Propio 5 (B) – 2015

June 7, 2015

Hermanos y hermanas, sintámonos bienvenidos a nuestra celebración dominical; en la reunión de la comunidad manifestamos que somos una familia unida por el vínculo de la fe y del compromiso que de ella se desprende. Hoy nos invita Jesús en su evangelio a ser parte de su familia mediante la aceptación radical de su mensaje. Esta cercanía y parentesco con Jesús nos da la garantía de que no estamos solos, que sabemos hacia dónde vamos y a quién servimos cuando ponemos en práctica nuestra fe.

Con un corazón dispuesto, abramos nuestro espíritu para que la luz de la Palabra nos ilumine, nos fortalezca y nos anime para continuar nuestra caminada durante esta nueva semana que el Señor nos regala.

Podríamos decir que las lecturas de este domingo son una invitación para que definamos de parte de quién queremos estar: de parte del Dios auténtico, aquel que libera y salva, o de aquel que de manera muy sutil y astuta se van fabricando las ideologías dominantes a lo largo de la historia.

Hemos escuchado en la primera lectura, tomada del primer libro de Samuel, cómo el pueblo de Israel, ya no quiere más vivir bajo el liderazgo religioso y político de los Jueces; ahora quieren vivir bajo el mando de un rey al estilo de todos los pueblos vecinos, un rey que los defienda que les dé seguridad y status político.

Estamos hablando de los inicios de la monarquía en Israel, la peor de las experiencias que pudo tener el pueblo, no sólo porque ella significó el gran pecado de infidelidad a la alianza del Sinaí, sino por las consecuencias tan funestas que atrajo para el pueblo: hambre, miseria, estratificación social; de una lado, los grandes, poderosos y ricos y, por otro lado, los empobrecidos y marginados; en una palabra, se volvió a la misma situación de esclavitud de Egipto que ya habían sufrido los antepasados de quienes en su momento le pidieron a Samuel que les nombrara un rey.

Y bien, ese trabajo perverso que logró entorpecer la mente del pueblo haciéndole creer que la monarquía era buena y que el proyecto divino de una sociedad igualitaria y fraterna ya no iba más, y lo peor de todo, hizo creer que esta era una decisión divina, todo esto que ya denominamos “trabajo perverso”, es obra de una minoría que se atrincheró en lo que hoy podemos denominar ideología monárquica.

Que no nos asuste el hecho de que hoy miremos de una manera tan crítica o tan diversa lo que siempre se nos enseñó: que Dios estuvo de acuerdo con la monarquía y que él mismo señaló a Saúl como al primer rey, que luego se “aburrió” con él y prefirió a David y que pese a sus gravísimos pecados, le prometió que su descendencia sería la dueña eterna del trono…

La cuestión es muy simple: basta con que pensemos si es posible que el mismo Dios que liberó a su pueblo de la esclavitud en Egipto porque vio su humillación y escuchó sus lamentos (Éxodo 3:7-9), se empeñe ahora en hacerlo volver a la misma situación. Dios no puede contradecirse a sí mismo, ¿verdad? Sería muy útil visitar la página web “Episcopales latinos” en su sección Rincón bíblico, entrega número 10: Samuel 1 y 2; allí se puede aclarar muchas cosas que por razones de tiempo y espacio no podemos hacer acá.

Muy en línea con el tema de la primera lectura, el evangelio de Marcos nos presenta una controversia de Jesús con sus opositores. El motivo de la controversia: Jesús enseña; y a causa de su enseñanza, mucha gente comienza a abrir los ojos a una realidad que desde siempre los había golpeado y de lo cual nunca habían sido conscientes. La mente liberada genera un nuevo modo de ver las cosas y por ende comienza a surgir un nuevo modelo de persona.

Eso es lo que en los evangelios se ilustra con la imagen de “expulsión de demonios”; en otras palabras, no es que Jesús sea un exorcista en los términos en que muchos creen; Jesús es el que a través de sus palabras y acciones libera las mentes y las conciencias de quienes lo escuchan; y es tan contundente y tan eficaz su mensaje que cuando la gente comienza a reaccionar, los enceguecidos “doctores” de la Ley no ven en ello una acción divina, sino una acción diabólica y por eso su conclusión es que Jesús está endemoniado, que tiene un pacto secreto con el diablo.

Los letrados representan la oficialidad religiosa; lo que se salga de los estrechos márgenes del oficialismo de Jerusalén, es diabólico, no tiene nada que ver con el Dios “oficial” que ellos manejan a su antojo. Desde esta posición juzgan a Jesús como endemoniado ya que no encaja en los parámetros de ellos. Para responder a sus adversarios, Jesús plantea una comparación con la cual los deja mudos; pero además les advierte la situación que encubren: ellos promueven el pecado contra el Espíritu Santo, el cual podemos concluir que no es otra cosa que la tendencia o actitud de hacer ver ante los demás como malo lo que es bueno y bueno lo que es malo. Eso daña, corrompe, la conciencia del pueblo.

En esta escena del evangelio, se menciona también a los familiares de Jesús. Según ellos, Jesús está “fuera de sí”; es decir, está loco. En ellos no puede caber la idea de que Jesús se dedique a enseñar y abrir los ojos a la gente con todo lo que ello implica. En cualquier momento Jesús podría ser víctima de la “seguridad” romana con la consiguiente deshonra de su familia; por eso van hasta el lugar donde él se encuentra reunido con mucha gente del pueblo.

No dejemos pasar desapercibida esta imagen: los familiares -madre y hermanos- van hasta el lugar donde Jesús se encuentra, pero no entran; uno podría pensar que es porque el lugar está repleto de gente. Sin embargo, la realidad es que ni su madre ni los demás familiares quieren “mezclarse”, léase “contaminarse”, con la calidad de gente que rodea a Jesús, pues con él se encuentran pecadores, impuros, gente de mala fama, tanto hombres como mujeres.

Por eso se quedan afuera y le envían el mensaje de que lo están buscando. Es entonces el momento para establecer quién es la verdadera familia de Jesús. Por encima de los lazos de sangre y por encima de cualquier parentesco por apellido o descendencia, Jesús declara como “familia” a todo aquel que escucha su palabra y la pone en práctica. Así que hasta su propia madre tiene que definirse, ¿quiere ser o no quiere ser de la familia de Jesús? Pues lo único que tiene que hacer es “entrar” hasta donde él se encuentra.

Notemos que en el relato hay un grupo de actores que permanecen mudos, no se pronuncian para nada. Este silencio no es provechoso, más bien, es riesgoso, porque en cualquier momento esta franja de personas puede ser “utilizada” por alguno de los dos bandos que conforman la controversia. Aquí está justamente lo que Marcos quiere transmitirle a los miembros de su comunidad: con respecto a Jesús hay que asumir una posición concreta, hay que definirse, nada de neutralidades ni indecisiones, la neutralidad no lleva a ninguna parte.

Nos podemos preguntar hoy nosotros ¿quién es Jesús para mí y cuál es mi posición con respecto a él? ¿En qué medida, mi posición respecto a Jesús afecta mi manera de ver, entender y asumir la realidad en que vivo?

 
 
 
 
 
 
 

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