Propio 28 (B) - 2012

November 18, 2012

A través de la historia, podemos comprobar que las obras majestuosas creadas por Dios y aquellas creadas por los hombres con la inteligencia que el mismo Dios le ha dado, han llenado al ser humano de admiración hasta el punto de caer en la idolatría. “En lugar de la verdad de Dios, han buscado la mentira, y han honrado y adorado las cosas creadas por Dios y, no a Dios mismo, que las creó y merece alabanza por siempre”. (Rom.1:25).

El Evangelio de hoy, introduce el llamado discurso escatológico de Jesús. En este discurso Jesús hace referencia a los eventos futuros que han de suceder. Este discurso es motivado de cierta manera por la admiración y deslumbramiento de uno de los discípulos de Jesús, (cuyo nombre el evangelista san Marcos no menciona), quien ante la belleza, fortaleza y majestuosidad del Templo judío de Jerusalén, exclama: ¡Maestro, mira qué piedras y qué edificios! (Marcos 13: 1).

En realidad, desde un punto de vista humano, había razón más que suficiente para tal admiración en cuanto que dicho templo era una de las arquitecturas más impresionantes de la época. “El área del templo ocupaba una sexta parte de la ciudad de Jerusalén. Su fachada estaba cubierta de oro, algunas de sus piedras median treinta pies (10 metros) de largo por 12 pies (4 metros) de ancho”. (Tom Halem y Stephem Thorson: Apliquemos la Palabra, Un Comentario Práctico del Nuevo Testamento, Versión en Español, Avance Evangelio Latino, NJ, USA, 2006, Página 31).

Jesús aprovecha este escenario para dar una lección a sus discípulos, que no podían imaginar que ese templo pudiera ser destruido. Se trata de un discurso escatológico y profético.

Además de la destrucción del templo, les anuncia la llegada de falsos profetas, que tratarían de apartarlos de la verdad, guerras, rumores de guerra, terremotos y persecuciones de los discípulos. Pero, ¿cuál es la pretensión de Jesús con estas profecías? ¿Infundir temor en los discípulos, para que le siguieran por miedo y no por un convencimiento profundo de que él era la verdadera fuente de salvación? Pues, no. Todo lo contrario, con el lenguaje apocalíptico y profético, Jesús fija la mirada en el difícil momento que vive la comunidad de los creyentes y trata de confrontarla para que viva y espere pacientemente la liberación definitiva al final de la historia. A la profecía de Jesús, le sigue una exhortación: ¡cuidado que nadie los engañe! Sabemos por la historia de la Iglesia que el engaño hace más daño que la persecución, puesto que destruye la fe, mientras la persecución la fortalece. Algunos, en los primeros años de la Iglesia, cuando la crueldad del Imperio Romano cayó sobre los cristianos, decían: ¡sangre de mártir semilla de cristiano!

Los discípulos no captaron de inmediato la intención del maestro Jesús, por eso preguntan lo que muchos en nuestro tiempo quisieran saber, ¿cuándo y cómo sucederá esto? Jesús, como era su costumbre, no les da una respuesta directa, deja espacio para la reflexión y la imaginación. Les manda estar vigilantes y atentos. Si estamos preparados viviendo una fe verdadera en justicia y amor, no habrá lugar para el temor cuando llegue el día grande y glorioso en el que todo le sea sometido a Cristo el Señor de la historia.

En definitiva, “el mensaje de Jesús en su conjunto trata de la resistencia paciente ante los cataclismos cósmicos y las persecuciones. El modo en que se describen las persecuciones, especialmente con el verbo entregar, evoca los propios sufrimientos de Jesús, que se nos describen en el relato de la pasión, y sitúan el sufrimiento de sus seguidores en la línea del maestro”. ( Raymond E, Brown, Joseph A. Fitzmyer y Roland E. Murphy (eds.), Nuevo Comentario Bíblico San Jerónimo; Ed. Verbo Divino, España, 2004.

Al igual que en los tiempos del Jesús histórico, hoy vivimos momentos difíciles, la confusión y el sufrimiento abundan por doquier, sobran los falsos profetas y faltan verdaderos testigos del amor de Dios y su divina justicia y misericordia. Hoy el engaño y la persecución tienen otros nombres. Si nos descuidamos nos quitan la fe por medio de la propaganda comercial donde se promueve el consumismo y se fetichizan los objetos materiales. La persecución se hace por medio del descrédito sobre todo en los medios de comunicación de masas. La maldad y el desamor se multiplican y la caridad se enfría; crece el odio y la mentira y se mata a la persona como un deporte. Todo esto nos llena de incertidumbre y es cuando muchos se cansan de esperar y el diablo los engaña apartándolos del bien y la verdad y llevándolos a vivir un nihilismo, donde se pierde el rumbo de la existencia, se acaba la utopía y ya no hay razones para vivir, razones para luchar y esperar los cielos nuevos y la tierra nueva que el Señor promete a los que en medio de los tormentos se mantienen firmes en la verdadera esperanza.

Queridos hermanos, la primera lectura que hemos leído, complementa el mensaje que Jesús quiere transmitir a sus discípulos de ayer y de hoy. Nos pone como ejemplo de paciencia y confianza en Dios una mujer llamada Ana, Madre del profeta Samuel, quien clamó a Dios en su aflicción y esperó confiadamente en él, y después de pasar por muchas aflicciones a causa de su esterilidad, obtiene una victoria: “Ana concibió y dio a luz un hijo y le puso el nombre de Samuel, diciendo: ¡Al Señor se lo pedio!” (1 Samuel 1: 20).

El autor sagrado visualiza a través del cántico de Ana (1 Samuel 2:10), que la justicia de Dios prevalece sobre el orgullo y la prepotencia, el engaño y las injusticias de los hombres. “La infecundidad, señal de muerte, rechazo y humillación, el Señor la ha convertido en fecundidad señal de vida. Se subraya la confianza en el poder del Señor y el fracaso de los prepotentes y poderosos que ponen su confianza en sus propias fuerzas” (Luis Alonso Schokel, Comentario a La Biblia de Nuestro Pueblo, Página 476).

Amados hermanos, que no nos angustie la llegada del día del Señor, vivamos como los pobres de Yahvé, y ya que Dios no falla en sus promesa tomemos en cuenta lo que hemos leído en la Epístola a los hebreos: “Acerquémonos a él con corazón sincero, llenos de fe, purificado por dentro de la mala conciencia y lavados por fuera con agua pura. Mantengamos sin desviaciones la confesión de nuestra esperanza, porque aquel que ha hecho la promesa es fiel. Ayudémonos unos a otros para incitarnos al amor y a las buenas obras, no faltemos a las reuniones, como hacen algunos, antes bien, animémonos mutuamente tanto más cuanto que vemos que se acerca el día del Señor”. (Hebreos 10: 22-25). Que el Señor nos conceda paciencia, Fortaleza, sabiduría y confianza.

 
 
 
 
 
 
 

Contacto: Rvdo. Richard Acosta R., Th.D.
Editor, Sermones que Iluminan