Propio 7 (B) – 2015

June 21, 2015

La misión que cada cristiano realiza en el mundo es vista por algunos como imposible. Construir un mundo mejor, atraer a las personas a Cristo, mantener la presencia de la Iglesia en todo el mundo, son aspectos importantes de la misión. Eso no es tarea de una sola persona, es la obra de millones de bautizados que, bajo el influjo del Espíritu Santo, llevan a cabo la misión encomendada por Jesús.

Las escrituras, en numerosos pasajes, nos indican que aunque la obra es de grandes dimensiones, eso no significa que sea imposible de llevarla a cabo, puesto que estamos bajo la guía del Espíritu Santo.

La lucha desigual entre David y Goliat narrada en el primer libro de Samuel nos muestra la victoria de la fe y la confianza en Dios. Goliat, un experimentado guerrero nunca imaginó ser derrotado por David, un joven que no podía ni cargar una pesada armadura.

Goliat es el símbolo de las grandes adversidades que enfrentamos los cristianos en el mundo. Hoy muchos cristianos sufren persecución y muerte. Frente a esa realidad debemos entender que en la lucha contra las adversidades no estamos solos.

La victoria de David no es solamente una victoria militar; tal proeza fue un acto de confianza absoluta en Dios. En el mismo oficio de pastor, David había experimentado la lucha desigual. Así lo describe él mismo. “Cuando yo, el servidor de su Majestad, cuidaba las ovejas de mi padre, si un león o un oso venía y se llevaba una oveja del rebaño, iba detrás de él y se la quitaba del hocico; y si se volvía para atacarme, lo agarraba por la quijada y le daba de golpes hasta matarlo. Así fuera un león o un oso, este servidor de su Majestad lo mataba. Y a este filisteo pagano le va a pasar lo mismo, porque ha desafiado al ejército del Dios viviente. El Señor, que me ha librado de las garras del león y del oso, también me librará de las manos de este filisteo” (1 Samuel 17:34-37).

Los retos y adversidades siempre estarán presentes en nuestras vidas. Algunas adversidades nos parecerán imposibles de vencer. Sin embargo, por extraño que parezca, la mayoría de nosotros estamos entrenados para desafiar los retos y dominar las adversidades. Basta observar las experiencias pasadas en las que salimos victoriosos de una prueba o adversidad. Al igual que David, también nosotros hemos derrotado a Goliat en un momento de nuestra existencia.

La vida del cristiano siempre será puesta a prueba frente a las realidades que niegan el evangelio de Jesús. No se puede tolerar la violencia, la injusticia y la desigualdad. La vida cristiana está lejos de ser cómoda y conformista. San Pablo nos describe el sufrimiento de los fieles seguidores del Señor carta a los corintios con las palabras siguientes: “En nada damos mal ejemplo a nadie, para que nuestro trabajo no caiga en descrédito. Al contrario, en todo damos muestras de que somos siervos de Dios, soportando con mucha paciencia los sufrimientos, las necesidades, las dificultades, los azotes, las prisiones, los alborotos, el trabajo duro, los desvelos y el hambre” (2 Corintios 6:3-5)

Los seguidores del Señor saben de antemano que la tarea evangelizadora se realiza en una sociedad que rechaza la propuesta de Jesús de practicar el perdón, acoger al marginado y vivir en comunidades donde se practique el amor y el respeto. La sociedad en que vivimos exalta el individualismo, la competencia y la desigualdad. Bien podemos decir que hay muchos Goliats que intimidan a los cristianos de nuestro tiempo; sin embargo, para cada Goliat hay un David que confía en la guía y la protección de Dios. En palabras de Pablo a los corintios, los cristianos muestran su fidelidad a Cristo en medio de grandes pruebas. Parecemos tristes, pero siempre estamos contentos; parecemos pobres, pero enriquecemos a muchos; parece que no tenemos nada, pero lo tenemos todo (2 Corintios 6: 10).

La Iglesia, a lo largo de su historia, ha sido comparada a una barca y el evangelio de este domingo nos confirma esta imagen al mostrar la barca en la que van Jesús y los discípulos siendo azotada por una tormenta. Los vientos son tan fuertes que parece que hundirán la barca, la situación es de pánico entre los discípulos que acuden al Señor Jesús que va dormido en la agitada barca. Según el evangelio: “ Jesús se levantó y dio una orden al viento, y dijo al mar: ¡Silencio! ¡Quédate quieto! El viento se calmó, y todo quedó completamente tranquilo. Después dijo Jesús a los discípulos: ¿Por qué están asustados? ¿Todavía no tienen fe? Ellos se llenaron de miedo, y se preguntaban unos a otros: ¿Quién será éste, que hasta el viento y el mar lo obedecen?” (Marcos 4:39-41).

Las lecturas de este domingo nos sitúan pues, frente a las realidades ineludibles de la adversidad y del conflicto. Bien lo indica Pablo en la segunda carta a los corintios, “nos tratan como a mentirosos, a pesar de que decimos la verdad. Nos tratan como a desconocidos, a pesar de que somos bien conocidos. Estamos medio muertos, pero seguimos viviendo; nos castigan, pero no nos matan” (2Corintios 6: 8-9). En cualquier parte del mundo donde se desarrolle una comunidad cristiana arraigada en los valores del evangelio de Jesús, es por seguro que enfrentará el conflicto con individuos y con sistemas sociales y políticos.

Jesucristo, humano y divino a la vez, muestra su señorío sobre la naturaleza. Tanto así, que el mar y el viento le obedecen ante la orden de: “¡Silencio! ¡Quédate quieto!” Pero a la barca de la Iglesia también le azotan otro tipo de tormentas y fuertes vientos. Basta echar una mirada a la historia de la Iglesia para comprender que las tormentas religiosas y políticas de los siglos pasados también sembraron el pánico y la desesperación entre los cristianos. Y no se necesita ser profeta para augurar que aún quedan muchas tormentas y vientos fuertes que enfrentará la Iglesia de Cristo extendida.

Las preguntas que debemos hacernos son las siguientes: ¿Confiamos en la guía del Espíritu Santo? ¿Sentimos la presencia del Señor Jesús a nuestro lado? ¿Continuará la Iglesia con su misión, a pesar de los fuertes cambios en la sociedad?

Las respuestas a estas preguntas deben darse desde nuestra fe en Cristo vivo y resucitado. Con el mismo ímpetu de los primeros cristianos que fueron capaces de llevar el evangelio a muchos lugares gracias a su fe en Cristo resucitado, también los cristianos de hoy mostramos al mundo que el mensaje de Jesús sigue vigente. Cada cristiano es un agente de sanación para tratar las enfermedades de nuestra sociedad. Nos toca hoy alzar la voz contra el racismo institucional que ha causado tanto dolor y lágrimas a las familias de las minorías raciales en Estados Unidos. Nos toca a los cristianos inmigrantes abrir caminos para alcanzar la residencia en Estados Unidos a millones de personas que viven bajo la sombra, y amenazados con la deportación. Corresponde a nuestras comunidades de fe el ofrecer programas de consejería y apoyo a las familias con el fin de tener más familias estables que puedan dar afecto, guía y educación a los niños y jóvenes.

La Iglesia no puede permanecer indiferente al dolor y al sufrimiento de muchos. Jesús mostró una gran compasión y sanó a los olvidados de la sociedad, les mostró que el reino de Dios es para los que lloran y para los que tienen hambre y sed de justicia.

 
 
 
 
 
 
 

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