Propio 7 (B) - 2012

June 24, 2012

En el siglo VI antes de Cristo, Jenófanes de Colofón se refería a los modos instintivos de pensar del ser humano cuando escribió: “Los etíopes dicen que sus dioses son negros y chatos; los tracios dicen que sus dioses son de ojos azules y cabello rubio. Si los bueyes, caballos y leones tuvieran manos y pudieran pintar como los humanos, pintarían imágenes de dioses como bueyes, caballos y leones”.

Esta es una descripción de la tendencia del ser humano a “imaginar” a los dioses a su imagen y semejanza, así es como ordinariamente maneja sus creencias y su fe. Hoy la pregunta que presenta el evangelio de Marcos es: “¿Quién es éste, que hasta el viento y el lago le obedecen?”

Esta pregunta va dirigida a cada uno de los presentes y conlleva la tarea de responderla. ¿Quién es Jesús para cada mujer y cada hombre aquí presente? Esta es la cuestión sobre la que hay que reflexionar haciendo camino tras la pista del Jesús resucitado.

Los discípulos tuvieron que experimentar más que el temor a la tempestad y el miedo al mar embravecido para preguntarse: “¿Quién es éste, que hasta el lago y el viento le obedecen?” Ellos vieron y creyeron. Hoy, cada persona aquí presente sin ver ha creído. Pero, ¿Le ha experimentado?

Para experimentar a Jesús viviente y actuante acompañando a cada mujer y a cada hombre en el camino de la vida hay que seguirle la pista, y para ello hay que buscarle especialmente en los evangelios. Pero hay que tomarse el trabajo de leerlos. Es decisivo conocer al Jesús de los evangelios ya que es la fuente y el centro vital de cada persona bautizada, denominación o iglesia auténticamente cristiana.

La liturgia, la espiritualidad, la misión no pueden estar descentrados de este Jesús viviente y actuante en la vida diaria y no solo de cada domingo. Ello implica conocerle en su manera de actuar y de hablar, en su estilo propio, que cada quien ha de experimentar como el eje de la propia vida para seguirle comprometidamente. Al respecto escribe un teólogo español:

“Seguir a Jesús es proseguir hoy su vida y su causa, su práctica del Reino. Es hacerlo que Jesús haría hoy, y hacerlo con el estilo o el Espíritu con que Jesús lo haría. Y esto sólo es posible si se conoce suficientemente cómo era Jesús, qué hacía él en su tiempo y cómo y para qué lo hacía; cuáles fueron sus relaciones con las distintas gentes de su entorno histórico; cómo sentía, pensaba y actuaba en las diversas circunstancias en que se encontró, y cuál era su proyecto del Reino de Dios. El conocimiento verdadero de Jesús implica un conocimiento certero de su causa. Y éste brota y crece en la experiencia de su amistad y seguimiento. En otras palabras de una comunión viva y permanente con él solo así podremos tener la experiencia maravillosa de un compañero de camino cuya “imagen vital” sea suficientemente verdadera en sus rasgos esenciales (aunque no sea perfecta ni completa) y nos permita reconocerle antes de terminar la jornada, para seguirle día a día recreando su conducta diariamente en nuestras circunstancias. Sólo así estaremos en el camino del conocimiento pleno y “nuestra imagen” vital de Jesús será cada día más verdadera y eficaz” (A qué Jesús seguimos, Teófilo Cabestrero, Edit. Desclée De Brouwer, Bilbao, 2004)

Un buen punto de partida para intentar una respuesta personal a la pregunta que se hacían los discípulos es adentrarse en el “espacio interior”, en la personalidad de Jesús. Para ello es una buena ayuda presenta algunas de sus características.

(1) Jesús poseía un fino conocimiento del corazón humano.

(2) Cercanía y sintonía con el entorno social, que lo llevaron a tratar con las personas de todos los estratos sociales, condiciones y edades sólo para hacerles el bien.

(3) Capacidad de ir directamente a lo esencial, logrando que las enseñanzas y los hechos llevasen el mensaje del Reino a todos, con un lenguaje sencillo, directo, lleno de imágenes, parábolas, metáforas, comparaciones y ejemplos.

(4) Gran capacidad dialéctica en sus exposiciones y diálogos. Frente a sus contrincantes obraba prodigios y quebrantaba leyes humanas a favor del pueblo.

(5) Notable sensibilidad estética y rica creatividad poética, como puede apreciarse en sus parábolas, de las cuales es considerado el maestro.

(6) Gran sensibilidad humana para percibir la situación de cada persona.

(7) Carácter sociable. Le agradaba la vida social, la buena mesa y el buen vino.

(8) Autoridad. No la conferida por poderes institucionales, cargos o títulos académicos. Rechazaba toda clase de autoritarismo y la coacción de la libertad.

(9) Por convicción era “escandalosamente libre”. Rompe muchos convencionalismos sociales: come con pobres y pecadores, habla con mujeres en la calle, transgrede el sábado y abandona tradicionalismos paralizantes.

(10) Nadie en la historia ha manifestado una personalidad y autoridad más firmes, humildes y reconocidas que Jesús, sin poseer cargos, títulos, riquezas o poder.

(11) Fe vigorosa en relación y comunicación permanente con el Padre, “Abba”.

(12) Decisión, capaz de superar las pruebas sin flaquear a la hora de la verdad.

Ahora bien, este bosquejo del “espacio interior” de Jesús, ha de utilizarse como instrumento de cuestionamiento personal. Como su seguidor, cada persona creyente ha de preguntarse en algún momento de su vida cómo ha procurado asemejarse al Maestro.

El conocimiento de Jesús ha de motivar un proceso de mejoramiento personal, de limar las aristas y asperezas de la personalidad a la luz del evangelio, de corregir defectos, de arrepentimiento sincero y conversión definitiva.

Este proceso de cambio es duro y sólo es posible entregándose a él mismo, abandonándose en sus brazos como el hijo pródigo, dispuestos a ser poco a poco cada vez mejores seres humanos e íntegros cristianos como discípulos suyos. En definitiva implica aceptarlo como Camino, Verdad y Vida. (Juan 14: 6)

Dar respuesta a ¿Quién es éste? Coloca a la persona ante la necesidad de seguirle o de rechazarle como ocurrió en su tiempo. No deja de llamar la atención el que una dinámica similar se ha mantenido a lo largo de la historia desde los años de su vida en la Judea de entonces, pasando por los comienzos del cristianismo y avanzando hasta nuestros días. Y es que nadie ha impactado tanto sin haber escrito palabra alguna, con sólo dos o tres años de ministerio itinerante por los polvorientos caminos de Judea y Galilea.

Y es que por el conocimiento de sus enseñanzas cada creyente participa de su mentalidad, y en la medida de su receptividad accede al influjo de la luz, la vida y el amor divinos. Este influjo divino motiva en cada creyente la superación de la tendencia natural a imaginar a los dioses a su imagen y semejanza, pues Jesús es la revelación de Dios, no es el resultado de un instinto natural humano para diseñar los propios dioses.

Al encontrar respuesta a ¿Quién es este?, que en su momento se hicieron sus discípulos se coloca un fundamento inquebrantable para el desarrollo del proyecto de vida de cada mujer y cada hombre que le acogen como Maestro y Liberador, como Jesús, el Cristo.

La respuesta a esta pregunta: ¿Quién es éste, a quien el viento y el mar le obedecen? Constituye el meollo de la fe cristiana, pues la sustenta y la llena del contenido de esa personalidad cuyos rasgos han de influir en la modificación y mejoramiento de la propia personalidad de cada creyente. Gracia que Dios por Jesús ha de conceder a cada uno.

 
 
 
 
 
 
 

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