Propio 28 (B) – 2015

November 15, 2015

Estamos a punto de concluir el año litúrgico. Ese año en el cual recordamos breve e intensamente la historia de la salvación. En otras palabras, en solo un año reflexionamos sobre los portentos que Dios ha realizado para sacarnos de la nada, para protegernos en este caminar terreno, y finalmente llevarnos a gozar definitivamente de su amor ilimitado.

La Iglesia coloca hoy en el evangelio una sección del capítulo 13 de san Marcos, conocido entre los estudiosos como “el pequeño apocalipsis”. Es un capítulo difícil de entender incluso para los especialistas de la biblia. Está escrito en un lenguaje familiar al pueblo judío pero extraño para un lector moderno. Jesús utiliza expresiones que eran familiares a sus contemporáneos.

La historia de Israel y sus esperanzas para el futuro estuvieron desde siempre unidas a pretensiones políticas. Ahora bien, los grandes momentos de la literatura apocalíptica son precisamente aquellos en los que a los judíos les son arrebatadas esas pretensiones por otros poderes dominantes. Son tiempos de crisis percibida como extrema. El tema y asuntos apocalípticos fueron muy populares entre los judíos después del exilio babilónico (587-583), lo que dio lugar a la proliferación de los “apocalipsis”. Especialmente en tiempos de la persecución bajo el reinado de Antíoco IV Epífanes (175-164 a. C) y bajo la sublevación judía de los Macabeos (166-169 a. C). Así, los judíos de los últimos siglos antes de Cristo creían que los cielos “se habían cerrado” y que el Espíritu de Dios había cesado en su actividad inspiradora desde los tiempos de los profetas Zacarías y Malaquías; y sin el Espíritu de Dios la historia no era posible.

Otro momento de gran crisis para el mundo judío se vivió en el siglo primero antes de Cristo, cuando Pompeyo conquistó Jerusalén; los romanos ocuparon Palestina y el poder real y sacerdotal de Jerusalén estuvo bajo la tutela romana. Convivieron muchas facciones político-religiosas (fariseos, saduceos, zelotes, esenios…) y se experimentaron grandes esperanzas mesiánicas.

Un tercer momento de gran crisis se vivió en el siglo primero después de Cristo. En los años 60 tuvieron lugar las grandes persecuciones de cristianos por Nerón; en el 70-73 se aplastó la sublevación judía, se tomó Jerusalén y se destruyó el templo.

La palabra apocalipsis significa revelación. Se trata de libros escritos en términos más poéticos que prosaicos, donde abundan las metáforas y los símbolos. Abundan las visiones, no la ciencia. Los sueños, no la historia. No se escribieron para que se entendieran literalmente, como mapas con señales y puntos de lo que habría de suceder en el futuro. Eran un intento de describir lo que no tenía exacta descripción.

Los principales escritores del género apocalíptico son el Libro de Daniel, y pasajes contenidos en los profetas Amós, Isaías, Zacarías y Joél. De todos ellos, Marcos toma algún dato.

En este “pequeño apocalipsis”, Marcos toca varios puntos: la destrucción del templo de Jerusalén, avisos sobre futuras persecuciones, avisos sobre los peligros de los últimos días, avisos sobre la segunda venida, avisos para vivir en constante alerta.

El pasaje de hoy se centra en el templo y en las señales que acompañarán su destrucción: falsos profetas, guerras y terremotos.

Hacia el año 19 antes de Cristo, Herodes el Grande comenzó la masiva renovación y expansión del Templo, donde probablemente trabajaron cientos de esclavos. La superficie ocupada por el nuevo edificio cubría una explanada de 500 metros de largo por 300 metros de ancho. Este Segundo Templo -el de Herodes-, se diferenciaba de su predecesor porque presentaba árboles en su patio. El historiador Josefo, describe la extremada belleza del templo, cuya fachada estaba cubierta de oro; cuando en ella reflejaba el sol los ojos no podía aguantar su resplandor. Desde lejos parecía una montaña cubierta de nieve debido a la blancura del mármol. Construido con enormes bloques de piedra, algunos medían casi 20 metros de largo y seis de alto. Los viajeros y visitantes no judíos lo consideraban una maravilla del mundo, y digna de ser vista.

Este es el templo ante la cual los discípulos y Jesús mismo sienten nostalgia, porque su belleza un día desaparecería. El año 70 las legiones romanas, bajo las órdenes de Tito, conquistaron y luego destruyeron la mayor parte de Jerusalén y el templo. Jesús, en general, predijo su destrucción, aunque quedaron algunas piedras sobre otras, como es el muro de las lamentaciones, que es un “monumento símbolo” y el sitio de referencia más sagrado para los judíos.

Otro punto a tener en cuenta es que, según Josefo, el templo fue quemado. Aspecto al cual no se refiere el evangelio de san Marcos, por ello, los especialistas modernos en el evangelio de Marcos aseguran que este evangelio fue escrito antes de la destrucción del templo, es decir, hacia los años cuarenta. Poco después de la muerte de Jesús. Por ello, hoy se considera este evangelio como la fuente más importante para conocer la vida y la enseñanza de Jesús.

De este breve pasaje del evangelio de hoy aprendemos que la vida es fugaz, que todo lo más bello de este mundo: catedrales, magníficos templos, obras de arte, en una palabra, todo lo que admiramos desaparecerá. Este es un pensamiento que nos embarga de tristeza, pero si supiéramos que el mundo que está por venir, la vida del futuro, el más allá, lo que llamamos cielo, supera con creces a cualquier belleza de este mundo, no estaríamos tan tristes.

Y es que la gran belleza que nos colmará de felicidad no puede residir en cosas fugaces y transitorias. Estas bellezas son pálidos vislumbres de la gran belleza que es Dios nuestro creador.

Podemos concluir esta reflexión con las bellas palabras del inicio del salmo 16: “¡Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti! Yo digo al Señor: Dueño mío, tú eres mi Bien, nada es comparable a ti” (Salmo 16:1-2).

 
 
 
 
 
 
 

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