Propio 8 (B) – 2015

June 28, 2015

Los relatos bíblicos sobre el rey David nos muestran a un ser humano dotado del favor de Dios, pero a la vez nos muestran también a un ser humano frágil y agobiado por sus errores y por las adversidades. La primera lectura de este domingo es una muestra del drama humano de David. Se ha difundo la noticia de la muerte del rey Saúl y de su hijo Jonatán; David ha recibido las nuevas con tal tristeza, que entona un poético lamento diciendo entre otras cosas:

 “Saúl y Jonatán, amados y queridos,
ni en su vida ni en su muerte
estuvieron separados.
¡Más veloces eran que las águilas!
¡Más fuertes que los leones!” (2 Samuel 1:23).

La relación entre el rey Saúl y David estuvo marcada por la desconfianza y la animosidad del uno contra el otro. Sin embargo la amistad entre Jonatán y David se caracterizó por un afecto especial y de gran confianza mutua. Las palabras de David ante la muerte de Jonatán expresan claramente que la relación entre ambos estaba coronada por un entrañable amor.

“¡Angustiado estoy por ti,
Jonatán, hermano mío!
¡Con cuánta dulzura me trataste!
Para mí tu cariño superó
al amor de las mujeres”(2 Samuel 1:26).

La imagen que se nos presenta de David en este pasaje dista mucho de la del macho valeroso y conquistador. David llora la muerte de Jonatán y no oculta su amor por él. Para los que han crecido en un ambiente marcado por el machismo, este episodio es escandaloso, pero para otros que han vivido en un ambiente más tolerante, este episodio muestra que las relaciones entre los seres humanos no tienen límites cuando están sustentadas por el amor. Este pasaje bíblico entonces nos permite apreciar que en todos los tiempos y lugares, han existido relaciones afectivas entre personas del mismo sexo animadas por el amor y el cuidado mutuo.

En el evangelio de este domingo, se nos muestra la admirable compasión de Jesús frente a Jairo, jefe de una sinagoga, que tiene a su hija enferma, y ante una mujer aquejada por una hemorragia. Jesús camina con Jairo, para sanar a la hija de éste. Durante el camino Jesús es tocado por una mujer que sufre de fuertes hemorragias. El Señor quiere saber quién le ha tocado y entonces aparece una mujer temblando de miedo, pues piensa que recibirá una reprimenda del maestro. Sin embargo, Jesús le dijo: “Hija, por tu fe has sido sanada. Vete tranquila y curada ya de tu enfermedad”. Al llegar la noticia de que ha muerto la hija de Jairo, el desconsuelo es grande entre los presentes. El Señor anima a Jairo y le pide que crea y dice a los de la casa que la niña no está muerta que está dormida. Jesús resucita a la niña y pide que no divulguen el milagro.

El dolor y la muerte no discriminan. No importa si se es pobre o rico, el dolor y la muerte son parte de la realidad de todo ser humano. Jesús se abre paso entre mucha gente que le busca por su poder sanador. El Señor al mostrar su maravillosa compasión, no solamente sana los cuerpos de los enfermos, sana también sus corazones y mentes. Jesús llama hija a la mujer que le ha tocado sus vestiduras. La mujer regresa a su hogar con la paz que solo Jesús sabe dar.

Jairo, jefe de una sinagoga, por su parte, se arriesga a buscar a Jesús, aun cuando en los círculos religiosos se acusa a Jesús de no respetar la ley de Moisés. La petición de Jairo al Señor, no es la petición de un líder religioso preocupado por su reputación, es la petición de un padre adolorido por la enfermedad de la hija . Se acerca al Señor y le dice: “Mi hija se está muriendo; ven a poner tus manos sobre ella, para que sane y viva” ( Marcos 2:23).

Este pasaje del evangelio de Marcos nos deja claro que Jesús es el Señor de la vida. El sana para que el enfermo tenga vida abundante. La vida es más que la condición física , también conlleva emociones, relaciones y dignidad personal.

Los cristianos sabemos que Jesús es el único que puede sanarnos integralmente. De hecho es el único que puede sanar la sociedad en que vivimos. Si practicáramos la compasión al estilo de Jesús, el dolor y el sufrimiento entre tantas personas se reduciría dramáticamente. La compasión de Jesús no tiene barreras, el Señor , así como encamina sus pasos para curar a la hija de un líder religioso, también se detiene para curar a una mujer desconocida.

Los que son testigos de estos hechos se maravillan por las curaciones, pero a la vez se sorprenden por la compasión de un profeta itinerante que anuncia la llegada un nuevo reino y que, con sus gestos compasivos, es constructor de nuevas relaciones entre los seres humanos.

A lo largo de la historia se han implementado diferentes sistemas políticos, sociales y económicos. Hasta el momento ninguno de ellos responde integralmente a las necesidades de los que ocupan el último lugar en nuestras sociedades. En muchos países de la tierra hay grandes segmentos de personas viviendo en extrema pobreza; tal realidad ha obligado a muchos a emigrar a los países con mejores condiciones económicas en busca de una vida mejor.

Los niños que viven en la pobreza en varios países del continente americano, antes de ir a la escuela aprenden primero que para vivir hay que emigrar. Lo irónico es que los que emigran, provienen de países cristianos y en los países de destino también se practica la fe cristiana. Tal parece que la compasión de Jesús es desconocida por muchos que confiesan ser cristianos.

El apóstol Pablo en la segunda carta a los corintios establece que los creyentes deben manifestar la fe y conocimiento en las buenas nuevas de Jesucristo, pero que también deben mostrar “disposición para servir … igualmente deben sobresalir en esta obra de caridad” (2 Corintios 5:7).

En la misma carta Pablo habla de la igualdad de los creyentes basándose en el compartir. “No se trata de que por ayudar a otros ustedes pasen necesidad; se trata más bien de que haya igualdad. Ahora ustedes tienen lo que a ellos les falta; en otra ocasión ellos tendrán lo que les falte a ustedes, y de esta manera habrá igualdad.  Como dice la Escritura: “Ni le sobró al que había recogido mucho, ni le faltó al que había recogido poco” (2 Corintios 5:13-15). Este mensaje de Pablo tiene vigencia en nuestra sociedad actual, puesto que la brecha entre el que tiene mucho y el que no tiene nada se agranda cada vez más. De continuar con esta práctica, en un tiempo no lejano las tres cuartas partes de la población mundial vivirán en pobreza y una cuarta parte tendrá en exceso.

La misión de la Iglesia en el siglo XXI es la de anunciar y practicar la compasión tal como la mostró Jesús de Nazaret. Jesús primero responde al dolor del ser humano y le fortalece con la esperanza de una vida mejor. La Iglesia de la misma manera está llamada a responder al dolor y sufrimiento de los ignorados por la sociedad.

 
 
 
 
 
 
 

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