III

En el siglo sexto, Berta y Ethelbert (entonces Rey y Reina de Inglaterra), enviaron un mensaje al Papa Gregorio (por quien llevan ese nombre los “Cantos Gregorianos”) y le pidieron que les enviara misioneros para evangelizar a los anglosajones. Y el Papa Gregorio les envió a los misioneros. Aquella misión fue liderada por un misionero conocido con el nombre de Agustino de Cantérbury. Él llegó a ser el primer Arzobispo de Cantérbury. Ellos evangelizaron a los ingleses.

Poco después de haberme convertido en Obispo Presidente, fui a Cantérbury para renirme con los otros Primados de la Comunión Anglicana. Nos reunimos en la Catedral de Cantérbury… en la cripta. Y allí en la cripta estaba el báculo del Papa Gregorio el Magno. Como un símbolo de su bendición y apoyo, el Papa Francisco logró conseguir que nos enviaran a Inglaterra el báculo del Papa Gregorio el Magno, para que pudiéramos tenerlo entre nosotros durante nuestras deliberaciones.

Como podrán recordar, la atmósfera estaba tensa. Nadie sabía a ciencia cierta si la unión se iba a mantener o si se iba a resquebrarjar y disolver. Pues aquí seguimos juntos. Pero en ese momento, nadie lo sabía a ciencia cierta.

Mientras los obispos deliberábamos aquella semana, mantuvimos el báculo allí, entre nosotros, para que nos acordáramos que hace mucho tiempo alguien había enviado a unos evangelizadores y misioneros itinerantes desde Roma hasta Britania. Nos trajeron el mensaje de un hombre llamado Jesús. Su forma de amar y de vivir. Y que esa evangelización dio a luz a quienes somos incluso hasta hoy. Estamos aquí porque en el siglo sexto un evangelizador itinerante, un obispo con un báculo en su mano, trajo hasta Inglaterra la Buena Nueva del amor de Dios que conocemos a través de Jesús.

El báculo que cada uno de nosotros tiene y que cada uno de nosotros recibió en el momento de la ordenación y consagración, tiene muchos simbolismos. Se le llama báculo, cayado, cayado pastoral. Algunos son sencillos y de madera, algunos son victorianos y ornamentados. Pero les digo, todos tenemos un báculo, un cayado pastoral, una vara, un bastón… todos tenemos uno. Todos recibimos uno. Nos recuerda que el obispo es un pastor.

1 Pedro dijo que igual que el buen y gran pastor Jesús, los obispos están para “Cuidar el rebaño que Cristo le ha entregaado a su cargo,” 1 Pedro 5:2. En el Libro de Oración Común oramos para que el nuevo obispo: “Alimente y cuide el rebaño de Cristo.”

Llamamos a nuestro báculo “el cayado pastoral” y el nombre le queda bien. Es bueno que lo llevemos en nuestras manos, en vez de dárselo a otro a cargar. No somos ni príncipes ni princesas. Somos pastores.

El cayado tiene un significado adicional. Me topé con ese significado hace varios años cuando estaba hojeando el Diccionario Episcopal de la Iglesia, editado por Don S. Armentrout y Robert Boak Slocum. Dice lo siguiente acerca del báculo:

“El cayado pastoral de un obispo. Originalmente era un bastón para apoyarse al caminar y luego adquirió el simbolismo del cayado del pastor. Es una señal de la autoridad pastoral.”

Aparte de los otros significados, el cayado es un bastón para apoyarse al caminar. Es el bastón no de una persona que está establecida en un lugar, sino el del ministerio viajero e itinerante. Es el bastón con el que se apoya para caminar el evangelizador itinerante.

En este tiempo, en este momento, nosotros que somos los obispos y que somos la iglesia, debemos reclamar nuestro valor primal de evangelizar a una cultura y a un mundo. Este tiempo no es para elevar el Mundo Cristiano, sino para evangelizar, para volver a evengelizar a un Occidente en el tiempo presente a la manera de Jesús, cuyo camino es el camino del amor. A la manera del amor que va mas allá del egoísmo, mas allá del egocentrismo, para buscar el camino amoroso, liberador y dador de vida. El camino hacia una relación verdadera con Dios que es creador de todos nosotros. Un creador que no nos creó por obligación, sino porque nos ama. Ese amor, que nos invitó a una relación de unos con otros como hijos de Dios. Como hermanos y hermanas, juntos como hermanos.

Nuestro trabajo de evangelizar y volver a evangelizar a Occidente es ahora. No en el siglo sexto, sino en el siglo veintiuno. Para ayudar al mundo a ver a Jesús, a ver su camino del amor, el camino a convertirnos en la familia humana de Dios. El camino para convertirnos en la comunidad amorosa que nos acepta y abraza a todos en la totalidad de la creación.

Obispa Griselda, usted tenía razón. Debemos convertirnos en parte de una gran familia.

Caminen juntos niños
Y no se cansen
Porque habrá una gran reunión campal en la tierra prometida.

Amén.

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Nancy Cox Davidge
Public Affairs Officer