Domingo Mundial de las Misiones,

último domingo de Epifanía, 11 de febrero de 2018
January 2, 2018
By: 
The Rev. David Copley

El Domingo Mundial de las Misiones es el último domingo de Epifanía, y las lecturas del día siempre incluyen el pasaje de la transfiguración. En esta lectura, los discípulos ven la gloria plena de Dios que está presente en Cristo.
 

La misma presencia de Dios que estaba en Cristo se puede ver en todas las personas, si miramos con suficiente atención, porque todos somos hijos de Dios y hermanos y hermanas en Cristo. A veces, cuando vemos a alguien involucrarse en una relación significativa con otro, esta presencia, esta morada del Espíritu Santo, es obvia para que todos la vean. Estoy seguro de que todos hemos visto este resplandor, esta presencia de Cristo, cuando somos testigos de actos de gran bondad y amor hacia otro. Es una visión de Dios, una franja de luz que irradia de nuestro ser y que ilumina el espacio que nos rodea. Nuestro desafío, a menudo, consiste en que ocultamos la luz que emerge de nosotros, debido a todo el bagaje de humanidad que llevamos: la incertidumbre, el ego, el miedo, la falta de fe y solo nuestra básica fragilidad humana.

Cuando formamos parte de una comunidad cristiana amorosa, nuestros miedos y preocupaciones conviven en las manos de toda la comunidad, y ojalá esto nos ayude a que nos liberemos de nuestros temores y manifestemos al Cristo que vive dentro de todos y cada uno de nosotros. Esto nos permite llegar a otros, estar en una relación amorosa y afectuosa con aquellos que son diferentes a nosotros o aquellos que lo necesitan; aquellos que provienen de un entorno social, cultural o étnico diferente; aquellos que quizás ven el mundo de una manera diferente a la nuestra.
 

En el Domingo Mundial de las Misiones, se nos recuerda que todos somos llamados por Dios para vivir una vida de reconciliación, reconciliación con Dios y con los demás, y no ha habido un momento más urgente para participar en la misión de Dios que hoy.

Dado el estado actual del mundo, rara vez ha habido un momento más importante para recordarnos que, como cristianos, somos una comunidad global y Dios nos llama a participar globalmente.

Cuando nos comprometemos globalmente, nos recordamos que nuestra fe es una en la que nos esforzamos por vernos unos a otros como hermanas y hermanos en Cristo, como hijos de Dios, sin importar el color de nuestra piel, nuestra nacionalidad o nuestra fe.

Nuestro mandato para este ministerio proviene de Dios y se puede ver a lo largo de toda la escritura. Nos comprometemos globalmente porque somos guardianes de nuestro hermano[1], y somos llamados por Dios a amar a Dios y a nuestro prójimo, y Jesús siempre tuvo claro quién es ese prójimo. 2

 

[1] Génesis 4:9 – Caín hablando a Dios.

2Mateo 22:37-40 – “De estos dos mandamientos depende la ley entera y los profetas”. Lucas 10:29b-37 – La parábola del Buen Samaritano.

 

Como cristianos, estamos llamados a construir puentes y cruzar fronteras, cruzar muros y divisiones, y siempre poner a la familia primero, y nuestra familia es la humanidad entera. No hay “América primero” en la Biblia, solo hay amor, y el amor no tiene límites.
 

Se nos pide que nos relacionemos con aquellos que nos rodean en el mundo, especialmente los pobres y los necesitados. No solo porque somos llamados a la compasión, sino porque los necesitados son también nuestros hijos, nuestras hermanas, nuestros hermanos y nuestros padres como nuestra propia carne y sangre.

Cuando estamos completamente comprometidos a estar en relación unos con otros, comenzamos a ver el rostro de Cristo dentro de aquellos a quienes nos estamos acercando. Cuando buscamos servir, al abandonar nuestros temores e incertidumbres, nuestros ojos se abren para ver a Cristo en los demás. Este proceso de reconciliación nos permite crecer en nuestra comprensión de Dios y de los demás al reconocer la presencia transformadora de Cristo en aquellos con quienes nos relacionamos.
 

La Iglesia Episcopal forma parte de la Comunión Anglicana mundial, una red de 39 Provincias en todo el mundo con un estimado de 85 millones de miembros. No hay escasez de oportunidades dentro de nuestra inmediata propia familia eclesial para construir relaciones y puentes de unidad en todo el mundo. Muchos de nosotros lo hacemos a varios niveles, ya sea orando por otros, yendo a viajes de misión, recibiendo visitantes internacionales o apoyando programas.

Sea cual fuere nuestro modo de participación, como cristianos, debemos reflexionar sobre cómo se están transformando ambos lados de estas relaciones. El marcador clave en el reconocimiento de una relación internacional exitosa es cómo estamos creciendo en nuestra comprensión de Dios y de los demás de una manera mutuamente enriquecedora y de apoyo mutuo.
 

Dos de las prioridades de la Iglesia Episcopal son la reconciliación y el evangelismo. Cuando construimos puentes con socios de todo el mundo, cuando participamos activamente en el ministerio de la reconciliación, entonces comenzamos a ver cómo Cristo está trabajando en los demás y en nosotros mismos. Cuando vemos el rostro de Cristo en el otro, nos involucramos en el proceso mutuo de evangelización. Crecemos en nuestra comprensión de Cristo cuando aprendemos a entender cómo nuestras hermanas y hermanos alrededor del mundo experimentan a Cristo en su propio contexto cultural.

 

Construir puentes a través de las divisiones étnicas, culturales, sociales y políticas es uno de los llamados más fundamentales para los cristianos a medida que buscamos comprender plenamente la naturaleza de Dios en el mundo. Durante mucho tiempo en el “Occidente”, hemos hablado acerca de salir al “campo de misiones”. Hacemos bien en recordar esta cita de Max Warren: “Nuestra primera tarea al acercarnos a otra gente, a otra cultura, a otra religión, es quitarse los zapatos, porque el lugar al que nos acercamos es santo. De lo contrario, podemos encontrarnos pisando los sueños de los hombres. Más grave aún, podemos olvidar que Dios estuvo aquí antes de nuestra llegada”. [2]Top of Form

Dios ha estado en todas partes de este mundo mucho antes de nuestra llegada y estará aquí mucho después de que nos hayamos ido. Hacemos bien en recordar esto y, en nuestro compromiso misionero global, viajar con los ojos abiertos y las mentes abiertas para ver cómo nuestro maravilloso y transformador Dios está viviendo y respirando dentro de nuestra familia global.

Cuando construimos puentes de unidad creamos una estructura que nos permite ir desde donde estamos ahora hasta donde Dios quiere que estemos.

 

 

[2] Escrito por Max Warren, Secretario General de la Church Missionary Society 1942-1963, en el prefacio al libro de Kenneth Cragg’s Sandals at the Mosque: Christian Presence Amid Islam.